La vestimenta de sus eminencias


La sastrería del señor Mancinelli parece una tienda de rebajas en hora punta. Sobre todo porque la convocatoria de la cumbre cardenalicia (21 de octubre) ha provocado una avalancha incontrolada de eminencias, excelencias y monseñores. Unos aprovechan la ocasión para renovar el vestuario. Otros acuden al negocio del Vaticano como si fueran niños en vísperas de la primera comunión: Juan Pablo II les ha nombrado cardenales y necesitan ajustarse las medidas del uniforme. La escena del probador humaniza el rango de los purpurados. Especialmente cuando Raniero Mancinelli les calibra el cuello, les ajusta el solideo sobre la cabeza, o les mide la cintura. Muchos son clientes y amigos de toda la vida, pero el sastre de Dios ha aprendido a mantener las distancias y el protocolo. "Porque un cardenal siempre es un cardenal". La conciencia jerárquica implica muchas veces el beso del anillo, un gesto de sumisión a tiempo, incluso el tratamiento grandilocuente. «Su eminencia, permítame los puños Su eminencia meta la tripa». Y conste que Raniero Mancinelli ha estado más cerca del Papa que ninguno de los 31 nuevos cardenales. No se trata de alardear gratuitamente, pero el veterano sastre italiano confecciona las sotanas del Santo Padre y ha tenido el privilegio de tomarle las medidas personalmente en las habitaciones pontificias. Que lo sepan. «Hago este trabajo desde hace 45 años. Empecé por casualidad como aprendiz en un negocio de ropa eclesiástica. Me sorprendió el magisterio artesanal, la calidad de los tejidos, el desafío profesional. Después abrí mi tienda y fui ganándome una reputación.Hasta que un día, el Papa me convocó al Vaticano». Era el año 1995, de modo que Raniero Mancinelli se ha convertido en una especie de modisto contemporáneo de referencia. Otros negocios de Roma, como Barbiconi, acumulan 200 años de historia y de leyenda, pero los cardenales de 2003 prefieren acercarse al número 90 del Borgo Pío, apenas a 300 metros de la basílica de San Pedro. El pasado lunes, por ejemplo, acudieron a probarse el cardenal Pengo (Tanzania) y el neocardenal Wako (Sudán). Ambos parecían bastante ruborizados en medio del jaleo, pero terminaron aviniéndose a conversar sobre las novedades de la moda cardenalicia. La más notable consiste en el color del hábito. Al menos, Raniero Mancinelli sostiene que las telas rojas de este año se presentan especialmente encendidas, intensas, vivas. Casi como si las hubiera diseñado el diabólico Valentino. - ¿Y cuánto dice que cuesta el fajín?- pregunta monseñor Pengo. - Calcule su eminencia que unos 220 euros- responde Mancinelli, - ¿Y qué me dice del solideo? - Mucho menos, su eminencia. Entre nueve y 20 euros. Las conversaciones prosaicas y terrenales se abren camino en medio del alboroto y del desorden. Un orondo obispo croata se detiene ante el espejo para probarse la mitra, mientras el arzobispo de Montreal, voluminoso como un jugador de fútbol americano, trata de ajustarse la casulla de las grandes ceremonias. Es inútil, no le cabe. Mancinelli trata de sugerirle cortésmente una talla superior. «Los años de profesión me han permitido descubrir muchos secretos y soluciones. Por ejemplo, cuando la persona camina encorvada, trato de hacer más larga la parte posterior del hábito y más corta la anterior. De esta manera, pueden corregirse los efectos visuales y ayudar a mantener una imagen más digna e impecable». Es el caso de Juan Pablo II, pero el sastre pontificio rechaza cualquier alusión concreta al cliente de los clientes. Ni siquiera para saber cuánto Vale una sotana blanca o qué trucos requiere un hábito de Karol Wojtyla. La discreción es la discreción. Igual que en un confesionario, Raniero Mancinelli ha pasado media vida escuchando sin escuchar las revelaciones de la clientela vaticana. De no haber sido por tal discreción. En caso contrario, nunca habría llegado a sus manos el nombramiento oficial en latín con la firma de Juan Pablo II, ni tampoco vendrían a probarse las eminencias. «El problema es que estamos trabajando contra reloj. Juan Pablo II anunció los nuevos cardenales el 28 de septiembre y sólo nos ha dejado dos semanas para poder trabajar en condiciones», lamenta Mancinelli con un alfiler en los dientes. El hábito púrpura descansa en los maniquíes que el sastre tiene colocados en el taller del negocio. La confección requiere cuatro días de trabajo, muchos menos de cuantos se necesitaban para rematar un modelo esplendoroso de los años 40 o 50. «Entonces se realizaban en seda y el precio era desorbitante.El precio de dos trajes de cardenal equivalía a un apartamento en Roma», explica Raniero Mancinelli mientras redondea con pulso de cirujano la costura de una axila. Eran los tiempos en que la indumentaria de una eminencia se distinguían por la longitud de la cola (siete metros) y por las alas del capelo, un sombrero descomunal cuyo aspecto recuerda al castoreño de los picadores. La comparación taurómaca viene a cuento porque el negocio de Mancinelli podría confundirse con una sastrería de toreros. No solo por los colores y los tejidos a disposición del personal.También por el trasfondo litúrgico y por los precios. Digamos que la indumentaria completa de un cardenal cuesta actualmente entre unos 2.000 y 4.000 euros. Es decir, el precio de un traje de torear sin muchos alamares. O el valor de un alquiler mensual de un apartamento pequeño en Roma, por utilizar esa clase de símiles inmobiliarios que tanto gusta manejar al sastre de Dios. La cifra supera cualquier modelito pujante de Zegna, Valentino, Prada o Armani, pero representa una prueba de humildad respecto a los tiempos de Pío XII. Sobre todo porque los hábitos han dejado de confeccionarse en seda y porque ha desaparecido completamente el trabajo artesanal de los maestros de antaño. La simplifación industrial se ha llevado por delante incluso los principales simbólicos de la indumentaria cardenalicia. Antes se abrochaba con 33 botones en recuerdo de la edad de Cristo; ahora se ha reducido taxativamente a 23 o 24. «Son los nuevos tiempos», dice Mancinelli con cierta nostalgia y amargura. «Mi mujer, por ejemplo, se había especializado en hacer los botones a mano, pero ahora nadie los quiere. Cuestan 10 veces más que los realizados a maquina». Menos mal que los precios se han diezmado. De otro modo, monseñor Pengo y monseñor Wako no podrían vestirse para las ceremonias del consistorio. Seria una inmoralidad y una ruina aparecer uniformados tal como Velázquez pinto a Inocencio X o como Rafael inmortalizó al Cardenal expuesto en el Museo del Prado. 

SIN COLA NI CAPELO 

La reforma del vestuario fue iniciativa de Pablo VI (1963-1978). El papa Montini eliminó el privilegio de la cola y suprimió la moda del capelo, amén de otras limitaciones menos evidentes como los tejidos sublimes de la ropa interior. El único recuerdo de la edad dorada prevalece en la seda del birrete, sobrenombre del tocado en forma de trapecio que los papas imponen a sus eminencias para simbolizar la ascensión cardenalicia. La imposición volverá a repetirse en la mañana del martes en honor de los 31 nuevos ascendidos. Incluidos dos españoles: el arzobispo de Sevilla, monseñor Amigo, y don Julián Herranz, prefecto de la Congregación para los Textos Legislativos. «Ahora el hábito se hace estrictamente de lana. De lana merina, en el mejor de los casos. Tratamos de confeccionarlos de acuerdo con el criterio de la comodidad y de la funcionalidad. Así nos los piden», matiza el sastre de su Santidad. Importa el color. El color rojo que distingue la jerarquía y que implica la predisposición a dar la última gota de sangre en el nombre de Cristo. Ésa es la acepción dolorosa de la púrpura y el compromiso que están obligados a contraer las eminencias más allá de otras acepciones paganas vinculadas a la vieja Roma. Porque el color rojo distinguía a las grandes familias patricias.Al menos, hasta que los primeros emperadores decidieron incorporarlo como símbolo exclusivo de la distinción y del Gobierno autocrático. Estas cosas las ha aprendido Raniero Mancinelli a fuerza de recibir lecciones de Historia en el probador o en la rebotica. Cuánta paciencia exige la profesión de sastre cardenalicio. Sobre todo cuando los clientes se encaprichan. Y es que algunos cardenales entran a discutir los aspectos puramente estéticos del uniforme. Los más obesos piden a Mancinelli un milagro para disimularles la panza. Los más pequeños eligen un corte decididamente vertical. Y los más atractivos llegan al extremo de resaltar el pectoral o las hombreras. «En tantos años de profesión me vienen a la memoria dos nombres.Uno, monseñor Benelli, que siempre tuvo marchamo de papable y fue un amigo excepcional. El otro es monseñor Noè. Nunca he visto un cardenal tan bien vestido y tan elegante. Cuántas mujeres se desmayarían al verlo de cerca», confiesa el sastre mientras un sacerdote raso le consulta ceremoniosamente el precio de una casulla de lino. Porque el negocio sobrevive gracias a la contribución del clero ordinario. El Papa es sólo uno y, los cardenales constituyen una minoría respecto a las demandas cotidianas. Hay quienes vienen a comprar vino de mesa, buscan un par de zapatos baratitos o se limitan a llevarse puesto un alzacuellos sacerdotal. «Menos mal que recibo muchos encargos desde el extranjero. Gracias a las exportaciones, las cosas funcionan mejor. No quiero alardear, pero tengo algunos clientes tan leales como los arzobispos de Sidney o de Vancouver», explica Raniero Mancinelli. Son las ventajas de la globalización y del modo en que Juan Pablo II ha entendido la misión evangelizadora del papado. De hecho, la mitad de los 136 cardenales con derecho a voto en el futuro cónclave no son europeos. Entre ellos, los monseñores Pengo y Wako, representantes del nuevo poder africano de la Iglesia.¿Y si alguno de ellos fuera el nuevo papa? En tal caso, Raniero Mancinelli tendría buenas razones para reivindicar el valor profético o visionario de la sastrería que regenta en la Via del Borgo Pío número 90. Como en esos negocios de lotería donde el propietario se jacta de haber multiplicado la fortuna: «Aquí se vendió el gordo». De momento, el sastre de Dios tiene que resignarse a colgar un cartelillo menos contundente en atención a la clientela. A toda la clientela, sin distinción de galones ni jerarquía: «Las camisas no se cambian una vez adquiridas». 

EL HÁBITO SÍ HACE AL CARDENAL JOSÉ MANUEL VIDAL 

Están distinguidos con el rojo escarlata desde que Pablo II lo instituyera definitivamente en 1464. Un color que representa la idea de que son testigos de Cristo hasta el extremo de derramar su sangre por él. Los 105 cardenales electores (a los que el martes se sumarán los 31 recién elegidos por Juan Pablo II) tienen perfectamente reglado su vestuario, tanto para ceremonias como para la vida cotidiana. Insignias cardenalicias Son tres: el solideo, el birrete y el anillo. El solideo es un casquete de seda roja que cubre la coronilla.Se llama así porque sólo ante Dios se lo pueden quitar: «Soli Deo Tollitur». El birrete es un bonete de tres puntas forrado por fuera con seda roja. La imposición del mismo marca la entrada oficial en el colegio cardenalicio. Antes se utilizaba el capelo, un sombero de fieltro rojo y ala ancha, de unos 60 centímetros de diámetro, pero fue suprimido por Pablo VI. El anillo es de oro y suele llevar una piedra preciosa. Se trata de un regalo del Papa que simboliza la unión del cardenal con el Santo Padre. El hábito de calle Consta de las siguientes prendas: calcetines rojos sotana de lana de color negro con una orla roja fajín de muaré rojo, esclavina negra, también con orla roja (una prenda que rodea el cuello y cubre los hombros y parte de los brazos); cruz pectoral con cadena el mencionado anillo; zapatos, siempre de color negro y con hebilla de plata; y solideo rojo. El hábito de ceremonia Está formado por nueve piezas. Los calcetines, como en el hábito de calle, son rojos. Asimismo, la sotana y el fajín, ambos de lana, son de color rojo escarlata. Tradicionalmente la sotana contaba con 33 botones en alusión a la edad a la que murió Cristo, pero hoy, para abaratar un poco la vestimenta cardenalicia, no suele tener más de 24. Por encima de la sotana llevan un roquete blanco con encaje. Es ésta una prenda similar a una sobrepelliz de mangas largas y estrechas. En lugar de esclavina, en el hábito de ceremonia se llevan manteleta y muceta rojas, dos pequeñas capas que cubren los hombros y los brazos aproximadamente hasta los codos. La cruz pectoral, de pedrería, les cuelga en esta ocasión con un cordón en lugar de con cadena. Completan el hábito de ceremonia el imprescindible solideo rojo y la mitra, un sombrero que termina en dos picos del que cuelgan dos tiras de tela llamadas ínfulas y que constituye señal de ciencia y de poder.

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