La vestimenta y su terminología: enfoque lexicultural hispanofrancófono


Mercedes EURRUTIA CAVERO Universidad de Alicante 

Desde los tiempos más remotos la vestimenta, elemento de civilización, ha desempeñado una compleja función en las relaciones humanas. Ya en el Génesis, 3 encontramos una clara referencia a ella: “les yeux de l´un et de l´autre s´ouvrirent, ils connurent qu´ils étaient nus, et ayant cousu des feuilles de figuier, il s´en firent des ceintures” (Biblia, 1975: 13). Más tarde, la sabiduría popular nos ha enseñado que “el hábito no hace al monje” (L´habit ne fair pas le moine) aunque condiciona la primera impresión que nos produce un determinado individuo. Su trascendencia se hace patente en el ámbito literario. Una breve evocación histórica muestra cómo de Rabelais a Modiano, numerosos novelistas han descrito con minuciosidad el atuendo de sus héroes, reflejo de su personalidad, costumbres e incluso, de sus rarezas. Las obras de Diderot, Balzac, Umberto Eco, Georges Perec, Roland Barthes, entre otros, ponen de manifiesto el estrecho vínculo entre el hombre y su modo de vestir. Hecho que se ha convertido en objeto de estudio de disciplinas tan variadas como la Historia, la Psicología, la Sociología, la Lingüística y cómo no, de la Terminología, en el que centraremos nuestro estudio. En sus novelas, Balzac convierte la ropa en instrumento privilegiado que delimita el carácter o rango social de sus personajes y se refiere a ella como “le plus énergique de tous les symboles” (Balzac, 1902: 246). Su relevancia es tal, que ciertas prendas adquieren vida propia, envuelven a los personajes que hacen uso de ellas y determinan su propia suerte: Nous ne pouvons entrer dans le monde, y accomplir notre destinée qu´à la condition de passer par ses mains ; aussi, à peine sommes-nous jetés dans la vie, qu´il nous saisit, nous suit toujours, nous retient et nous enserre par tous les côtés ; nous ne lui échappons que pour entrer dans le lit de mort. Et quel tailleur a jamais réfléchi à l´importance des pareilles fonctions ? Qui a jamais songé combien le sort d´un homme était étroitement lié à son habillement ? (Balzac, 1902: 245). Para Umberto Eco “les habits sont des artifices sémiotiques : c´est-à-dire, des machines à communiquer” (Eco, 1976: 75). Con la aparición del prêt-à-porter y el desarrollo de la información publicitaria y periodística, asistimos a la difusión de lo que Roland Barthes denomina el système de la mode (Barthes, 1967: 123), “le vêtement écrit”, c´est-à-dire “décrit”. La lengua, tanto en su registro culto como popular, abunda en términos referidos a las variadas piezas que conforman la “piel” y el “envoltorio” del ser humano. Advertimos pues, la existencia de una lengua especializada cuya terminología evoluciona de modo anárquico, convirtiéndose en fuente de confusión para los hablantes tanto en su proyección personal como profesional. Una lengua impregnada de rasgos socioculturales, fruto de Page 2 La vestimenta y su terminología: enfoque lexicultural hispanofrancófono, pp. 793-802 794 una larga historia, plagada de manifiestas interferencias con otras lenguas próximas. Frente a esta ósmosis lingüística, la necesidad de precisión y de claridad que exige el uso de la terminología propia de este ámbito motiva nuestro estudio, basado en un corpus terminológico compuesto por más de cien términos franceses y sus equivalentes españoles. En él se incluyen, además de términos referidos al traje propiamente dicho y a sus complementos, otros pertenecientes a sectores conexos como el corte, la confección, la mercería o la pasamanería, en ocasiones infravalorados, y sin embargo, decisivos en la identificación de determinadas prendas. Observaremos cómo la satisfacción de las necesidades terminológicas en este sector fomenta la creación de nuevos términos, el resurgimiento de otros que, sometidos a extensiones o restricciones semánticas, evolucionan modificando su sentido inicial. Analizaremos algunas de las figuras retóricas de manifiesta presencia en la terminología que nos ocupa. Revisaremos la adopción tanto de préstamos internos como externos y por qué no, recordaremos ciertos términos de uso restringido y arcaico que ya forman parte de nuestra historia como la carmagnole (carmañola) (Gran Diccionario Larousse 1 , 1999: 110) de la que pocos saben que fue una “chaqueta” antes de convertirse en una “danza revolucionaria”. Sí, las palabras tienen vida propia y como indica Maurice Schöne en su obra Vie et mort des mots “la mode tombée (et le fait est souvent très rapide), le mot (ou le sens) tombe avec elle, à moins qu´il n´aille servir ailleurs” (Schöne, 1951: 132). De ahí que la definición de un término y la determinación de sus rasgos semánticos pertinentes se convierta en un ejercicio arriesgado para cualquier lexicógrafo. Hecho que podemos comprobar al contrastar las definiciones ofrecidas por diferentes diccionarios sobre un mismo término. El problema reside en saber a partir de qué modificación, un artículo deja de ser lo que era para convertirse en otro y por consiguiente, ve alterado su nombre. Así, podríamos pensar que una característica fundamental del blouson (cazadora 81 L), “sorte de veste courte et ample, resserrée aux hanches” (Le Petit Robert 2 1, 1990: 193) es blouser, c´est-à-dire “bouffer à la taille, au-dessus de la taille comme fait une blouse” (PR 1, 1990: 193). La moda ha concebido des blousons qui ne blousent pas y sin embargo, dicha prenda no ha visto modificado su nombre. Por el contrario, todos los días se crean multitud de modelos híbridos que se designan mediante paráfrasis ya que no corresponden a ninguna denominación existente. Su carácter efímero dificulta la labor denominativa. Por ello, y con el fin de contribuir a un mayor conocimiento de la terminología propia del vestir, centraremos nuestro análisis en diferentes procedimientos de creación terminológica insistiendo especialmente, en las conexiones y divergencias lexiculturales existentes entre las dos lenguas en contraste: el francés y el español. Es evidente que la moda evoluciona de modo paralelo al progreso de la humanidad. Renovamos nuestro vestuario con frecuencia, adaptando nuestra vestimenta a los cambios climáticos propios de la estación del año en la que nos encontramos. Este hecho, que contrasta enormemente con el concepto de moda de nuestros ancestros, que se vestían del mismo modo durante décadas, ha propiciado un desarrollo sin precedentes de neologismos. Entre ellos cabe distinguir los neologismos propiamente dichos (survêtement, nuisette), de los neologismos de préstamo, de origen diverso como los procedentes de lenguas anglosajonas (baskets, body, frac, blazer, jumper, look, tee-shirt, 1 En lo sucesivo y para evitar repeticiones, las referencias a esta obra aparecerán en el texto con una L. 2 Las referencias a dicha obra figurarán en el texto, en lo sucesivo, como   desert-boots, blue-jean, sportwear, short, smoking, strip-tease, sweater, T-shirt...), los de origen neerlandés (brodequin, loques, étriqué), germánico (choumaquer, haillons, sarrau), africano (boubou, gandoura), turco (falzar, gilet), árabe (caban, jupe, babouche), griego (cothurne, fustanelle), latino (carrure, costume, chemise, chausser, col, habit, deuil, oripeau, parer, vêtement...), italiano (escarpin, soutane, travertir), persa (cafetan ou caftan, casaque), egipcio (djellabah), tahitiano (pareo), hindú (johdpurs, sari), ruso (touloupe), polinesio (bikini), etc. A ellos, podemos añadir los neologismos basados en nombres de marcas, frecuentes en este sector. Entre otros, destacan las marcas de origen patronímico (Logié 2002) como adidas (contracción de Adi, apodo de Adolf Dassler), Ralph Laurent (formado a partir del nombre de su creador Ralph Lifshitz que más tarde, siguiendo los consejos de su hermano Jerry, cambió su nombre por el de Lauren), berluti (zapato creado en 1895 por Allessandro Berluti), benetton (prendas de punto creadas en 1965 por Luciano, Gilberto, Carlo y Giuliana Benetton); matrónimos como nylon de Nancy, Yvonne, Louella, Olivia y Nina (iniciales del nombre de las mujeres de los químicos que crearon dicho material); otros, como perfecto, paraboots, kikers, dacron… completan este elenco de marcado carácter eponímico en el que aparecen representadas las personas que crearon, lanzaron o confeccionaron una determinada prenda hasta conseguir su difusión. Términos como bloomer, de Mrs Bloomer, dama de origen americano que difundió en Francia, a mediados del siglo XIX, dicho artículo. Otros creados en honor de un determinado personaje histórico como la berthe (berta 74 L) que se introdujo en el lenguaje de la moda hacia mediados del siglo XIX en alusión a la célebre reina Berta, madre de Carlomagno, que lucía esta pequeña capa sobre sus vestidos o la spencer, chaqueta corta utilizada por hombres y mujeres cuya moda intermitente perdura desde que lord Spencer la lanzó a principios del siglo diecinueve. Destacaremos los términos que hacen referencia a sus creadores como el mackintosh (406 L), impermeable de goma que debe su nombre al químico escocés Charles Macintosh que lo inventó. Una larga historia subyace a dichos términos. Tomaremos este último a modo de referencia. Ya el hombre primitivo se protegía de la lluvia confeccionándose capas y caperuzas con hojas y hierbas entretejidas a las que aplicaba una capa de cera. También se recurrió al cosido de tiras de cuero que engrasaban con el mismo animal que les servía de nutriente. En el Egipto antiguo se confeccionaban impermeables con trozos de papiro aceitado o encerado. Los chinos barnizaban la superficie del papel o de la seda con los que elaboraban sus impermeables. Pero fueron los indios de la América precolombina quienes llegaron más lejos en el arte de guarecerse de la lluvia. En el siglo XVI, los españoles observaron que los nativos recubrían sus capas y mocasines con una resina blanca procedente de un árbol local: el hevea del Brasil. Su blanca savia se coagulaba y secaba con rapidez sin dejar rígido el tejido. Los españoles llamaron a esta sustancia “leche de árbol” y aplicaron el sangrado del hevea a sus casacas, sombreros, capas, pantalones e incluso a las suelas de los zapatos para repeler la lluvia. Sin embargo, la “leche de árbol” se tornaba pegajosa con el calor, adhiriéndose al vestido todo cuanto lo rozaba. A pesar de todo, era una sustancia útil, que siguieron empleando, siendo ellos, sin duda, los primeros hombres de Occidente en utilizar el impermeable (O´Hara, 1986: 185). En 1784, tras experimentar científicamente con esta sustancia se descubrió un procedimiento químico mediante el cual, aplicando la “leche de árbol” a un tejido, éste Page 4 La vestimenta y su terminología: enfoque lexicultural hispanofrancófono, pp. 793-802 796 se tornaba más flexible y menos pegajoso. Ya unos años antes, en 1770, el químico inglés Joseph Priestley descubrió que un trozo de savia del hevea o árbol de leche, borraba las marcas dejadas por el lápiz de grafito, e inventó así la goma de borrar a partir de esta misma sustancia. El experimento de Priestley sirvió a su paisano Macintosh para descubrir de forma casual que pegando capas de caucho tratado con nafta, al tejido, era posible impermeabilizarlo, dando origen de este modo al famoso macintosh. Añadiremos a los nombres propios ya citados, los de personajes del mundo artístico. Quizás uno de los ejemplos más extendidos sea el de pantalon definido por el Petit Robert como “culotte longue descendant jusqu´aux pieds” (1349 PR) que debe su nombre a Pantalón, personaje de la comedia italiana, descrito por Shakespeare en Como gustéis (1990). Dicho personaje, originario de Venecia, representaba a un viejo libidinoso y avaro que tosía y escupía, víctima de los Arlequines de Italia y de los Scarpin de Francia. En escena aparecía ataviado con culottes longues a los que ha dado su nombre. Es fácil advertir el cambio semántico sufrido por dicho término que antiguamente (generalmente en plural) designaba la “culotte en lingerie et à jambes que les femmes portaient comme sous-vêtement” (según la definición de Le Petit Robert). Podríamos decir que los calzones de principios del siglo XIX y los pantalones son las versiones modernas de esta prenda. Los pantalones rectos hasta el tobillo aparecieron, como indica Margarita Rivière en su Diccionario de la moda (Rivière, 1996: 191), hacia 1800, pero no se consideraron un atuendo aceptable hasta finales de siglo. Aunque en su época la actriz Sarah Bernhardt apareció con pantalones en escena, su uso entre el género femenino no se extendió hasta los años veinte del siglo pasado. En dicha década y en la de los treinta, Chanel introdujo los “pantalones yate” que, generalmente anchos, se llevaban para la playa y para hacer deporte. Durante la Segunda Guerra Mundial, las mujeres que ocuparon los puestos de trabajo de los hombres en las fábricas y en el campo llevaban pantalones, pero después del conflicto los únicos pantalones de moda fueron las bermudas, los de ciclista y de torero, que se usaban de modo informal. La revolución real de los pantalones se operó en los sesenta con la moda unisex aunque, aún entonces, las mujeres que los usaban eran objeto de ciertos actos discriminatorios como la negativa a entrar a ciertos restaurantes. Durante los años setenta, las convenciones sociales se flexibilizaron y los pantalones pasaron a ser aceptados como parte del atuendo femenino. No obstante, fue en los ochenta cuando las mujeres ganaron realmente la batalla a su favor, pasando a convertirse dicha prenda en parte indispensable de la indumentaria femenina. Algunos de estos nombres propios que sirven de base a las nuevas creaciones terminológicas, se convierten a veces en fuente de derivación como prueba el término jaquette cuyo origen remonta a la Edad Media, época en la que se utilizaba el apodo de “Jacques” para designar a los campesinos; de ahí, que su casaca pasara a denominarse por metonimia jaque y posteriormente, derivara en jaquette (chaqué [de hombre] o chaqueta [de mujer] 375 L). Los nombres propios de persona se ven secundados en este ámbito por los de las ciudades en las que se inició la fabricación de un determinado tejido y que posteriormente, por metonimia, han pasado a designar la prenda confeccionada con dicho material. Así, el duffle-coat (trenca 227 L), abrigo grueso y rugoso, con capucha, con el que se protegían del frío los marineros, debe su nombre al tejido utilizado en su confección, fabricado en Duffel, cerca de Anvers; igual sucede con el cambrai, género de algodón fabricado por primera vez en la ciudad de Cambrai (Francia) que según Georgina O´Hara (1994: 66), se usaba en el siglo XIX para confeccionar blusas y trajes de corte recto; y cómo olvidar los famosos jean o jeans (vaqueros, tejanos 376 L), término que designaba en un principio la “toile servant à confectionner ces pantalons” (1044 PR), en honor a la ciudad de Gênes (Génova) de la que era originario. Este término pasó a designar posteriormente los pantalones confeccionados con dicho tejido. El uso de los tejanos o vaqueros, introducidos por Levi Strauss en San Francisco como atuendo de trabajo de los mineros del oro, se extendió con gran rapidez en EEUU y desde entonces, su moda ha ido en alza, confeccionándose de muchos estilos y colores aunque en su origen era de color azul índigo. Pero, ¿quién resiste a la tentación de comprar un panamá tras un viaje a Ecuador? Panama (panamá 485 L) designa el sombrero claro, de paja muy tupida, de la planta Carloduvica palmata que crece en Ecuador y en los países vecinos. Se llama así porque el presidente Theodore Roosevelt llevaba uno durante un viaje al Canal de Panamá en 1906. Los sombreros panamá siguieron de moda, para el verano, casi siempre utilizados por hombres, hasta la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad su uso, unisex, se ha extendido tanto, que el viajero que visita un país como Ecuador, no finaliza su viaje sin contar entre sus enseres con un sombrero panamá. Recordemos igualmente el famoso astrakan (astracán 49 L). Originariamente, lana de una variedad de carnero llamada karákul, propio de la Unión Soviética. El nombre astracán deriva de la ciudad de Ástrajan, situada en la desembocadura del Volga, que gozó de gran popularidad hasta finales del siglo XIX. Dicha lana se usaba para reforzar cuellos y puños de abrigos y también para adornar sombreros. Por extensión semántica, este término designa igualmente, desde el siglo pasado, el tejido de cierto grosor, de punto o no, con pelo en forma de rizos que imita la lana original. O la angora (angora 31 L) pelo de cabra de Angora (antiguo nombre de Ankara), originaria de Turquía. También se da este nombre al pelo del conejo asimismo llamado de Angora, procedente de la isla de Madeira. En ambos casos, la angora se caracteriza por sus fibras largas, finas y suaves que mezcladas con rayón y lana se utilizan para confeccionar géneros de punto. En otras ocasiones, los términos utilizados son una simple rememoración de la ciudad o región en la que el uso de una determinada prenda alcanzó su máximo esplendor. Entre los ejemplos que nos permiten ilustrar esta idea, cabe citar el término carmagnole (carmañola 110 L) al que hemos aludido anteriormente. Se trata de un término originario de la ciudad de Carmagnola en Italia de la que pasó a Provenza a través de los obreros piamonteses, numerosos en la región; otros, como el ulster (668 L), abrigo confortable, procede del condado irlandés del que ha tomado el nombre. Dichas denominaciones poseen un marcado valor metonímico, figura retórica tan frecuente en este sector. A los ejemplos ya citados, añadiremos otros que se apoyan en relaciones semánticas diversas: - la función de una determinada prenda da nombre a ésta: términos como grimpant, remontant designan el pantalón que se utiliza para escalar; - la parte del cuerpo que cubre: le haut, le bas designan por metonimia la parte superior e inferior, respectivamente, de un ensemble (conjunto 255 L) o de un maillot de bain (bañador 408 L); o el conocido caleçon (calzoncillos 103 L) del italiano calzone, Page 6 La vestimenta y su terminología: enfoque lexicultural hispanofrancófono, pp. 793-802 798 aumentativo de calza, media, término que deja translucir cómo en su origen dicha prenda interior cubría las piernas. En esta línea se sitúa igualmente el término épaulette (hombrera 261 L) de hombro, épaule, parte superior lateral del tronco de cuyo realce se ocupa; - la forma o elementos que conforman un traje le atribuyen el nombre: un deux- pièces (un bikini 122 L), les fuseaux (pantalones de tubo 401 L) designa los pantalones de esquí, antaño de forma similar a los de golf, que poco a poco se han ido ajustando, convirtiéndose en verdaderos “tubos”; - el nombre del instrumento con el que se confecciona una determinada prenda da nombre a ésta como ocurre con tricot (punto 805 L) en su origen, “moldes o agujas de tricotar” y posteriormente, por extensión, cualquier confección de punto; - el traje recibe el nombre del grupo social que lo utiliza/aba habitualmente, gracias al cual ha alcanzado mayor difusión: así un pantalon corsaire (pantalón pirata 486 L) es un pantalón que llega hasta media pantorrilla como el que llevaban los piratas; del mismo modo, el término pèlerine (esclavina 500 L) hace alusión a una especie de pequeña capa destinada a calentar los hombros que llevaban los peregrinos y de ahí, su nombre. A estos dos términos podemos añadir otros como la marinière (blusón [de mujer], marinera [de niño] 418 L) similar a una blusa, de cuello cuadrado en la espalda y hechura amplia, que se lleva sobre la falda, sin cinturón, de modo similar a la que llevan los marineros. Es precisamente a ella a la que debe su nombre. Ejemplos como éstos no sólo afectan a la ropa sino también al calzado, así la ballerine (bailarina, zapatilla para bailar 63 L) designa el zapato plano y flexible, inspirado en el que llevan las bailarinas, de donde procede su nombre; - en otros casos, la profesión de la persona encargada de su confección transfiere a una determinada prenda su nombre: tailleur (traje sastre o de chaqueta 651 L). La motivación metonímica reaparece en algunos términos familiares. Encontramos entre otros, los términos franceses limace (396 L) o liquette (397 L), variantes de chemise (camisa 126 L); pet-en-l´air abrigo corto, a la altura de las nalgas, de donde toma el nombre (Guillemard, 1991: 146); pingouin, nombre dado a modo de broma al traje de noche que llevan los hombres por comparación a las formas y colores [chaqueta negra larga y pechera blanca] de un pingüino (514 L) o la pelure abrigo que recibe este nombre en alusión a las capas que conforman la cebolla y que, según las creencias populares, la protegen del frío durante el invierno (500 L). A la motivación metonímica cabe añadir la de carácter metafórico fácil de observar en textos y conversaciones referidos a este ámbito. Atendiendo a su fuente de inspiración distinguiremos, entre otras: - la metáfora antropomórfica, representada por términos como poignet (puño 524 L), col (cuello 140 L), pied de col (pieza de tejido que une el cuello al cuerpo de un traje 140 L), corps [d´un vêtement] (cuerpo 160 L)... - la metáfora iconográfica basada en similitudes formales con la imagen gráfica de determinadas letras del alfabeto: tee-shirt (camiseta 656 L) anglicismo que debe su nombre a la analogía formal entre la camiseta y la letra T. - La metáfora zoomórfica aparece representada en ejemplos como pied de poule (511 L), pata de gallo, unidad léxica que se utiliza para designar la tela de cuadros, popular desde finales del siglo XIX, utilizada para confeccionar chaquetas, faldas y pantalones; pantalon à pattes d´éléphant (496 L) pantalones de campana que Page 7 Mercedes EURRUTIA CAVERO 799 tradicionalmente usaban los marineros y que en los años sesenta se pusieron de moda, extendiendo su uso al público en general; cousu en nid d´abeilles, punto de nido de abejas (2 L), mouche, zapatilla (447 L)… Todos ellos, ejemplos que se fundamentan en comparaciones elípticas basadas en relaciones analógicas entre objetos, nociones o situaciones que presentan algún rasgo semántico común. En sentido restrictivo han evolucionado igualmente otros términos como lévite que designa la levita (393 L) que aún llevan en la actualidad los judíos tradicionalistas y que debe su origen a los lévites o sacerdotes de la tribu de Levi. En la misma línea se sitúa el término braguette (bragueta 133 L) en alusión a los anchos pantalones que llevaban los galos, denominados bragues. La brague designaba también la parte prominente de la coraza con la que se protegía el busto. Es probable que de ahí proceda dicho término. Aunque en un principio fue utilizado para designar el bolsito colgado a las calzas. Más tarde, pasó a designar el bolso en el que los pastores de las Landas llevaban las agujas de ticotar y de este modo, “pasaban el rato”. El sentido moderno del citado término “abertura de los calzones o pantalones por delante” (RAE, 2004: 320), lo encontramos en la obra de Rabelais, Gargantúa y Pantagruel como muestra el siguiente fragmento: “En tel état se présenta devant Pantagruel, lequel trouva le desguisement estrange, mesurement ne voyant plus sa belle et magnifique braguette” (Rabelais, 1938: 401).

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