Balenciaga


El pasado lunes se inauguró en el Museo de Bellas Artes de Bilbao la exposición “Balenciaga. El diseño del límite”, un extraordinario recorrido a través de la obra del modisto vasco que dominó con sus líneas geométricas tres décadas de alta costura.

Hubo treinta años en los que la alta costura aprendió a hablar español y estos treinta años coinciden con la estancia de Cristóbal Balenciaga en París. Sus líneas rectas, su rechazo hacia las costuras, su búsqueda obsesiva de la elegancia, su carácter hermético que lo mantuvo lejos de los eventos sociales y de la prensa de moda y le ganó la simpatía de la crítica internacional especializada y de las mujeres de la alta sociedad europea y norteamericana, pero sobre todo su trabajo serio y constante convirtieron poco a poco a este modisto procedente de una pequeña localidad guipuzcoana, hijo de una costurera, en lo que hoy llamaríamos un “guru” de la moda del tiempo.

El Museo de Bellas Artes de Bilbao dedica ahora a este diseñador español que tanta influencia tuvo sobre la alta costura internacional la exposición Balenciaga. El diseño del límite que reúne 35 piezas originales procedentes de la colección del Gobierno Vasco, la Fundación Cristóbal Balenciaga y dos colecciones particulares del País Vasco y Madrid, que el montaje realizado por Toño Foraster y Victoria Garriga, del estudio AV62 Arquitectos de Barcelona, valoriza hasta el límite a través de aros de neón, cilindros y crisálidas de metacrilato, plataformas giratorias, luces y construcciones aéreas.

La muestra, que se podrá visitar hasta el próximo 26 de septiembre, declina en casi cuarenta maneras diferentes la compleja ecuación “vestido-mujer=espacio=elegancia” con la que Balenciaga intentó reproducir en la tierra el ideal de mujer distante y chic que siempre tuvo en mente. Una ecuación difícil de solucionar, sobre todo cuando los vestidos ceñidos y las faldas exageradas típicas del New Look de Christian Dior conquistaban la otra mitad del público de la alta costura en esos años.

La exposición se articula en siete espacios habitualmente no expositivos del museo como la Hall Chillida – donde se desvelan tres elementos importantes de la costura de Balenciaga: la indumentaria histórica y popular española, la silueta tubular y la construcción mediante el mínimo de costuras; la Galería Arriaga – donde tienen cabida los modelos que juegan con el cuerpo femenino y el volumen del vestido interponiendo un espacio entre los dos a través de tejidos rígidos, líneas geométricas y texturas marcadas; la Hall Mogrobejo – en la que se exponen los célebres vestidos túnica y vestidos saco que liberan la cintura y confieren un aire de confort y de elegancia a la prenda y la Hall Sala 33 – donde un traje de novia perteneciente a una de las últimas colecciones de Balenciaga domina el espacio con su corte impecable y su volumen arquitectónico que envuelve el cuerpo de la mujer sin interrupciones.

Mujer, vestido, espacio, geometría, rigor, homogeneidad. Cristóbal Balenciaga jugó durante toda su larga carrera con estos conceptos hilo y aguja en la mano, prescindiendo del diseño como un buen sastre y advirtiendo siempre una exigencia de elegancia que es la razón por la que sus modelos se colocan en un plan superior a el de la moda y lejos de las turbulencias que lo caracterizan: el estilo. Algo que, parafraseando Coco Chanel no está destinado a pasar de moda. Fuente: La Información

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