El hilo de Ariadna: las musas en la historia


"Quién se acuerda hoy en día de la escritora Lou Andreas Salomé? Para muchos el nombre Lou Andreas Salomé simplemente está asociado inmediatamente con el filósofo alemán Nietzsche. Otros, quizás, también puedan recordar su relación con el poeta Rainer Maria Rilke e imaginar el idílico viaje que ambos hicieron juntos a Rusia. Incluso puede que otros -los más aficionados a encontrar nexos entre escritores, pensadores y artistas-, acaben encontrando lazos comunes de amor y amistad, o inesperados hilos conductores como si la historia del pensamiento y el arte se encargara por si misma de poner en orden y en contacto a diversos personajes para hacerles participar en un entramado de acciones que conducen inevitablemente a la realización de una obra que más tarde será entendida por los ojos de espectadores de generaciones futuras. Sería este un caso ilustrativo para conectar en el transcurso del tiempo a Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud, dado que Lou Andreas Salomé tuvo amistad tanto con uno como con el otro. Nos parece también que en otros casos como el de Clara Schumann, Cosima Wagner, Alma Mahler, Frida Khalo, Elena Dimitrievna Diakonova (Gala) y otras muchas mujeres nos conducen de inmediato -como aquella conocida y intrigante Ariadna del heróico Teseo y el laberinto-, a las vidas de otros célebres músicos, pintores, artistas, escritores y filósofos. Pensemos por ejemplo en Clara, Robert Schumann y Johannes Brahms; George Sand y Chopin; Cosima, Hans von Bulow y Richard Wagner; Alma, Gustav Mahler, Werfel y Gropius; Frida Khalo, Diego Rivera y Troski; Gala, Paul Eluard y Salvador Dalí; Simone de Beavouir y Jean Paul Sarte. También resulta interesante que el comienzo del pasado siglo XX se encargó definitivamente de destruir el mito de la mujer “musa” del siglo XIX para plantearnos la delineada y oscura figura del arquetipo de la mujer “fatal”, aunque, bien es cierto, que del personaje de Lilith -representada tantas veces mitológicamente en la pintura-, a la Lulu de Alban Berg en la música, o el ángel azul de Heinrich Mann en el cine hay todo un larguísimo trayecto por explorar. Desgraciadamente, lo primero en lo que se piensa no es en ellas o en sus obras sino en tal relación amorosa con tal o cual celebridad, es decir: o se las considera amantes “incomprendidas” o se las destaca por una determinada capacidad especifica -un gran talento por desarrollar- que quedó destruido por la figura del genio con quien tuvo la oportunidad de compartir su vida. De este modo se intenta comprender toda su verdadera relación intelectual únicamente desde un punto de vista secundario como si toda su potencialidad artística o creadora hubiera quedado de algún modo anulado en la historia misma. Podemos creer que, al final, Teseo sale gloriosamente del laberinto habiendo matado al terrible minotauro aunque desplazando para siempre de la mitología el hilo conductor de su hazaña: la propia Ariadna. Del mismo modo acaba sucediendo con la bellísima Helena en relación a Troya, se olvida su belleza -supuestamente en este caso, motor de la épica-, quedando así olvidada en el mar de los tiempos."

El hilo de Aridana

En el Reino de Creta regentaba el poderoso rey Minos. Dicho rey mandó construir a un excelso arquitecto, Dédalo, el mayor y más intrincado laberinto del mundo, del cual era casi imposible encontrar la salida.

En su interior, vivía el Minotauro, monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre, fruto ilegítimo de los amores de Pasifae, mujer de Minos, con un toro de Poseidón, dios de los mares.
Cada luna nueva y con objeto de mantener oculto y tranquilo a la bestia, se sacrificaba a un hombre para mantener a raya el apetito voraz del monstruo.

Años después, el hijo del Rey Minos fallecía asesinado en Atenas, lo que provocaba una terrible guerra entre Atenienses y el Reino de Creta. Seguros de no poder obtener la victoria final, Atenas clamó por la paz y sólo obtuvo un severo acuerdo del rey Minos: "Os ofrezco la paz, pero con una condición: cada año, Atenas enviará siete muchachos y siete doncellas a Creta para que paguen con su vida la muerte de mi hijo". Con ello calmaría la sed de sangre del monstruo y vengaría la terrible afrenta sufrida.

Los atenienses aceptaron pero con la única condición de que si uno de aquellos jóvenes consiguiese matar al Minotauro y salir con vida del laberinto, no solo salvaría su vida y la de sus compañeros, sino la de la mismísima Atenas, que quedaría exenta de dicha condena.

Dos veces pagó Atenas el asesinato del hijo real. Pero a la tercera, bajo el amparo de la diosa Afrodita que le llevó en su regazo, Teseo, hijo único del rey ateniense se ofreció voluntariamente para salvar a su ciudad.

Padre e hijo, convinieron de que si, Teseo lograba retornar a casa vivo, enarbolaría unas velas blancas en su navío, en contrapartida de las velas negras, signos de luto, de los viajes de ida a Creta.

Bajo las maniobras de la diosa Afrodita, cuando el barco de velas negras atracaba con Teseo y el resto de jóvenes atenienses, en el puerto de Creta, una bella muchacha de cabellos rojizos, observaba embelesada desde uno de los balcones de palacio, como el amor hacía mella en su corazón de forma vertiginosa e inevitable.

Esa mujer se llamaba Ariadna y era una de las dos hijas del Rey Minos.

Encerrados en la prisión de Creta, la noche anterior al sacrificio, burlando a los carceleros reales, Ariadna fue al encuentro de Teseo. Ambos se miraron enamorados y supieron, al momento, que sus corazones latían en mismo deseo.

Enamorada, Ariadna le enseñó a Teseo, cómo evitar el martirio y lograr lo imposible: "Toma este ovillo de hilo y cuando entres en el Laberinto ata el extremo del hilo a la entrada y ve deshaciendo el ovillo poco a poco. Así tendrás una guía que te permitirá encontrar la salida". Igualmente, a escondidas de su padre, le entregó una espada mágica con la que podría matar al Minotauro.

Y así fue como el joven Teseo pudo evitar a la muerte, matar al terrible Minotauro y encontrar la salida del intrincando laberinto cretense, liberando a Atenas de aquella condena terrible.
En secreto, Teseo embarcó con Ariadna y Fedra, la hermana de ésta, y procedieron a regresar a casa.

Una terrible tormenta les acució a mitad de camino y les obligó refugiarse en la isla de Naxos. Amainada la tormenta, a la hora de partir, Ariadna no aparecía. La buscaron y la buscaron, pero nunca apareció.

Con el alma rota, Teseo zarpó con Fedra, encaminándose a casa con el ánimo desconcertado.
Por otra parte, el rey Egeo caminaba taciturno de un lado a otro, observando desde la atalaya de su palacio, el horizonte azul, en busca del barco de su hijo y las velas blancas que significaban su éxito en aquella terrible aventura.

La tragedia sería más amarga aún, cuando Teseo, apesadumbrado por la pena de la desaparición de Ariadna, olvidó cambiar las velas negras por las blancas de la victoria.
Cuando su padre vio el barco de su hijo con el luto en su mástil, iracundo se lanzó al vacío y se arrojó para morir en el mar que hoy en día lleva su nombre.

Cuenta la historia, por otro lado, que cuando Teseo y los demás no hacía ni media legua que habían zarpado de Naxos, la bella Ariadna despertaba de su letargo en un espeso bosque y desconcertada, observaba estupefacta, como los Dioses le habían dispuesto un sino muy diferente.

Fuentes:
Pablo Pintado-Casas 2005
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/lasalome.html
http://www.blog.fmsite.net/Viggo/2007/12/31/El-Mito:-El-Hilo-de-Ariadna_209
Más información sobre Lou Andreas-Salomé en El intenso pensamiento de Lou Andreas-Salomé

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