Breve historia del afeitado

Antes del sigo XX, los hombres que se afeitaban lo hacían con una navaja barbera, una herramienta afiladísima que, manejada con destreza sobre un rostro humedecido y enjabonado, dejaba la piel tan fina como el culito de un bebé. Para ello eran imprescindibles los preparativos que llevaban a ablandar el pelo y lubricar la superficie cutánea de modo que la tarea no fuera sangrienta, y de ahi el consejo -popular desde el siglo XV- "Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar".
Tradición milenaria. El hábito generalizado de afeitarse se remonta, al menos, al antiguo Egipto, cuando se hicieron con bronce las primeras herramientas de corte fino. Alejandro Magno introdujo la costumbre en el mundo grecorromano, de modo que en la antigua Roma surgió la figura del tonsor, profesional que resultaría precursor de los alfagemes o barberos, que todavía en el Medievo usaban navajas de hierro. Hasta mediados del siglo XIX los oficios de barbero, peluquero y cirujano coincidían en la misma persona, ya que la navaja, de acero desde el siglo XVIII, era el instrumento con el que tanto se podía afeitar como hacer las sajaduras y cortes propios de las operaciones.
El ritual del barbero. La navaja barbera había de tener siempre el filo en perfectas condiciones, para lo cual se afinaba antes de cada uso pasándola unas cuantas veces por un asentador. Las grandes innovaciones del siglo XX fueron dos: la maquinilla con hojas desechables, que hizo olvidar la necesidad de afilar la navaja y se convertiría en el modelo de moda; y la máquina eléctrica, que permite afeitar en seco.
Total, que hoy las posibilidades son múltiples: existen maquinillas con una, dos, tres y hasta cinco cuchillas, con vibración o no, con cabezal basculante o no y con banda lubrificante o no (pareciera que estoy hablando de otro asunto...). También hay máquinas eléctricas de afeitar en seco, todo ello tanto para hombres como para mujeres.

Por supuesto, siempre se puede continuar con la navaja barbera y el incomparable ritual de enjabonarse con la brocha, propio de quienes han aprendido a disfrutar del afeitado. Y claro está, siempre existe la posibilidad de dejarse barba...

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