Taschen

Taschen, la firma con más éxito del negocio de la edición de libros de arte, relata su historia (que acaba de cumplir un cuarto de siglo) en un álbum de fotos que empieza, como las buenas colecciones, en la cuna de la criatura: una tienducha de 25 metros cuadrados con el escaparate pintado de violeta y una sábana encima, en la que se puede leer la palabra «comics». Corre el año 1980, estamos en Colonia y, dentro de la tienda, espera un adolescente flaco y con cara de malvado que posa en la siguiente instantánea.

El chico es Benedikt Taschen, 18 años, experto coleccionista de historietas y embaucador consumado, capaz de liar a familiares y amigos para que le financien su pequeño tenderete. Desde él, Taschen se inicia en el negocio de la importación y la reedición de libros... Libros que, por entonces, son sólo tebeos estadounidenses (no siempre recomendados para menores) como Sally Forth, la primera referencia de la casa Taschen.

1981: Benedikt se fotografía con la pose de un pequeño magnate sobre una butaca Wassilly. Al chico le ha salido bien la jugada de los comics y se permite editar sus propios catálogos y emplear a un par de amigos. Un año más tarde, podrá cambiar de local e instalarse en un tríplex del centro de Colonia con un cartel como Dios manda, con letras doradas en times new roman. Sentado sobre la mesa de su despacho, Benedikt mira a la cámara risueño delante del póster de un cómic -aparentemente gay-.

La sonrisa se le borra en 1983, año de sucesivos fracasos comerciales.Y reaparece en 1984, con una campanada surrealista. Una partida de 40.000 ejemplares de una edición inglesa abandonada sobre la obra de Renée Magritte cae en las manos de Benedikt, que paga por ellos al peso y los vende a sus compatriotas por un precio irrisorio. Acaba de nacer el Henry Ford del arte contemporáneo.Ya se sabe: vender mucho para vender barato para vender mucho para después...

Antes de terminar 1984, Taschen repite la jugada con Annie Leibovitz y Reinhart Wolf (ya en edición original de Taschen). A partir de entonces, el álbum de la casa se convierte en algo así como una colección de trofeos de caza: Gaudí, Schielle, Picasso, Van Gogh, Dalí... «¿Un genio como yo por 9,95 marcos?», se pregunta el pintor de Figueres en un anuncio de la editorial de finales de los 80.

Al entrar en los años 90, Taschen estrena sede (una imponente mansión de estilo afrancesado), comienza a convertirse en algo más que una editorial y se vuelve ¿un estilo de vida? Junto a la portada de nuevos éxitos, como Bauhaus, abundan las imágenes de fiestas y happenings con personajes como Cicciolina, marcas mitómanas dedicadas a Edith Piaf o Steve McQueen y máximas filosóficas: «No es cuestión del número de ejemplares que uno pueda vender, sino de hacer una colección de libros de la que sentirse orgulloso».

A mitad de la década de los 90, la firma abre tienda en Japón y se inicia en la publicación de un puñado de colecciones de lujo dedicadas a temas cada vez menos ortodoxos. Abren sus puertas sofisticadas tiendas en París y Los Angeles, regresan los comics al catálogo y aparecen colecciones dedicadas al diseño, el cine, «la cultura pop», la moda, el sexo (así, sin más) y el Lifestyle.O lo que es lo mismo: el delicado terreno de las tendencias.

Cientos de miles de compradores de sus clásicos libros monográficos en los grandes almacenes de todo el mundo no pueden sospechar que Benedikt Taschen -y su pandilla de compinches, incluida su ex mujer y aún socia, Angelica- es, por entonces, algo así como un objeto de culto.

La prueba está en todas las leyendas -a menudo, salvajes y simpáticas a la vez- que circulan sobre el bueno de Benedikt. Salvajes y simpáticas, como aquellas fotografías de cama que Helmut Newton hizo con Benedikt y Angelica Taschen hace algunos años y que, por cierto, no aparecen en el álbum de los 25 años de la editorial.

Benedikt, el coleccionista
Benedikt Taschen ya no es un adolescente delgaducho y con cara de gamberro. Ahora, Taschen mira con intensidad a la cámara, viste ropa negra ajustada y se corta el pelo al rape. Más o menos, lo que se puede esperar de un editor de arte cuarentón.

Pese a ello, Taschen sigue ejerciendo un carisma personal diferente que le permite ser una celebridad en los dos países entre los que reparte su residencia: Alemania (donde sigue siendo fiel a su ciudad natal, Colonia) y Estados Unidos (donde cuenta con casas en Florida y Los Angeles).

Su nombre (que no su apellido) es menos conocido en España, en donde alcanzó cierto renombre en el otoño de 2004. Fue entonces cuando el museo Reina Sofía de Madrid expuso, por primera vez en todo el mundo, los (muy divertidos y amplios) fondos de la colección personal de Taschen... Un privilegio que hasta entonces había permanecido restringido a los amigos e invitados del editor.

La afición de Taschen por el coleccionismo de arte, se pudo saber entonces, era una tradición familiar con la que tuvieron que cargar sus padres (médicos de profesión) durante los años de la posguerra. La carestía que sufría Alemania en aquella época hizo que muchos de sus clientes abonaran sus honorarios en especias.Especias como los cuadros y las esculturas con las que creció Benediktus en los años 60 y 70.

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