Historia de la corbata

¿Qué hubiera hecho Frank Sinatra sin su colección de 500 corbatas?, ¿y los Beatles?  Lo más probable es que, como a Sansón, que perdió su descomunal fuerza cuando le cortaron su frondosa cabellera, hubieran comenzado a perder la inspiración y, por consiguiente, no tendrían tantos éxitos en su haber. Y puede ser, porque no, que el mismísimo Pato Donald, Mickey Mouse o el cerdito Porky no se hubieran convertido en estrellas del celuloide si su padre y creador, Walt Disney, no les hubiese colocado los adorables corbatines de moño. Sencilla es la cosa.

Nuestra indumentaria habla por sí sola y su lenguaje trata de transmitir toda la información posible al usuario. Solía decir Balzac que “el espíritu de un hombre se adivina por su forma de llevar el bastón o de anudarse la corbata”. Efectivamente, nuestra forma de vestir se basa en códigos y convenciones.

De toda la vestimenta que conocemos, tal vez sea la corbata la prenda con mayor mensaje. De hecho, el citado Balzac opinaba que es la única que abriga la individualidad. Así como todo el mérito del sombrero, del traje o de unos mocasines es del sombrerero, modista o zapatero que los ha confeccionado, para la solitaria corbata no se dispone de ayuda. Uno queda frente a ella abandonado así mismo; y es a través del resultado que el portador se revela y manifiesta (por eso será que basta echar un vistazo a esa parte del cuerpo que une la cabeza al pecho para juzgar a un hombre).

Aún antes de que apareciera alguna forma arcaica de esta prenda, el ser humano ya sentía especial atracción por atarse algo al cuello. Eslabón entre cabeza y tronco, el cuello es la parte clave en nuestro organismo. Desde el ahorcamiento o la decapitación, al garrote vil o la guillotina, el cuello siempre ha sido lugar preferido para consumar el castigo.
Algunas veces con ánimo de protección, otras de ostentación y adorno, lo cierto es que la humanidad ha consentido y mimado sus cuellos desde la más temprana antigüedad (viajando por el tiempo los faraones del Antiguo Egipto envolvían sus cuellos con excesivos y opulentos collares metálicos. Siglos después, en la Edad Media, las personas se colgaban crucecitas en señal de protección espiritual del alma).

Bufandas o algo parecido para abrigarse del frío debieron, obviamente, existir siempre. Sin embargo, la primera representación de una prenda similar a una corbata no surge hasta la Roma imperial. En la famosa columna de Trajano aparecen legionarios con unas curiosas tiritas de aspecto muy moderno. Se sabe hoy que el focale romano se utilizaba tanto para abrigar al soldado del frío, como, mojados en agua, para refrescarlos del calor.
Caído en desuso con la invasión de los barbaros, el focale fue reemplazado durante la época medieval por cuellos-solapa, adheridos a la abertura de la camisa o escote de las prendas. Nacieron modestos y recatados en la corte de Borgoña, meca de la moda de aquel entonces, allá por el siglo XIII. Tiempo después, amenazados por las colosales y entalcadas pelucas que se ponían los distinguidos del momento, estos lazos fueron haciéndose cada vez más aparatosos. Metros y metros de encajes y puntillas venecianas o flamencas colgaban de los cortesanos cuellos, opacando al resto del vestuario.

Sensible al lujo y la elegancia, Voltaire fue el encargado de narrar el ingreso oficial de la corbata en la historia: “durante la batalla de Steinkerque (1692) los oficiales franceses llevaban unas corbatas de puntillas que se ajustaban con mucho trabajo y pérdida de tiempo”. Su uso, de todas formas, se remonta algunos decenios antes, cuando a mediados del siglo XVII son contratados por Francia los pandures -tropas mercenarias croatas de élite-, que acostumbraban a anudarse una tira al cuello como distintivo de su cuerpo.
Lanzada por los militares en Steinkerque, la moda de la corbata se extendió como una plaga en la corte de Versalles. El grado de refinamiento que alcanzó fue tal que Luis XV instauró el cargo de cravatier o portacorbatas cuyo trabajo consistía únicamente en dar a la corbata los toques magistrales.
El fin de la corbata pareció llegar con la Revolución Francesa. La guillotina no sólo había finiquitado los privilegios de la aristocracia, sino también toda prenda que destilara rancio linaje (sin embargo, esta moda sin la corbata duro poco. Cuanto más caía la hoja de la guillotina y hacía rodar cabezas, más se enlazaban los nudos de las corbatas. Danton, Robespierre, todos los caudillos de la Revolución se envolvieron hasta la barbilla en blanca muselina (al día de hoy no se sabe si fue un impulso inconsciente de proteger su cuello del terror de sus propias ejecuciones).
Apagados los últimos fuegos revolucionarios, una gran mayoría se lanzó de lleno a seguir las reglas de las modas más estrambóticas. Destacaron en Francia los incroyables (enmascarados en sus corbatas, los franceses se parecían más a una congregación de paranoicos por la fiebre porcina que a los distinguidos y respetables ciudadanos que pretendían ser).

Pero si le debemos a alguien su verdadera fama, es al primer dandy de la historia. Sofisticado, pedante y algo snob, el inglés George Bryan Brummell exageró diciendo que "la corbata es hombre" (la blancura de sus corbatines de cambray se hizo célebre en toda Europa; sus meticulosas lanzadas, admiradas, aplaudidas, elogiadas y hasta envidiadas.) A este dandy de los dandys y arbitro de la elegancia absoluta, también se le debe el empleo del almidón para que la suave y tersa muselina, o la seda, permanecieran siempre impecablemente rígidas bajo el mentón.

Las corbatas del extravagante inglés dejaron huella, hasta el punto de que su inclinación por el blanco abrió un debate, tan enconado como absurdo, pero que perduró durante varios decenios. Aficionados a los duelos, la sociedad quedó dividida en 2 bandos según el color que se ataran al cuello: conservadores y ciudadanos de más edad centraron sus preferencias en los paños blancos; patriotas, liberales y un nutrido grupo de artistas, como Chopin, Delacroix, Berlioz, Manzoni, Stendhal o Zorrilla, apostaron por el lazo negro.

Aunque reza la opinión popular que las corbatas las compran las mujeres para que se las pongan los hombres, la nueva mujer emancipada que surge en el siglo XX secuestra la prenda estrella por excelencia del vestuario masculino y eleva el accesorio a símbolo de su independencia e igualdad con el sexo opuesto. La audaz precursora de la moda encorbatada fue Louise de La Vallière, amante de Luis XIV, que ya en el siglo XVII se paseaba sin descaro luciendo una gran corbata al pecho. Tampoco Amandine Aurore Lucile Dupin, alías George Sand se recató un pelo. Vistiendo de hombre, con sombrero, corbata, bastón y puro, escandalizó a todos los puritanos de la sociedad decimonónica abonándole el terreno a las nuevas feministas.

Luego del furor de las enfervorizadas sufragistas, la corbata sigue su camino. Blanco de todas las miradas elegantes, se convierte en emblema de status, estilo y etiqueta. Desaparece el lazo alto y nace el corbatín largo y estrecho (según dicen, fueron los estudiantes jugadores de cricket de la universidad de Cambridge los que lo hicieron moda) y gana terreno el moño.
Ya en este siglo podemos ver el nudo four-in-hand y sobre todo el bautizado con el nombre de su elegante creador, el duque de Windsor, dan la vuelta al mundo.

La corbata ha sobrevivido. Ha aprendido a convivir con los nuevos productos de la época: coexiste con la Coca Cola, las Pringles, las Converse, las Gibson Les Paul y hasta con los Punks, que hoy lucen provocativas corbatas como expresión de rebeldía. Y sí, los tiempos han cambiado.
Tics y fetiches aparte, lo que es indiscutible es que durante muchos años la corbata en cuestión fue la única nota de color, ese touch de fantasía y “locura” en el aburrido atuendo masculino y aún es prenda inexcusable en aquellas ocasiones en que se ruega etiqueta.

Las corbatas vuelven como accesorio “top” en el vestir de nuestra acelerada y rabiosa actualidad, porque, como bien dijo Alejandro Dumas, "si dais la impresión de necesitar cualquier cosa no os darán nada; para hacer fortuna es preciso aparentar ser rico”.

Si quieren saber aún más sobre la historia de estos lazos, pueden visitar el Museo de las Corbatas.
Este museo está ubicado en la ciudad de Deggendorf, en la baja Baviera Alemana y cuenta con una gran cantidad de corbatas que recorren toda las épocas y estilos(se podrán ver piezas desde las más antiguas a las más modernas teniendo especial relevancia aquellas que son más artísticas). Fuente: elconventillodelamuseologa.blogspot.com.es

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