Marguerite Duras

Marguerite Duras: A orillas del Sena, a orillas del Mekong
Susana G. Artal

El domingo 3 de marzo falleció en París Marguerite Duras, "mujer de letras" —como le agradaba definirse— que había nacido, ochenta y un años atrás, en Gia-Dinh, cerca de Saigón, en lo que era entonces una colonia francesa. Si mi propósito fuera sumar una reseña biográfica más a todas las que han aparecido en los últimos días en los medios de prensa, debería afirmar que Duras abandonó definitivamente Indochina en 1932, cuando se transladó a París para concluir sus estudios secundarios.

La nota podría continuar consignando los hitos de su prolífica carrera literaria: que su novela Un dique contra el Pacífico (1950) estuvo a punto de ganar el ambicionado premio Goncourt. Que alcanzó el reconocimiento público con dos obras vinculadas con el cine: Moderato cantabile (1958), y sobre todo el guión y los diálogos de Hiroshima, mon amour, film de Alain Resnais (1959). Que su consagración mundial se produjo con El amante (1984), novela que no sólo obtuvo el premio Goncourt, sino que logró vender más de un millón y medio de ejemplares, ser adaptada al cine y traducida a 20 idiomas.

No sería demasiado difícil detenerme en otras cuestiones más o menos polémicas de la vida de Marguerite Duras. Comprometida con los grandes hechos y debates políticos o sociales de su tiempo, la escritora no retaceó declaraciones acerca de su participación en la Resistencia, su vínculo con el Partido Comunista o su intervención en los debates promovidos por los episodios de Argelia, por el Mayo del 68, por el feminismo, etc. Tampoco evitó hacer públicos aspectos conflictivos de su vida privada, al exponer el testimonio desgarrador de sus crisis, su angustia o su terrible experiencia con el alcoholismo.

Los datos que he consignado hasta aquí son correctos, verificables y es fácil completarlos sumando fechas y títulos. Se atienen a una realidad objetiva, biográfica, histórica. Pero recientemente, Marguerite Duras declaró: "Ya que soy una escritora, no tengo historia, o mejor dicho, sólo tengo historias en la escritura". Y ateniéndome a esas palabras, es imprescindible corregir el inicio de esta nota y afirmar que Duras, que vivió en Francia desde 1932 sin abandonar jamás Indochina, falleció el domingo 3 de marzo en París, a orillas del río Mekong.

Porque Indochina, en las "historias en la escritura" de Duras es mucho más que el escenario donde transcurre la acción de muchas de sus novelas. Más que un espacio, es una presencia. Un territorio mental, una región clave de la memoria que no puede encerrarse entre las líneas que definen contornos en los mapas. Burlándose de la geografía, puede reaparecer en Hiroshima, en Nevers, en la ciudad francesa donde transcurre la acción de Moderato Cantabile...

En este punto, conviene recordar ciertos hechos. Cuando Marguerite Duras tenía cuatro años y vivía en Camboya, su padre enfermó, fue transladado a Francia y murió. Viuda con tres hijos, trabajando como docente en escuelas para los nativos, su madre ocupaba un rango muy modesto en la jerarquía de la sociedad colonial. Duras misma señaló, en un diálogo con Michel Porte, las consecuencias de esto:

Como éramos muy, muy pobres y ella tenía uno de los empleos de menor jerarquía allá (...), ella estaba más cerca de los vietnamitas, de los annamitas que de los otros blancos. Hasta los catorce, quince años, sólo tuve amigos vietnamitas.

Crecer en el punto de contacto de dos mundos, de dos culturas, de dos lenguas. Cerca y lejos al mismo tiempo de la sociedad de los blancos a la que pertenece por origen. Cerca y lejos al mismo tiempo de la sociedad nativa a la que las condiciones materiales la aproximan. Demasiado "nativa" para la sociedad de los blancos, demasiado "blanca" para la sociedad nativa. Entre dos mundos que la aceptan pero la incluyen parcialmente, sin extenderle la carta que la acredite como "miembro pleno" de uno u otro grupo de pertenencia. Las "historias en la escritura" de Duras vuelven una y otra vez sobre las interrogaciones que esa situación determinante abrió en su vida.

En Hiroshima, terrible cicatriz del contacto brutal entre dos mundos, una mujer francesa evoca ante su amante japonés, su amor por un soldado alemán durante la guerra. Frente a ese otro, más otro por extranjero, puede relatar —según Duras—: "esa ocasión que, al mismo tiempo que la perdía, la definió". Y la autora tendrá gran cuidado en precisar cuál ha sido ese punto crucial en la vida del personaje:

No es el hecho de haber sido rapada y deshonrada lo que marca su vida, sino ese fracaso en cuestión: no murió de amor el 2 de agosto de 1944, en aquel muelle del Loire.

Lo determinante no es pues el castigo que un grupo social impone a quien ha transgredido sus reglas al unirse al otro, al extranjero, al que debe ser un enemigo, sino el haber sobrevivido a la pérdida de ese amor. A la ruptura de un lazo absoluto, poderoso al punto de lograr el milagro de convertir —como el amor físico y más allá de él— la diferencia en punto de unión.

El único exorcismo ante semejante desgarro es la palabra de la evocación, la que sólo puede emerger ante el contacto con un otro que reinstaura el deseo de unirse en los términos de la alteridad extrema. Una palabra que asoma en un lenguaje a menudo desconcertante, fracturado como el relato que construye. Un idioma que parece arrancarse directamente del recuerdo donde ese momento de desgarro quedó inscripto.

Y quizás, una de las grandes preguntas a las que Marguerite Duras trató de responderse a través de tantas historias, sea justamente si ese ejercicio de la memoria es o no un exorcismo suficientemente poderoso para conjurar esos momentos cruciales que irrumpen dislocando la continuidad de una vida.

En Moderato cantabile, un hombre y una mujer que no ya por su nacionalidad sino por su condición social pertenencen a dos mundos, quedan unidos por la necesidad de reconstruir una y otra vez con sus palabras un crimen pasional del que fueron testigos. Lo que los atrapa no es la escena del asesinato en sí sino lo inmediatamente posterior: los gestos apasionados del asesino hacia el cuerpo de su víctima. Esa visión, donde el deseo físico y la muerte se funden, instaura en la vida de los personajes un punto de ruptura que los enfrenta con aspectos que ignoraban de sí. El desenlace de la novela es lo suficientemente ambiguo como para que no terminemos de respondernos si el diálogo que tejen Anne y Chauvin ha permitido o no superar esa fractura.

Podríamos fácilmente seguir la pista de ese personaje atrapado por una situación que lo ha marcado, que lo obliga a vivir —en palabras de Duras— "en prórroga" quizás por un período extenso pero que, ineluctablemente, lo alcanzará. Como la francesa de Hiroshima, mon amour, Lol V. Stein (El rapto de Lol V. Stein, 1964) pierde la razón después de algo que ocurrió durante un baile. Al igual que la mujer de Hiroshima, ha recobrado aparentemente la normalidad, ha formado una familia. Pero la escena del baile la estará esperando inevitablemente cuando, diez años más tarde, regrese a la ciudad donde ese hecho ocurrió. Los incidentes que llevan a Jean-Marc de H. (El vicecónsul, 1965) a vivir en Calcuta una especie de ostracismo social ocurrieron en Lahore. Pero se insinúan como el reencuentro ineludible con algo sucedido durante su pasado en Francia, algo capaz de seguirlo condenando a la exclusión, a sucumbir ante la imposibilidad de comunicarse, a un silencio pausado por la repetición de una melodía, significativamente llamada Indiana's Song.

Quizás, siguiendo la pista de estos personajes signados por la necesidad de enfrentar en la memoria el momento que los definió, encontremos algunas claves de la mujer que narró así sus "historias en la escritura". Quizás reencontremos a Marguerite Duras tallando apasionada, despiadamente muchas veces, las palabras con que evocar, una y otra vez, a orillas del Sena, una misma imagen: el cruce del río Mekong durante el cual la adolescente francesa nacida en Gia Dinh conoce al hombre de Cholen, al amante de la China del Norte.

Letralia

0 comentarios: