Nos gustan las neuróticas que se suicidan, Rafael Narbona


Para mi hermano, que un mal día decidió quitarse la vida

Nos gustan las neuróticas que se suicidan porque son muñecas de trapo que se ahogan entre la indiferencia de todos. Se hunden tan rápido como el coche de Bonnie Parker y Clyde Barrow, un Ford V8 acribillado a balazos. Bonnie Parker no era una chica neurótica, sino una chica dura, enamorada de las armas y la poesía. Apenas lograba sostener un fusil automático, capaz de disparar 550 balas por minuto, pero hizo historia con sus atracos y sus poemas. “Nos lanzamos por carreteras ciegas / sabemos que el precio del pecado es la muerte”. Bonnie comparó su historia con la de Jesse James, pero no hubo un Robert Ford que la abatiera de un tiro en la nuca, sino cuatro agentes de Texas y dos de Louisiana que no dejaron de disparar hasta vaciar sus cargadores. 167 agujeros de bala en el Ford V8. Al contemplar el cuerpo de Bonnie, los agentes pensaron que habían matado a una niña desnutrida.

El plomo casi pesaba más que un cuerpo de 41 kilos. 41 kilos para 24 años de vida. Un cuerpo que se transformó en reliquia apenas acudió la muerte para exigir su tributo. Los policías que custodiaban el lugar permitieron a los cazadores de mitos utilizar sus tijeras y cuchillos. El pelo de Bonnie sufrió la pasión de los fetichistas y la avidez de los que pretendían comerciar con sus restos. Una oreja y un dedo de Clyde forcejearon con una navaja que sólo se rindió cuando apareció un forense y espantó a los curiosos con un bisturí de cirujano. Bonnie y Clyde fueron abatidos el 23 de mayo de 1934. En esas fechas, Pasolini sólo tenía doce años y jugaba entre fascistas de camisas negras.

Hay una pequeña película de los momentos posteriores a la matanza, pero es tan inexpresiva como un informe burocrático. Sólo un poeta como Pasolini podía capturar la obscena belleza de la muerte violenta, sin precipitarse al pozo infecto de “lo morboso sin grandeza”. El cadáver de Bonnie recuerda al de una abeja reina que muere sin descendencia.

Lo “morboso sin grandeza” es una categoría estética que trasciende lo sublime y que sólo aparece en Sade, Genet, Burroughs, Genet, Weegee (el fotógrafo del Nueva York sucio y canalla que nos legó una inolvidable imagen de Marilyn Monroe) o Pasolini. El pie inerte de Marilyn Monroe en el depósito de cadáveres es tan hermoso como un pájaro dormido.

Pasolini es el poeta de las pasiones abyectas, de lo sucio y degradante, de lo anal y el bondage. ¡Cuánto te echamos de menos, Pasolini! Asesinado por un chapero de diecisiete años que le hizo sexo oral en el asiento trasero de un coche, el fétido Giulio Andreotti afirmó que “se lo había buscado”. Pasolini murió de una paliza brutal. Se habían retirado a un descampado, con la aridez de un matadero y no se entendieron al acordar los honorarios. Después surgieron las teorías conspirativas que apuntan a la Mafia o a un crimen de Estado. Pasolini es uno de los héroes de este blog.

Pasolini es de los pocos artistas que se atreven a mirar en el subsuelo, levantando la alfombra que oculta nuestros miedos. No baja a las cloacas con ojos de moralista, sino de poeta que santifica todas las debilidades. No es una casualidad que filmara la mejor película sobre Jesús de Nazaret (El Evangelio según San Mateo, 1964). El joven Rabí es otro de los ídolos del blog. Pasolini captó su mensaje porque conocía la execración y el menosprecio. El joven Rabí no subió a los cielos entre liras celestiales.

El joven Rabí murió con la garganta estragada, la lengua a punto de explotar y los ojos quemados por el sol de Palestina. El polvo, el calor y la sed fueron tan implacables como los clavos que le taladraban las muñecas. Murió como mueren los hombres: amedrentado, perplejo, escéptico, con los esfínteres relajados y la podredumbre del cuerpo al desnudo. La prostituta que le ungió los pies era una chica neurótica que acudió a su sepulcro y lo encontró vacío. El miedo a que el joven Rabí no volviera le hizo abrirse las venas. Los que la encontraron, arrojaron su cuerpo a una fosa sin nombre.

Los cadáveres de las chicas neuróticas suelen incomodar a los falsos poetas, que jamás entenderán por qué Luchino Visconti es un director mediocre y su versión cinematográfica de La muerte en Venecia un ultraje a uno de los libros más hermosos y valientes que brotaron del oscuro Thomas Mann, hermano y padre de neuróticos suicidas. Hay dos cosas que salvan la película: la interpretación de Dirk Bogarde y la belleza andrógina de Tadzio, el objeto de su pasión senil.

Las chicas neuróticas no suelen suicidarse con armas de fuego. Se internan en el mar (Alfonsina Storni), se arrojan a un río con los bolsillos llenos de piedras (Virginia Woolf), se envenenan con Senocal (Alejandra Pizarnik), se abren las venas (Diane Arbus) o inhalan monóxido de carbono (Anne Sexton, Sylvia Plath). Violeta Parra se pegó un tiro en la sien, tal vez porque el dolor le pesaba demasiado y necesitaba hacer algo definitivo, sin posibilidad de rescate o marcha atrás. Marilyn Monroe comenzó su romance con el suicido a los dieciocho años o tal vez antes. Fue un idilio precoz, que se prolongó hasta el final. En Vidas rebeldes (1961), John Huston –un bastardo con ácido negro en las venas- le dijo a Marilyn Monroe que odiaba a las neuróticas y que no la querría más por que se quitara la vida. Arthur Miller, otro bastardo de pluma infecta, le aclaró que el personaje de Roslyn no reflejaba su personalidad, pues Roslyn era una mujer trágica y hermosa y Marilyn sólo era una ramera que había transitado por infinidad de lechos, una niña lasciva entre sábanas incestuosas, que sueña con un padre ausente, mientras hace el amor con un desconocido. Las mujeres neuróticas son promiscuas porque odian dormir solas, pero sus amantes les hacen sentir que son tabaco para masticar y escupir. Clark Gable nunca trató de ese modo a Marilyn. Fue un padre tardío, pero con la perfección irreal de los mitos. El padre largamente soñado por una niña neurótica acostumbrada a evadirse de la realidad en la primera fila de un cine de barrio, fantaseando con ser Jean Harlow.

Arthur Miller escribió que el nombre de Marilyn “circulaba por la fetidez de los vestuarios y de los vagones para fumadores”. Miller no entendía a las chicas neuróticas, pues su narcisismo le impedía prestar atención a una esposa en caída libre hacia una muerte previsible. Sabemos que te engañó con Yves Montand, pero las chicas neuróticas nunca son fieles. No te traicionan por deslealtad, sino por miedo. “Todos tenemos miedo”. Lo dijo Marilyn poco antes de mezclar Nembutal e hidrato de cloral, una combinación tan letal como los 18 vasos consecutivos de whisky que provocaron en Dylan Thomas una hemorragia cerebral. Sus últimas palabras: “Creo que he batido un récord”. Dylan Thomas murió con estilo. Cayó en un coma etílico en el Hotel Chelsea de Nueva York, sin otra compañía que los 18 vasos vacíos.

Las chicas neuróticas que se suicidan son las chicas que olvidamos en una esquina. Son las novias plantadas por sus novios en la puerta de un cine. Son las niñas que se despiertan a mitad de noche, soñando que el futuro es un nicho vacío. Las chicas neuróticas son antenas de televisión que ofrecen sus brazos a los pájaros rezagados. Sienten lástima por su infortunio. Su bandada partió hacia el Sur sin avisarles. Los pájaros mueren de frío y las antenas acaban en una chatarrería. Nos gustan las chicas neuróticas que se suicidan porque nos consideramos responsables de su muerte. Nos hubiera gustado rescatarlas, evitar que se marcharan y nos dejaran tan solos. Algunas de las chicas neuróticas que se quitaron la vida nos dejaron sus poesías, sus canciones, sus fotografías. Marilyn Monroe nos llamó por teléfono, pero estábamos en la ducha y no lo escuchamos. No pudo dejarnos un mensaje. Ni siquiera pudo hablar con un contestador, pues aún no existían, pero si hubiera podido grabar su voz, nos habría anunciado que su alma subía al cielo para preparar la fiesta de bienvenida de Pier Angeli, otra chica neurótica. Pier Angeli estaba enamoradísima de James Dean, pero su madre no aprobaba la relación y logró que lo dejara para casarse con un mediocre aprendiz de Frank Sinatra. James Dean se quedó destrozado y al poco tiempo se mató en su Porsche; Pier Angeli transitó por dos matrimonios desgraciados y se suicidó con una sobredosis de barbitúricos. No hemos conseguido averiguar qué sucedió con su madre, pero nos tememos que pertenece a la categoría de las neuróticas que no se suicidan, pero contribuyen a propiciar los suicidios ajenos. Esa clase de neuróticas no nos gustan y jamás escribiremos sobre ellas. Sin pretenderlo, ya se han encargado de escribir su propia página en el libro de las desgracias humanas.


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