Entrevista con Amelie Nothomb, “La belleza es la cuestión suprema”

Amélie Nothomb revolucionó la actual literatura francesa poniendo fin a los peores pronósticos, y arrasó como un huracán en la lista de más vendidos. Ni aburridas ni frívolas ni nihilistas, las historias de Nothomb parecen cuentos de hadas escritos por un loco. En esta entrevista con la escritora argentina María Fasce, habla de algunas de sus obsesiones: la literatura, los viajes, su familia, sus lectores y la muerte.

POR MÁRIA FASCE


Los verdaderos excéntricos no se consideran excéntricos, como los verdaderos tímidos. Amélie Nothomb demuestra que ambos atributos no son excluyentes. De hecho, toda su literatura juega a los contrastes: la crueldad y la ternura, el cinismo y la ingenuidad, la irrisión y la elegancia, la distancia y la emoción. “¿Qué es una historia cuando se tienen cuatro años?”, se pregunta en Biografía del hambre. “Un concentrado de vida, de sensaciones fuertes.” Con esa receta revolucionó la actual literatura francesa poniendo fin a los peores pronósticos, y arrasó como un huracán en la lista de más vendidos. Ni aburridas ni frívolas ni nihilistas, las historias de Nothomb parecen cuentos de hadas escritos por un loco. Hasta sus cubiertas autorreferenciales y barrocas contrastan con la pálida sobriedad de los autores de Gallimard y Minuit (que suelen ganar los premios que a ella le están vedados).

Aparece en la recepción de la editorial Albin Michel. No lleva ningún extraño sombrero ni está maquillada como una geisha, no parece una mujer que adora los frutos podridos, ni una actriz de cine mudo o una cantante de rock. Está vestida de negro, con una larga pollera de algodón y unas Converse, y me tiende una mano transparente. Camina como si levitara hacia una oficina en penumbra. No enciende ninguna luz y se sienta delante de pilas de cartas de lectores. Habla precisa y punzante, como su pluma. No tiene gestos. Acelera el ritmo y alza la voz cuando un tema la irrita o la apasiona, y luego retoma su tono habitual, que fluye como un río.
—El protagonista de su primera novela, “Higiene del asesino”, era un escritor que se regodeaba en torturar a los periodistas. Le confieso que me inspira cierto temor…
—Puede estar tranquila, le aseguro que, en ese aspecto, mi protagonista y yo no nos parecemos en absoluto. No es que a menudo no tenga ganas de maltratar a los periodistas, pero muchas cosas en mi educación y en mi carácter me lo impiden.
—Usted ha nacido en Japón, vivió en China, en Bélgica y en Francia. ¿De qué país se siente más cercana?
—(Suspira) De ninguno.
—Pannonnique, Epiphane, Textor Texel, Plectrude, Prétextat Tach, Urbain… Borges decía que tenía un personaje a partir del momento en que lo escuchaba hablar, que era la voz lo que determinaba el carácter. ¿Para usted es el nombre?
—Las dos cosas al mismo tiempo. Los personajes suelen rebelarse contra mí y dicen cosas, con una cierta voz. Cuando escribo no veo nada, pero escucho, los escucho. Por lo tanto, es verdad que la voz de mis personajes me ayuda a encontrarles un nombre apropiado. Pero no siempre ocurre así. Mis personajes más significativos tienen un nombre que les va muy bien. La gran pose sería decir: “Naturalmente es algo muy reflexionado…”, pero no es así, el nombre me viene a la mente de una manera fulgurante, y después me doy cuenta de que funciona a la perfección.
—Sus novelas cambian de signo en la mitad y desorientan al lector. Ese mecanismo de relojería, tan sorprendente, ¿responde a una decisión previa o surge a medida que escribe?
—Depende de los casos. Pero incluso cuando sé adónde voy, porque también he escrito novelas sin saber adónde iba, la novela se escribe sola. Siempre resulta difícil, cuando no imposible, calificar el propio estilo, pero creo que tengo un estilo “paranoico”. En el momento en que afirmo algo, estoy secretando su antítesis. Y eso ocurre también en la estructura de mis novelas, hay un momento en que algo interviene, provoca un tropiezo para que el texto se funda, para que la belleza ya no sea bella. Sucede así y no hay nada que yo pueda hacer al respecto. Es por eso que a menudo escribo en forma de diálogo, el diálogo se corresponde con una estructura de pensamiento dialéctico: desde el momento en que hay una tesis habrá una antítesis. Así es como escribo. ¡Es muy poco confortable!
—“Escribir sin disfrutar es inmoral”, dice uno de sus personajes, y usted misma declaró en varias entrevistas que gozaba mucho escribiendo. ¿Con cuál de sus libros disfrutó más?
—Disfruté enormemente con todas mis novelas, pero de un modo diferente cada vez. El placer que he sentido al escribir Diario de Golondrina fue grande, pero se trataba de un placer “glacial”; en otras novelas tuve un placer quemante, escribía en una especie de delirio, llorando… y en otras riendo. Con Higiene del asesino me reí mucho.
—Usted no escribe e-mails ni usa la computadora. ¿Cómo escribe? ¿Cuál es su rutina de escritura?
—Escribo todos los días, de cuatro a ocho de la mañana, con un bolígrafo transparente de tinta azul, como éste, en un cuaderno escolar de hojas cuadriculadas. Visto desde afuera mi procedimiento se asemeja a una canilla que deja correr el agua de manera continua. Debo ofrecer un espectáculo terriblemente aburrido. Pero vivido desde el interior, es fascinante. Esa homogeneidad no es más que aparente, esconde un caos.
—En su obra hay cuatro verbos intercambiables: escribir, amar, comer y matar.
—Sí, es bastante exacto lo que dice. Y “matar” podría contenerlos a todos.
—“Ni contigo ni sin ti”, es una frase de Truffaut que podría pertenecer a sus personajes.
—Absolutamente.
—“No existe el amor imposible”, dice Epiphane Otos al final de “Atentado”. Pero acaba de matar a su amada… ¿Qué es el amor para usted? ¿Es realmente posible?
—Totalmente posible, con la condición de tener amplitud de ideas. Después de todo, incluso si se trata de un procedimiento moral que no recomiendo, una historia de amor que pasa por el asesinato es una historia de amor realizado. Ocurre que la ley lo prohíbe y que yo no estoy a favor de ir a la prisión. Pero estoy persuadida de que siempre hay un modo de “vivir su amor”, ya sea en el más absoluto silencio. No hay amores imposibles.
—¿Se impone un límite para el uso de lo autobiográfico en sus libros?
—¡Ya lo creo! Lo que hace tan complicada la escritura autobiográfica es que uno siente todo el tiempo la presencia de una frontera. Y esa frontera son los otros: no se puede herir a los demás, traicionar sus secretos. También hay una frontera con respecto a uno mismo: no se pueden revelar los propios secretos. Sin embargo, en el momento de la escritura no estamos tan seguros. Es el momento de “cartografiar” los secretos. Resulta interesante, porque allí es cuando se decide: atención, mi secreto llega hasta aquí y aquí se detiene.
—Ha escrito sobre los reality shows, y en sus dos últimas novelas, “Acido sulfúrico” y “Diario de Golondrina”, hay políticos. ¿La actual situación política francesa le sirve de inspiración?
—No de manera directa. Los reality shows fueron la única ocasión en que reaccioné de inmediato, mientras sucedían, además de Los combustibles, que es una obra de teatro que escribí inspirada en la guerra de Bosnia. Lo que ocurre en este momento en Francia podría inspirarme algo, pero es demasiado apresurado decirlo.
—Esa “nada” que Epiphane encuentra inadmisible en un filme, y que ha ocupado la mayor parte de la literatura francesa de las últimas décadas, es lo opuesto de sus novelas. “El tropismo evanescente”, título de un filme sobre nada, ¿es una crítica velada al “nouveau roman”?
—No sólo al nouveau roman, sería demasiado simple… aunque el nouveau roman tiene esa particularidad enervante de pretender que ha descubierto cosas que existían desde Homero y sobre todo con Diderot. En mi título he puesto la palabra “evanescente” porque es una palabra muy a la moda en el arte y la creación contemporánea. Esa fascinación por la nada, por la vaguedad, esa falsa impresión de decirlo todo cuando no se dice absolutamente nada… es así como llegamos a esta especie de gran “no importa qué” que define muy bien a la creación posmoderna, y que me irrita sobremanera. Yo me considero “post-posmoderna”.
—Siempre arriesga mucho en cada novela, parece ir a la búsqueda de los lugares comunes para darles la vuelta y mostrar su inagotable riqueza. También en las canciones que escribe…
—Oh, ¿conoce mis canciones? La única forma de poesía que he escrito ha sido mis canciones para Robert (la cantante que ha inspirado su novela Diccionario de nombres propios). Es formidable escribir canciones para otro, porque permite hacer gigantescas declaraciones de pasión sin tener que precisar quién las dice. Lo que impide hacerlas en la vida real es saber que la gente va a decirte: “Ten cuidado, van a saber que eres tú quien lo dice”, mientras que, si nadie sabe quién es “yo” y quién es “tú”, ¡qué libertad!
—Plectrude, la protagonista de “Diccionario…”, devora los libros de Ionesco. A usted, ¿qué lectura le estaba destinada?
—Qué pregunta… Siempre digo que el único libro que no destruiría nunca es el Quijote de Cervantes, y no lo digo porque usted hable español. Don Quijote es el héroe más formidable y más necesario, no sólo para la literatura sino también para la humanidad.
—Ese Urbain de “Diario de Golondrina”, que mata sin sentir nada, me recuerda a “El extranjero” de Camus. Camus y Artaud me parecen muy presentes en sus libros, aunque nunca los ha mencionado.
—Es verdad que no los cito nunca, pero están muy presentes. Hay muchas citas fantasmas en mis libros… Por otra parte siempre he confesado que soy una escritora de la digestión, no cito todos mis alimentos, pero es obvio que he leído mucho.
—Todos sus personajes se enfrentan a un dilema moral: ¿tenemos derecho a consumir nuestras últimas fuerzas leyendo mala literatura?, ¿es lícito leer el diario íntimo de nuestra víctima?, ¿por qué una mujer bella debería amarnos a pesar de nuestra fealdad, cuando nosotros sólo nos hemos fijado en su aspecto exterior?
—Sí. Incluso cuando estamos en medio de la más completa inmoralidad, la moral nos atrapa de un modo o de otro. En esa especie de “arte total” en el que practico todos los puntos de vista al mismo tiempo, siempre hay un punto de vista moral, que no es lo mismo que “moralizante”. La dimensión moral siempre está presente en lo que escribo.
—¿Cree, como Pretextat Tach, que usted es la única lectora que la comprende?
—Por supuesto que no. Higiene del asesino es la primera novela que he publicado, no la primera que he escrito, porque había escrito diez antes… Estoy escribiendo la n ovela número 61, así puede tener todas las cifras. Nunca había sido leída por nadie y la escribí a partir del sobreentendido de que el verdadero lector no existía. Luego publiqué ese libro, aunque sería más exacto decir que ese libro fue publicado, y descubrí que mi sobreentendido era falso. Desde entonces mantengo todos los días un intenso intercambio epistolar con mis lectores. Gracias a ese prejuicio inicial he tenido la ocasión de comprobar a diario cuánto me había equivocado.
—El diario “Le Monde” dijo que usted había logrado el “prodigio de gustar a la mayoría de los lectores”. ¿Cuál es su relación con el éxito?
—No digo que sea algo fácil todos los días, pero no me obsesiono con ello. Llevo una vida normal, viajo en subte, hago mis compras, lavo la vajilla, escribo, y gracias a ello me siento bien.
—“Sólo hay un sexo: la belleza”, dice Urbain. Es un tema habitual en sus libros. La belleza condiciona más que la cultura, la edad o la clase social. ¿Para qué sirve la belleza?
—La belleza es la cuestión suprema. Cuando nos encontramos frente a la verdadera belleza no hay nada más que decir, no hay preguntas. No sabemos qué es, pero sabemos que ése es el fin de la vida, lo que siempre hemos estado buscando. Por supuesto, no se trata de una consideración autobiográfica, porque no soy bella, pero sí de una constatación que he hecho al encontrarme con personas muy bellas.
—¿Por qué ha elegido su propia imagen para las cubiertas de sus libros?
—Escuche: no vivimos en absoluto en un mundo ideal. En un mundo que yo considero ideal no conoceríamos los rostros de los escritores. Por desgracia, las cosas no son así. Y cada vez más necesitamos conocer los rostros de los escritores. Me molesta mucho, pero no veo cómo podría cambiar el mundo. Por lo tanto, cada año me piden nuevas fotos. Es una tortura. ¿Qué hacer? Me veo obligada a aceptarlo, siempre y cuando sea una foto que no me desagrade. Por otra parte, detesto mi cara. Así que cada año tengo que elegir una o dos fotos mías que me parecen aceptables. Por supuesto, es algo que no puedo controlar, porque hay fotos robadas por todas partes, las veo en la prensa y me recuerdan a esas fotos que mi madre me tomaba en la mesa, durante una cena familiar, y resultan igualmente deprimentes. Pero bueno…
—¿Qué piensa de la muerte?
—La muerte me fascina. Todas las experiencias de “frontera” me fascinan, y la muerte es la frontera de todas las fronteras. Al mismo tiempo me digo que no hay que precipitarse, de todos modos, tarde o temprano tendré la ocasión de enfrentarme a ella. Pero mientras espero, exploro esa frontera a través de la escritura.
—Hay una atmósfera mística en sus libros, y a menudo alusiones a la mitología cristiana. ¿Es usted creyente?
—En todo caso, es una “ mística que calla”. Es la última frase del Tractatus de Wittgenstein: “De aquello que no se puede hablar, mejor es callar”.
—Piensa, como uno de los periodistas de “Higiene del asesino”, que “nunca deberíamos conocer a los escritores”.
—Por supuesto que no, de otro modo no la habría conocido a usted.
—¿A quién le gustaría entrevistar?
—Voy a desilusionarla: soy buena para practicar la admiración, pero no siento deseos de encontrarme con nadie a quien admiro. Es extraño. Hay personas que me despiertan curiosidad, y sin embargo no creo que conocerlas sea la manera de satisfacerla. Pero si tengo que elegir a alguien, supongo que me hubiera gustado conocer a Balzac, porque nadie me ha conmovido tanto.
—“Me horrorizan las familias”, dice Urbain. ¿Ese es también su sentimiento?
—Sí, es verdad que me horrorizan las familias, y sin embargo adoro a mis padres y a mi hermana hasta el paroxismo. Resulta bastante paradójico, pero detesto las familias en sentido tribal.
—¿Le gustaría tener hijos?
—No, ni me lo planteo. Sé desde siempre que no tendré hijos. Pero amo a mi pequeño núcleo familiar. No quiero ni imaginarme el día en que mi madre morirá.
Sonríe con un primer gesto de impaciencia y apago el grabador. Me acompaña hasta la recepción, luego regresa levitante a la oficina. La esperan sus lectores.
—Estudió filología antigua, trabajó como intérprete en una empresa japonesa… ¿Cómo se convirtió en escritora?
—Es una buena pregunta. Intenté hacer otra cosa, cuando vivía en Japón fui muy lejos en mi intento, no hay más que leer lo que he escrito al respecto [se refiere a su novela Estupor y temblores]. Pero no funcionó y tuve que reconvertirme en lo único que realmente era, porque yo ya era escritora antes de irme al Japón. Escribía desde los 17 años pero no para convertirme en escritora sino… para no suicidarme. Luego del fracaso japonés me dije: “Bueno querida, qué vas a hacer de tu vida, te lo pasaste repitiendo que te ibas a ir a vivir al Japón a hacer tu vida. Ya ves cómo has fracasado, ¿cómo vas a ganarte el pan?, ¿qué piensas hacer? Escribes novelas desde siempre, ya has escrito diez. Por supuesto deben ser muy malas y ningún editor querrá publicarlas jamás, pero no es grave. Vienes de sufrir una gran humillación en el Japón, puedes continuar desilusionando a la gente, pero no puedes caer más bajo.” Es eso lo que me ha dado valor para escribir un undécimo manuscrito que envié a los editores.
—¿Tuvo suerte en ese primer intento?
Antes de Albin Michel [su editor desde la primera novela], lo había enviado a Gallimard, pero Philippe Sollers la rechazó.
—No era “evanescente”.
—[Risas] Sin duda

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