Abanicos y mantillas: España 1830


Dicen que el extranjero que recorría por primera vez las calles del Madrid de comienzos del siglo XIX se quedaba sorprendido por lo sombrío del panorama que se presentaba ante sus ojos. Pero cuando prestaba atención detenidamente, se podía percatar que la razón de todo aquello era el atuendo de las mujeres. La indumentaria diversa de las mujeres que adornaban otras grandes ciudades de Europa y llenándolas de viveza, estaba ausente en la capital de España. Las cofias y las cintas de todos los colores imaginables que se podían encontrar en París, Amberes o Heidelberg brillaban por su ausencia en Madrid y el resto de Castilla.

Todas las madrileñas vestían con orgullo con vestidos de seda negra que adornaban de forma sutil con su personal mantilla, un atuendo que tiene su origen en tiempos de los íberos, pero que no fue hasta finales del siglo XVIII cuando se extendió notablemente su uso entre las altas y bajas clases. Fue entonces cuando se sustituyó el paño por toda una gama de tejidos que determinaban la posición social de la dama que lo vestía, aunque no siempre se podía hacer de este hecho un criterio exacto, ya que eran muchas las que eran capaces de grandes sacrificios con tal de vestir bien.
Las mujeres de las clases más altas vestían con mantillas de encaje, tejidas en la mayoría de ocasiones blonda. Según se iba descendiendo en el rango social se podía ver como los materiales iban cambiando, de tal modo que la clase burguesa utilizaba tul en los laterales para utilizar la blonda mostrada en la parte delantera y posterior. En la clase baja la blonda desparecía por completo, utilizando únicamente seda con ribetes de terciopelo en los casos más afortunados, quedando las mantillas de paño para aquellas de las calses sociales más bajas.

Pero si hay algo que realmente sorprendía al extranjero que visitaba Madrid por primera vez, era el difundido uso del abanico. Algunos como Henry D. Inglis llegaron a afirmar que la mujer española era capaz de salir a la calle descalza antes que sin abanico. La madre llevaba a su hijo de la mano mientras que la otra la utilizaba para abanicarse; la mujer que vendía higos en el mercado se abanicaba en su tenderete mientras esperaba a la clientela; la criada que volvía del mercado cargada con la compra de un brazo llevaba el otro libre para poder abanicarse.

El abanico, que había llegado a España durante el siglo XVIII procedente de Japón gracias al artesano francés Eugenio Prost, consiguió en pocos años en convertirse en un icono del país, llegándose a convertir España en uno de los principales productores del mundo y el mayor consumidor de Europa. De hecho, a comienzos del siglo XIX se creó el gremio de Abaniqueros y se fundó la Real Fábrica de Abanicos. Su uso se llegó a extender tanto entre las mujeres que hasta se creó el conocido lenguaje del abanico, para intercambiar determinadas señales utilizando la posición del abanico. Leer más: recuerdosdepandora.com

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