Lou Andrea Salomé, la mujer libre

“Frecuentó a tres de los individuos más deslumbrantes de su tiempo y hasta consiguió partirle el corazón al indomable Nietzsche. Jamás se acostó con su esposo, con quien cohabitó durante 43 años entre uno y otro viaje, uno y otro amorío, uno y otro libro nada desdeñable que le heredó a la posteridad. Fue objeto de la devoción y el rencor masculinos, y provocó al menos dos suicidios pasionales. Nietzsche la definió como la mujer más brillante de cuantas han existido sobre la tierra, y nadie lo desmintió nunca.”
(Jaime Collyer)
 

En los círculos intelectuales de la Europa de principios del siglo XX, destacó la fulgurante presencia de una mujer singular, que reunía en sí misma dos cualidades interesantes: su gran belleza física y una agudísima inteligencia. Fue conocida como Lou Salomé y sobre ella corrían una serie de rumores, por ejemplo, se decía que quien la conociera, al cabo de nueve meses, traía un libro al mundo.
Compartió los secretos más íntimos de filosofía con Nietzsche, pero luego gracias a su magnetismo y belleza encontró su camino junto a Paul Rée (amigo de Nietzsche). Fue una intelectual, autora de muchos libros, psicoanalista y compañía espiritual de artistas y escritores (hombres y algunas mujeres) de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.
Elizabeth, la hermana de Nietzsche la llamaba despectivamente “la rusa” y fue odiada en extremo por los muchos hombres que la amaron sin  medida, pues parecía que  su florida apariencia envolvía un espíritu que sólo era seducido por el intelecto y la libertad, indiferente a la atracción que ejercía en los hombres.
El mundo ya estaba cambiando, no solo por la tensión preliminar que se respiraba por el horror de la I Guerra Mundial, acontecimientos extraordinarios que van de la decadencia de la Rusia zarista hasta las violencias de la Alemania nazista. Un mundo donde los esquemas de pensamiento estaban revolucionando y  Lou Salomé representaba a esa nueva forma de mujer que da rienda suelta a sus inclinaciones y dispuesta a legitimar sus deseos más profundos, ella era un ejemplo viviente de sensibilidad y deseo de libertad, una mujer vanguardista que desafió la incomprensión de su tiempo, una verdadera musa inspiradora de grandes obras y seductora de grandes genios.

El origen del enigma


Los Salomé eran originarios de la Francia meridional. El padre de Lou debió emigrar debido a  la expulsión de los hugonotes (protestantes franceses adictos al calvinismo)  y se refugió con sus padres en 1810, a la edad de seis años en la entonces San Petersburgo. Entusiasmado por la victoria rusa sobre Napoleón, abraza la carrera militar y el Zar Nicolás I en el año de 1931 lo eleva a la aristocracia hereditaria para compensarlo por su valiente comportamiento en la insurrección polaca del 1830. De su casamiento con Louise Wilm, nacerán seis hijos, entre los cuales el doce de Febrero de 1861 nace Louise Gustavovna von Salomé,  una fecha de buenos augurios que coincide con un evento histórico importantísimo para Rusia, la emancipación del siervo de la gleba, acontecimiento que precedió grandes cambios políticos en toda Europa. Lou Salomé nació bajo la estrella de la libertad y eso caracterizará siempre su actitud profunda y la volverá incapaz de hacerse discípula de algún credo religioso o filosófico.
Creció  en un ambiente especialmente masculino, rebelde e inteligente y se transforma en una extraordinaria autodidacta. Era un escenario privilegiado, y ya desde muy pequeña,  Louise comenzó a caracterizarse por poseer grandes ansias de conocimiento. Tuvo una formación marcadamente liberal, lo cual contribuyó a desarrollar en ella una gran autonomía intelectual y a muy temprana edad se volvió escéptica a la idea de Dios, sufriendo un vuelco en su fe, desde el agnosticismo hacia un fuerte descreimiento, proceso que coincidió con la muerte de su padre.

Vocación para seducir

Lou Salomé comienza a llamar la atención de los hombres desde muy temprana edad,  convirtiéndose en una joven seductora y fatal.
En busca de una educación más allá de la típica para una mujer en ese lugar y época, a sus diecisiete años, convenció a su preceptor, el predicador holandés Hendrik Gillot, veinticinco años mayor que ella, de enseñarle teología, filosofía, religión y literatura francesa y alemana.
Es así que Hendryk Gillot comenzó a inculcarle el pensamiento de Kant, Spinoza, los moralistas franceses, Rousseau y Kierkegaard. Gillot, quien terminó enamorándose locamente de ella. Le parecía una joven tan desconcertante e intrépida y aún así  Hendryk pretendía moldearla y ella parecía corresponder a su afecto, pero, cuando Gillot pretendió divorciarse de su esposa, la escurridiza Lou sintió que el encanto y la magia se habían roto, y ahí se quedó el decepcionado Gillot con tan sólo Spinoza y Kant entre las manos.
Salomé y su madre viajaron a Zúrich, para que ella pudiera ingresar a la universidad,  también lo hicieron para beneficiar la salud física de Salomé ya que en ese tiempo, ella tosía sangre. Tenía 21 años y una gran avidez por conocer el mundo, su madre la llevó a Roma, Italia, donde comenzó a destacar en los círculos intelectuales literarios.
Llegan a Zurich en el mes de setiembre de 1880, Lou se inscribe en la Universidad de Zurich, pero al poco tiempo y siempre por el mismo motivo su salud (ya era enferma de tuberculosis) se tiene que trasladar a climas más benignos y viajan a Roma en febrero de 1882.
Es importante resaltar que, a pesar de su gran atractivo, Lou Salomé siempre prefirió el contacto espiritual e intelectual antes que el físico y era indiferente a los sentimientos que despertaba en los hombres que conocía; prefirió siempre el pensamiento al hombre que lo encarnaba.
 
¿De qué estrella hemos caído para encontrarnos aquí...?

 

Friedrich Nietzsche había escrito Humano, demasiado humano cuando la joven Salomé llegó a Roma en el invierno de 1881. Tenía 21 años,
El joven filósofo Paul Rée, admirador de Schopenhauer y amigo de Nietzsche, se hallaba en Roma, visitando a una amiga llamada  Malwida von Reysenbug, quien precisamente alojó a  Lou y su madre. Malwida von Meysenbug, anticonformista y liberal, se fascinaba con la inteligencia de Lou y ve en ella la continuación de la obra de toda su vida.
Paul Rée quedó anonadado frente a la espléndida Lou y así se lo hizo saber a Nietzsche por carta. Este, por supuesto, se mostró escéptico. "Salude de mi parte a esa jovencita rusa, si sirve de algo", fanfarroneó. "Estoy ávido de esta clase de almas, se lo confieso. A futuro, hasta puede que me le abalance a alguna de ellas...". Pero el cazador no tardó mucho en ser cazado, pues nada más llegar y ver a Lou, se sumó a la condición de Rée. "¿De qué estrella hemos caído para encontrarnos aquí...?", le preguntó, en un rapto poético que es hoy historia.
Tenía 37 años el desprevenido Nietzsche, cuando sucumbió ante Lou Salomé, aquella joven que daba muestras de una singular madurez e inteligencia, y que, por lo demás era excepcionalmente atractiva y a los pocos días, comete la indiscreción de pedirle a su propio amigo Rée que le proponga matrimonio en su nombre, pero ella elude hábilmente tal propuesta, argumentando que  si llegara a casarse, perdería la pensión que recibe por su padre muerto.
Lou solo amaba el pensamiento de Nietzsche, en absoluto al hombre. Lo rechazó una y otra vez. Finalmente en 1882, el filósofo perdió toda esperanza. Unas semanas después se encerró en su pequeña habitación; era el mes de febrero de 1883. En pocos días, Nietzsche compuso su gran poema filosófico que nació como fruto del desengaño y la frustración por un amor imposible.
De todas maneras la amistad se consolida de igual modo entre los tres, y al poco tiempo Lou parece preferir a Rée, aunque con el tiempo descubre que le inspira cierta repulsión física. Sobreviene, al separarse, un nutrido intercambio postal entre ellos, del que existe incluso un libro en español (Documentos de un encuentro). Rée, quien parece el más favorecido por la joven Lou, es el más acaramelado y peca al final de cierta zalamería: le escribe a su amada lánguidas misivas en que se le brinda entero y la trata de "mi caracolito adorado" (hecho que, muy probablemente, acrecienta la repulsión en la destinataria).


Nietzsche, en cambio, mantiene el tipo y sigue siendo un duro, un obcecado, un intelectual de peso, en sus varias cartas a Lou. Hasta el próximo encuentro entre ellos, junto al lago Orta, en que ambos se extravían a solas al atardecer, en un paseo al monte Saco. Años después, Lou rememoraba el acontecimiento con ambigüedad: "Si besé o no a Nietzsche en el monte Saco, no lo sé...". Es probable que lo hiciera, en todo caso: al decir de unos amigos de Basilea a quienes Nietzsche visita en días posteriores, estaba por completo cambiado y hablaba incesantemente, casi todo el tiempo, de Lou..., como un hombre que hubiera avistado la tierra prometida.
 Pero nunca llegaría a tenerla de nuevo para sí como en aquella tarde, los encuentros posteriores eran con Rée incluido y  Lou se muestra lejana, cuidando  bien de mantener esa distancia. Por otra parte, la madre del filósofo y su posesiva hermana inician entonces una campaña para aislarlo de Salomé. Los celos a causa de la advenediza desbordan a Elizabeth Nietzsche, quien la aborrece y la describe en su correspondencia como una criatura vulgar. Sus hábitos nada convencionales, precisa H. F. Peters, su comportamiento chocantemente liberal con los hombres, su indiferencia incluso respecto de la higiene habitual, hacen que Elizabeth experimente una repulsión que es casi de orden físico. Es entonces que el trío Nietzsche, Salomé y Rée se encuentra en Lucerna y el filósofo insiste en que se hagan la famosa fotografía en que ella aparece con un látigo, azotándolos a ambos (un fiel reflejo, según los biógrafos, de lo que Nietzsche siente en ese momento). Más tarde habrá de revertir conceptualmente la situación y formular su famosa máxima: "¿Vas donde una mujer? ¡No olvides el látigo!"

 

Y todavía más tarde, aislado en un pequeño apartamento de Leipzig, comprende que ya nunca la tendrá de vuelta, a raíz de lo cual su correspondencia dirigida a ella y a Paul Rée, su imaginario rival, se puebla de reproches y de mala leche. "¡Extraño!", escribe para sí mismo, en un borrador nunca remitido. "Pensé que me había sido enviado un ángel. Un ángel que debía mitigar algunas cargas que el dolor y la soledad habían vuelto demasiado pesadas, cuando volví de nuevo hacia los hombres y la vida. Pero no era un ángel".
 Aun ausente el ángel, su estela se hizo sentir: tras revolverse algunos meses en la depresión y acariciar la idea del suicidio, el filósofo volvió a su labor y en enero de 1883, en tan sólo unas semanas de estar encerrado en una pequeña habitación, concluyó ese manifiesto capital dentro de su obra que es “Así habló Zaratustra”,  el elogio y la exaltación de un individuo suprahumano que aprende a sobreponerse al dolor y levantar cabeza, con la perspicacia del águila, con la fuerza del león.
Si bien el poeta-filósofo logró sublimar la atracción que sentía en una obra singular, "Así habló Zarathustra". Hoy, tras la publicación de la correspondencia con Paul Ree, se sabe lo que sentía Nietzsche en aquella época: "Sino encuentro la piedra filosofal para convertir esta mierda en oro, estoy perdido".
"Zarathustra" salvó de la locura a Nietzsche durante unos años. Tras la ruptura con Lou, habló de suicidarse; sacó fuerzas de flaqueza, rechazó la posibilidad de cualquier otro amor e intentó transmutar en fuerza interior su soledad. Seis años después se derrumbaría. A partir de 1889 su locura sería irreversible y moriría dos años después.

Carta de Friedrich Nietzsche a Lou Salome, Diciembre 1882 25Apr08
 Lou:
Que yo sufra mucho carece de importancia comparado con el problema de
que no seas capaz, mi querida Lou, de reencontrarte a ti misma.
Nunca he conocido a una persona más pobre que tu:
Ignorante pero con mucho ingenio
Capaz de aprovechar al máximo lo que conoce
Sin gusto pero ingenua respecto de esta carencia
Sincera y justa en minucias, por tozudez en general

En una escala mayor, en la actitud total hacia la vida:
Insincera
Sin la menor sensibilidad para dar o recibir.
Carente de espíritu e incapaz de amar
En afectos, siempre enferma y al borde de la locura
Sin agradecimiento, sin vergüenza hacia sus benefactores…

En particular:
Nada fiable
De mal comportamiento
Grosera en cuestiones de honor…
Un cerebro con incipientes indicios de alma
El carácter de un gato: el depredador disfrazado de animal doméstico
Nobleza como reminiscencia del trato con personas más nobles
Fuerte voluntad pero no un gran objeto
Sin diligencia ni pureza
Sensualidad cruelmente desplazada
Egoísmo infantil como resultado de atrofia y retraso sexual
Sin amor por las personas pero enamorada de Dios
Con necesidad de expansión
Astuta, llena de autodominio ante la sexualidad masculina.
 Tuyo
F.N (Friedrich Nietzsche)
Por su parte, Paul Rée, insistió durante años en su amor por Salomé, pero fracasó ya que en  1888, Lou Salomé conoció al doctor Friedrich Carl Andreas con quien se casó.
En 1901 Rée, el viejo idólatra del caracolito se suicida justo en el lugar en donde Lou Salomé le había rechazado veinte años antes; el tiempo jamás consiguió disolver todo el amor que sintió por ella. Lou sólo era la eterna amiga de Ree, intelectualmente sintonizaban, pero ella sentía repugnancia física hacia él.

 "La bruja de Hamberg": eternamente joven

 

Lou Salomé conoció en Berlín al doctor Friedrich Carl Andreas, que era un hombre gris y reservado, no demasiado atractivo, bajo y rechoncho, y nunca llegaría a acumular los honores de un Nietzsche o un Freud, pero consiguió impresionarla vivamente cuando escenificó ante ella un suicidio amoroso, que ella misma describió en sus memorias: "Con ademán pausado, cogió la navaja y se la clavó en el pecho". La sangre derramada teatralmente por Andreas los unió para siempre.
¿Qué extraña tecla de su alma había pulsado con su gesto? Lou se olvidó de Paul Rée y se desposó con el doctor, a cambio de su promesa inamovible de que jamás pretendiera hacerle el amor. Estuvieron 43 años juntos. Salomé se mantuvo virgen hasta los 30 y nunca tuvo relaciones sexuales con su esposo, que cambió su propio deseo de ella por tenerla en su vida, cada vez que resolviera volver de sus amoríos.
Por las noches, Andreas daba clases particulares en su domicilio de Gottingen a un grupo seleccionado de alumnos. Estos y sus colegas de facultad jamás dudaron de que realizaba lo que calificaron como "estudios ocultos" y que suscitaron rumores entre sus colegas. Era capaz de inducir alucinaciones en sus discípulos, conocía perfectamente las técnicas de hipnosis y sugestión y fue uno de los primeros europeos en estar familiarizado con los distintos yogas hindúes.
Le atraía particularmente la tradición irania. Realizó la primera traducción completa del "Zend Avesta" como tributo a la sangre real persa que fluía por su venas.
Asimismo Lou conocía a la perfección las grandes religiones orientales, dubismo, hinduísmo e islam, incluso en su exoterismo; su marido fue uno de los introductores del orientalismo en Europa y conocía todas estas tradiciones desde el interior.
Es un hecho de que todos sus biógrafos concuerdan en describirla como una mujer muy agraciada, alta y de singular aspecto juvenil. De hecho, ella y el doctor Andreas, su cónyuge, cobraron gran  fama en Hamberg, donde vivían, por su aspecto desconcertantemente jovial. Como el doctor Andreas era orientalista y un conocedor del esoterismo, el hinduismo, el islamismo y la religiosidad originaria de Oriente, conocimientos que aplicaba en su labor curativa. Sus vecinos atribuían el aspecto rozagante de ambos a dichos procedimientos, imaginaban algún secreto esotérico o una receta del ocultismo que los sostenía en el tiempo, preservándolos de la corrupción. Tanto así que, al rondar los 80 años, el doctor aparentaba apenas 50, y la propia Lou dio la impresión, hasta los 65 años, de que no había cumplido aún los 40. Los vecinos la llamaban "la bruja de Hamberg", pero la denominación tenía un sentido más bien de admiración.

El doctor Andreas fue un desafío mayor para Salomé, su gran incentivo intelectual de fondo, su refugio. A él volvió  una y otra vez, a pesar de lo engañaba, y el  herr doktor estuvo invariablemente allí para acogerla. Lou desesperaba, entretanto, a causa de su sexualidad atrofiada (como la calificó Nietzsche en su rencor) y su necesidad de ver mundo, de escribir, de profundizar en sí misma hasta lo más hondo y, a la vez, de participar en las corrientes transformadoras de su época. En definitiva, a pesar de su oposición al matrimonio y de sus relaciones abiertas con muchos otros hombres, Salomé y Andreas permanecieron casados desde 1887 hasta la muerte de Andreas en 1930.

"La mujer no muere de amor, pero sí por falta de él"

 

Así escribió Lou en sus memorias, y pareciera que así siguió rastreando ese amor ausente en muchos lados. En 1897, conoció a Rainer Maria Rilke, en Munich, cuando este acababa de sobrepasar la veintena y ella había cumplido ya los 36. La diferencia de 15 años no fue impedimento para un romance que duró tres años, y una amistad que habría de persistir hasta la muerte del poeta en 1926. "Es una zarza ardiente", la describió él mismo, en una imagen teñida de connotaciones bíblicas. Fue para él, a la vez que su amante, una progenitora atenta a su naturaleza ciclotímica y cambiante, una madre-amante que sabía contenerlo en su habitual melancolía. "Como una madre y, a la vez, una musa atenta", precisó años después Freud, en relación a ambos.


Ella le enseñó ruso, a leer a Lev Tolstói (a quien él conocería más tarde) y a Aleksandr Pushkin, le presentó a importantes hombres y a muchas otras personas en el campo de las artes, y se mantuvo como su consejera, confidente y musa a través de toda su vida adulta. Lo rebautizó como Rainer, en lugar de René, y lo impulsó a escribir, antes de separarse cautelosamente de él, buscando evitarle algún trauma, cuando tras un viaje a Rusia comprobó que todo se había vuelto, de algún modo, patológico.
 Le molestaba la dependencia creciente del joven Rilke, y era ella, esta vez, quien requería de un padre-amante. ¿Quién más indicado, en esa época, que el eminente doctor Freud, cada vez más conocido, cada vez más prestigiado como terapeuta?

Su amistad e intercambio intelectual con Sigmund Freud

 

En 1911, conoció  al psiquiatra vienés Sigmund Freud, al cual visitó con la esperanza de que éste pudiera revelarle algo sobre los misterios de su personalidad.
Lou Salomé fue la primera mujer que tuvo acceso a tertulias hasta entonces vedadas al género femenino. Conoció bien la bohemia de París, Berlín y Viena. Tuvo como pretendientes a las más grandes inteligencias de su tiempo. Pero, en el fondo fue mujer de sexualidad anómala. No se sintió jamás madre ni amante, probablemente tampoco mujer sino hasta muy avanzada su madurez.
Freud a fin de cuentas hecho de carne y hueso no fue ajeno al atractivo y el magnetismo que aún entonces irradiaba su nueva discípula, deseosa de averiguar con su ayuda las razones de su atrofia sexual, los porqués de sus inhibiciones eróticas, esa dificultad que experimentaba para abandonarse en la intimidad.
El viejo maestro supo diferenciar, pese a todo, sus propios deseos íntimos de lo que era más conveniente, de su condición de maestro, y brindó a la nueva discípula un sitial irreemplazable entre los fundadores de la nueva disciplina sicoanalítica. Luego de Anna Freud, Lou Andreas-Salomé fue la primera mujer admitida en la Sociedad de los Miércoles, el grupo vienés original, y el propio Freud la apoyó en su análisis, la alentó en sus escritos y la homenajeó convenientemente siempre que tuvo ocasión. Fuera de la égida protectora del propio Freud, hubo, eso sí, un episodio trágico adicional: cuando el también aprendiz Víctor Tausk también se enamoró de ella, tan infructuosamente como otros, acabó suicidándose, en 1919.
Por entonces Lou ya había adquirido fama mundial. No en vano había sido la primera psicoanalista distinguida y la única mujer que Freud aceptó en él "círculo interno" de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Lo cual no era poco. Los 25 años siguientes Lou se dedicará completamente al psicoanálisis, como psicoanalista y como investigadora.
En el N 19 de la Bergasse, la calle vienesa en que aún subsiste la casa de Freud, hay una fotografía de un rostro femenino que domina la entrada y acoge, desde su lejanía en blanco y negro, un rostro tan bello, esos labios gruesos, esa mirada apacible, y en algún momento consigue ir a averiguar, al pie de la foto, el nombre de su propietaria: es la fota clásica de Lou Andreas-Salomé, la misma que Sigmund Freud mantenía claveteada a su librero, para admirarla en secreto.

Su  obra

Salomé fue una escritora prolífica, y escribió variadas pero poco conocidas novelas, obras y ensayos; fue también una creativa feminista. Su gran habilidad  literaria queda plasmada a través de su vida de casada, cuando se comprometió en romances y/o intercambio de correspondencias con el periodista alemán Georg Lebedour, el poeta alemán Rainer Maria Rilke, y los psicoanalistas Sigmund Freud y Viktor Tausk, entre otros. Da cuenta de muchos de ellos en su libro Lebensrückblick.
Además Lou Salomé era de una modestia y una discreción poco común pues nunca alardeaba de sus creaciones poéticas y literarias. Era evidente que sabía dónde es preciso buscar los reales valores de la vida. Quien se le acercaba recibía la más intensa impresión de la autenticidad y la armonía de su ser, y también podía comprobar, para su asombro, que todas las debilidades femeninas y quizá la mayoría de las debilidades humanas le eran ajenas, o las había vencido en el curso de su vida.
Lou desenvuelve una vida muy frenética y produce una prolífica obra literaria. En su obra narrativa destacanse dos novelas de ambiente ruso: Ma (1901) e Im Zwischenland (1902); pero se la recuerda sobre todo por sus biografías de Nietzsche y Rilke : Friedrich Nietzsche in seinen Werken (1894) y Rainer Maria Rilke (1928).
La biografía de Nietzsche que es hoy todavía considerada la obra que más a penetrado el espíritu del filósofo, mostrando un profundo conocimiento del carácter del amigo como también de una grande profundidad psicológica donde se propone la subdivisión del itinerario especulativo del filósofo en tres fases: fase wagneriana y Shopenhauriana: Pasaje a la fase positivista y a la amistad con Paul Ree y adición del aforismo como forma de escritura. La tercera fase coincide con el alejamiento de Rée y con el dominio del impulso religioso, que se resuelve con un trágico conflicto: dios como necesario y el deber de negarlo.
Si por momentos pueden parecer discutibles las interpretaciones de Lou de la filosofía nietzschiana, sigue siendo indudable por el contrario su intención en trazar un perfil psicológico.
Además escribe críticas teatrales. Su intensa actividad intelectual la obliga a desplazarse por las principales ciudades en las cuales hierve el espíritu de final de siglo XVIII: Berlín, París, Mónaco, Viena.
En 1911 participa del congreso de la Sociedad Psicoanalítica de Viena.
Lou Andreas-Salomé adquirió una notable popularidad tras la publicación, en 1951, de la primera edición alemana de su autobiografía: Mirada retrospectiva, que sirvió a Liliana Cavani para hacer su película Más allá del bien y del mal.
La presente edición surge de un segundo manuscrito encontrado posteriormente por Ernst Pfeiffer, amigo personal de Lou Andreas-Salomé, que sin diferir en lo sustancial con el anterior, lo completa y lo hace más preciso.
Además, nos asomamos a una vida sumamente heterodoxa para los patrones convencionales y morales de su tiempo y, en cierto modo, anticipadora del movimiento de liberación de la mujer.
Por último, cabe resaltar la estructura de la obra. Lou Andreas-Salomé no realiza una exposición lineal de sucesos personales, sino que salta continuamente de la anécdota o del hecho al plano de la reflexión más general. Como anuncia el subtítulo, «Compendio de algunos recuerdos de la vida», lo que le interesa no es la descripción secuencial de su existencia, sino la búsqueda de ese sentido más profundo e invisible que realmente constituye el hilo de todo el relato. La importancia de esta autobiografía es que nos aproxima a una de las épocas más atractivas y de mayor creatividad y esplendor de la cultura centroeuropea.
Los estudios analíticos y literarios de Salomé se volvieron muy de moda en Göttingen, el pueblo alemán en el cual vivió sus últimos años, el cual la Gestapo esperó hasta poco después de su muerte por uremia en 1937 para quemar su biblioteca. Se dice que Salomé resaltaba en sus últimos días “Realmente no he hecho más que trabajar durante toda mi vida, trabajar… por qué?”. Y en sus últimas horas, como si estuviera hablando con ella misma, se ha reportado que ella dijo “Si dejara que mis pensamientos vagaran, no encontraría ninguno. Lo mejor, después de todo, es la muerte”. (Peters, ‘My Sister, My Spouse’, p. 300). Escribió 15 novelas y otros documentales, como “Henrik Ibsens Frauengestalten” (1982), un estudio de las personalidades de las mujeres de Ibsen.

Legó al mundo veinte títulos distintos y más de un centenar de ensayos breves, incluyendo un par de novelas, que los nazis confiscaron pocos días antes de su muerte, ocurrida en 1937, faltando poco para su cumpleaños número 76. Era todavía joven, a su manera, y se mantenía aún lozana. La vida había reblandecido su expresión dura de los orígenes y su corazón parecía en paz. Murió apaciblemente y en su cama, cuando las camisas pardas rondaban su casa. El horror asomaba, solapado, en el horizonte. Ella no le concedió el honor de su presencia.


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