J. Morgan Puett: cuando la moda es arte






J. Morgan Puett

Sarah Bernhardt

Sarah Bernhardt fue una actriz de teatro y cine francesa, nacida el 23 de octubre de 1844 en París y fallecida el 26 de marzo de 1923 en la misma ciudad.


Biografía 

Sarah Bernhardt nació el 23 de octubre de 1844 en el nº 5 de la calle École de Medecine, París. Su nombre real era Rosine Bernardt. Su madre era una mujer de religión judía, de origen holandés y llamada Julie Bernardt, alias Youle. Se ganaba la vida como prostituta de lujo junto con su hermana, Rosine Bernardt. Julie tuvo varias hijas más: en abril de 1843 tuvo dos niñas gemelas que fallecieron a las dos semanas. Tras Sarah, tuvo a Jeanne (fecha de nacimiento desconocida) y a Régine en 1855, que falleció de tuberculosis en 1873. Todas fueron hijas de padres distintos y desconocidos. Sarah Bernhardt nunca supo quién era su padre biológico, aunque se cree que era el Duque de Morny, medio-hermano de Napoleón III.


Sarah pasó los primeros 4 años de su vida en Bretaña al cuidado de una ama de cría. La primera lengua que Sarah conoció fue el bretón y es por esta razón que al iniciar su carrera teatral, adoptó la forma bretona de su apellido: Bernhardt. En esta época sufrió un accidente que muchos años después le acarrearía graves problemas de salud. Cayó por una ventana rompiéndose la rodilla derecha. Aunque sanó sin problemas, la rodilla le quedó delicada para siempre y en 1914 a causa de una dolorosísima inflamación de esa misma rodilla tuvieron que amputarle la pierna derecha. Tras el accidente, su madre la llevó consigo a París donde permaneció dos años. A punto de cumplir 7 años ingresó en la Institución Fressard un internado para señoritas próximo a Auteuil. Permaneció allí dos años. En 1853 ingresó en el colegio conventual Grandchamp, cercano a Versalles. En este colegio participó en su primera obra teatral, "Tobías recupera la vista", escrita por una de las monjas. También aquí fue bautizada e hizo la primera comunión. El ambiente místico del colegio le hizo plantearse el hacerse monja.


Tras abandonar Grandchamp a los 15 años, su madre trató de introducirla en el mundo galante para que se ganara la vida como prostituta de lujo. Pero Sarah, influenciada por su educación conventual, se negó repetidamente a ello. Julie Bernard tenía un salón en su piso parisiense donde se reunían sus clientes. Entre ellos estaba el hermanastro de Napoleón III, el duque de Morny. Morny aconsejó que Sarah se inscribiera en el Conservatoire de Musique et declamation. Gracias a los contactos del duque, Sarah entró sin dificultad en 1859. En 1861 ganó un 2º premio en tragedia y una mención honorífica en comedia. Finalizados sus estudios en el Conservatorio, entró, de nuevo gracias a los influyentes contactos de Morny, en la Comédie-Française. Debutó el 11 de agosto de 1862 con la obra "Iphigénie" de Jean Racine. Su fuerte carácter le atrajo problemas con sus compañeros lo que provocó que abandonara la Comédie por primera vez en 1863. Tres semanas más tarde fue contratada por el Teatro Gymnase donde hizo 7 pequeños papeles en distintas obras. Actuó por útima vez el 7 de abril de 1864 con la obra "Un mari qui lance sa femme". Ese mismo año conoció a uno de los grandes amores de su vida, Charles-Joseph Lamoral, príncipe de Ligne. Inició una apasionada relación con él, hasta que quedó embarazada y el príncipe la abandonó. El 22 de diciembre de 1864 dio a luz a su único hijo, Maurice Bernhardt. Sin un oficio y habiendo fracasado momentáneamente en el mundo del teatro, siguió los pasos de su madre convirtiéndose en una cortesana de lujo. Sarah no abandonó su actividad como cortesana hasta que su carrera teatral se hubo afianzado con éxito y pudo mantenerse sólo con el trabajo que le reportaba el teatro.


Tres años más tarde, en 1867 debutó en el Teatro del Odéon con "Las mujeres sabias" ("Les femmes savantes") de Molière. Ahí empezó su verdadera carrera profesional. Participó en muchos montajes teatrales, alternando la vida teatral con la vida galante. La fama le llegó repentinamente en 1869 con "Le Passant" de François Coppée, una obra en verso de un solo acto. Sarah, además, hizo por primera vez en esta obra un papel masculino, el del trovador Zanetto. Repetiría más veces haciendo de hombre en varias obras más: Lorenzaccio, Hamlet y L´Aiglon.
En 1870, durante la Guerra Franco-Prusiana, habilitó el Odeón como hospital para convalecientes, donde cuidó con dedicación a los heridos de guerra. En 1871 el improvisado hospital tuvo que ser cerrado por problemas de salubridad.
Tras la derrota francesa y la caída de Napoleón III, muchos intelectuales exiliados por estar en contra del emperador pudieron regresar a Francia, entre ellos Victor Hugo. El regreso de Hugo fue trascendental en la vida de Bernhardt ya que el escritor la eligió para protagonizar el reestreno de su obra Ruy Blas. Bernhardt además protagonizó otra obra de Hugo: "Hernani". "Ruy Blas" la encumbró a cotas de éxito inimaginables. Regresó a la Comédie-Française como una gran estrella y allí afianzó su repertorio y sus múltiples registros como actriz.


El estilo de actuación de Bernhardt se basaba en la naturalidad. Detestaba profundamente las viejas normas del teatro francés donde los actores declamaban histriónicamente y hacían gestos sobreactuados. Rompió con todo lo establecido profundizando en la psicología de los personajes. Estudiaba cada gesto y cada entonación del texto que debía decir buscando la perfección natural sin que se notara ningún tipo de artificio. Destaca en su arte que representando siempre a grandes heroínas de tragedia o reinas, siempre huyó de la sobreactuación y de la afectación. Son famosas sus escenas de muerte, en las que en vez de según sus propias palabras, "ofrecer toda una retahíla de patologías" tales como estertores, toses, gemidos agónicos, profundizaba en el acto de morir desde el punto de vista psicológico y sentimental.
A parte de su profesión de actriz, se interesó por la escultura y la pintura, llegando a exponer en el Salón de París varias veces, entre los años 1874 y 1896. Recibió distintos premios y menciones honoríficas en ambas disciplinas. Escribió también tres libros: su autobiografía titulada "Ma double vie", "Petite Idole" y "L´art du Théâtre: la voix, la geste, la pronontiation".
Bernhardt se especializó en representar las obras en verso de Jean Racine, tales como "Iphigénie", "Phédre" o "Andromaque". Destacó especialmente, entre muchas otras, en "La Dame aux Camélies", de Dumas hijo, "Théodora", de Sardou, "L´Aiglon", de Edmond Rostand, "Izéïl", de Silvestre y Morand, "Macbeth", de Shakespeare, "Jeanne D´Arc" de Jules Barbier...
En 1879 realizó su primera salida de Francia, concretamente a Inglaterra donde estuvo 6 semanas haciendo dos representaciones diarias y obtuvo un éxito rotundo. Al llegar al país fue recibida espectacularmente, lo que indica que su fama había cruzado las fronteras de Francia. Esta primera visita conoció a un joven escritor llamado Oscar Wilde. Años más tarde, en 1893, Bernhardt aceptaría representar su obra "Salomé". También, ese mismo año, Sarah fue ascendida a "Socio Pleno" de la Comédie-Française. Los "Socios Plenos" son la jerarquía más alta de esta institución.
Tras su espectacular éxito en Inglaterra decidió hacer su primera gira americana. Partió a los Estados Unidos el 15 de octubre de 1880. El éxito fue total. Bernhardt haría repetidas giras por los Estados Unidos (sus famosas "Giras de despedida") y también recorrió toda América del Sur, llegando a actuar en Brasil, Perú, Argentina, Chile... Viajaba en tren y en barco y llegó a cruzar el Cabo de Hornos. En Estados Unidos su éxito era tal que le habilitaron un tren con siete vagones de lujo llamado "Sarah Bernhardt Special" y era de uso exclusivo de la actriz. Sus giras llegaron también a Australia y visitó las islas Hawái y las Islas Sandwich. Actuó en Egipto y en Turquía. También recorrió Europa, actuando en Moscú, Berlín, Bucarest, Roma, Atenas. En su periplo, actuó no sólo en grandes teatros si no también en teatros de ínfima categoría.


Bernhardt tuvo una agitada vida sentimental, en la que destacan nombres como Gustave Doré, Victor Hugo, Jean Mounet-Sully, Jean Richepin, Philippe Garnier, Gabriele D´Annunzio, Eduardo, Príncipe de Gales, entre otros. Se casó una sola vez, con un oficial griego llamado Jacques Aristidis Damala. Damala era hijo de un rico armador y era adicto a la morfina. Nació en El Pireo en 1842. Bernhardt se casó con él el 4 de abril de 1882 y fue un matrimonio tempestuoso. Sarah intentó convertir en actor a Damala, pero fracasó. La actriz le impartió clases de actuación y le dio el papel de Armand Duval en "La Dame aux Camélias". Se eran infieles mutuamente y un día Damala, abrumado por el éxito de su mujer, por las constantes burlas de los actores de la compañía de Bernhardt y la mala relación con Maurice Bernhardt, se alistó en la Legión siendo destinado a Argelia. Meses más tarde regresó con Sarah. Las separaciones y reconciliaciones fueron continuas hasta que Sarah decidió irse de gira por todo el continente americano en 1887 y Damala ya no la acompañó. Era la separación definitiva. Permanecieron casados hasta la muerte de Damala por los efectos secundarios de abuso continuado de morfina en 1889, a la edad de 42 años. Bernhardt le enterró en Atenas y adornó la tumba con un busto tallado por ella misma.
Sarah Bernhardt fue también la primera actriz-empresaria del mundo del espectáculo. A raíz de una relación muy tensa con el director de la Comédie-Française, Perrin. Bernhardt rompió su contrato y dimitió como "Socio Pleno" el 18 de marzo de 1880. La Comédie pleiteó contra ella ganando el juicio. Sarah Bernhardt tuvo que renunciar a su pensión de 43.000 francos que hubiera tenido de pensión si hubiese permanecido un mínimo de 20 años en la Comédie y además se la condenó a pagar 100.000 francos de multa. La actriz nunca llegó a pagar la multa. Tras su esplendorosa primera gira americana, que le había hecho ganar una gran fortuna, Bernhardt arrendó el teatro Porte-Saint-Martin en 1883. En este teatro produjo y actuó en obras como "Frou-Frou" y "La Dame aux Camélias", entre otras. Durante sus giras, el teatro permanecía abierto y se estrenaban obras continuamente con distinto éxito comercial. Bernhardt no dudaba en apoyar el teatro de vanguardia, así que además de repertorio clásico, en el Porte-Saint-Martin se estrenaban obras de nuevos autores que rompían con el teatro tradicional. Tras unos años, Bernhardt arrendó del Théatre de la Renaissance, donde representó muchas obras de éxito. En 1899 arrendó por 25 años el enorme Theâtre des Nations, único teatro donde acturaría en Francia durante los últimos 24 años de su vida.


Su vida familiar no fue sencilla. Tuvo una relación tensa y distante con su madre, Julie. Su progenitora nunca fue una madre cariñosa e interesada y ese hecho hizo que Sarah siempre buscase su aprobación y su cariño. Julie Bernard sentía predilección tan sólo por su hija Jeanne y descuidó totalmente la educación de su hija menor, Régine. Sarah Bernhardt sentía predilección por su hermana pequeña Régine y cuando logró ser independiente se la llevó a vivir consigo para alejarla de la madre y de las intenciones de ésta de convertirla también en cortesana. Lamentablemente a causa del abandono afectivo que sufrió y del ambiente del piso de su madre, Régine se convirtió en prostituta a los 13 años. Falleció a los 18, en 1873, a causa de la tuberculosis. Su otra hermana, Jeanne, también fue cortesana durante una época y siempre que tenía necesidad de dinero. Para apartarla de la mala vida, Bernhardt se la llevó consigo con su compañía y la acompañó en varias de sus giras americanas y europeas. Era una actriz mediocre, pero hacía pequeños papeles y vivía una vida de lujo junto a su hermana. Se sabe que sufrió crisis de neurosis a causa de su adicción a la morfina y que estuvo ingresada en el hospital de La Pitié-Salpetrière en París bajo cuidados del doctor Jean-Martin Charcot. En cambio, el hijo de Sarah, Maurice, siempre estuvo muy unido a su madre. Vivió siempre a su sombra, malgastando auténticas fortunas en el juego, en viajes y en una vida regalada.
El siglo XX empezó con un gran éxito, "L'Aiglon", de Edmond Rostand. La obra fue estrenada el 15 de marzo de 1900 y obtuvo un éxito triunfal sin precedentes. Sarah hizo 250 representaciones de "L'Aiglon" y tras esto, hizo otra gira a Estados Unidos para representarla. En Nueva York representó la obra en el Metropolitan Opera House y cosechó un enorme éxito. Probó suerte también con el recién nacido cine. En 1900 filmó "Le Duel d'Hamlet", haciendo ella de Hamlet. En 1906 rodó "La Dame aux Camélias", con Lou Tellegen, su amante de aquel momento, haciendo de Armand Duval. Bernhardt cuando la vio se horrorizó y mandó destruir el negativo, que afortunadamente todavía existe. Rodó también "Elisabeth, reine d'Anglaterre", dirigida por Louis Mercanton. En 1913 filmó "Jeanne Doré", dirigida por Tristan Bernard. Esta película se considera la mejor rodada por Bernhardt y donde se puede observar mejor su arte interpretativo. La película se conserva en la Cinématèque de Paris.
En 1914 le fue concedida la Legión de Honor. En 1915 la rodilla de su pierna derecha, la misma que se había fracturado de niña, había llegado a provocarle dolores insoportables. Para peor, durante una de sus interpretaciones de la obra dramática "Tosca", la misma que Puccini hizo triunfar en el género operístico, en la última escena, cuando la heroína se lanza desde un barranco, no se tomaron las medidas de seguridad pertinentes; Sarah se lanzó, y se hirió la pierna. Aunque hacía ya varios años que padecía molestias constantes, durante el año 1914 fue empeorando hasta que no hubo otro remedio que amputar en febrero de 1915. Una vez recuperada de la amputación y ya empezada la Primera Guerra Mundial, la actriz decidió hacer una gira tras las trincheras francesas haciendo actuaciones para animar a las tropas. Organizó varias giras con su compañía y recorrió toda Francia. Aun con la pierna amputada, Sarah Bernhardt siguió actuando. Recitaba monólogos, poemas o representaba actos famosos de su repertorio de obras en las que no debía estar de pie. Siguió también participando en películas tras la guerra. Su salud fue empeorando hasta sufrir un gravísimo ataque de uremia que estuvo a punto de matarla. En 1922, vendió su mansión en el campo de Belle-Ile-en-Mer, donde había rodado años atrás una película-documental sobre su vida. Cuando le llegó la muerte estaba rodando una película, "La Voyante". El rodaje se estaba realizando en su casa, en el Boulevard Péreire, puesto que la actriz estaba ya muy delicada de salud. El 15 de marzo de 1923, tras rodar una escena, quedó totalmente agotada hasta que se desmayó. Nunca se recuperó. Once días más tarde, el 23 de marzo, fallecía en brazos de su hijo Maurice.
Su entierro fue multitudinario: unos 150.000 franceses acudieron a despedirla. Fue inhumada en el cementerio parisino de Père-Lachaise.
A pesar de ser llamada "La divina Sarah" por su carácter excéntrico y caprichoso, Sarah Bernhardt trabajó en innumerables proyectos teatrales demostrando un carácter perseverante, una gran profesionalidad y dedicación a su arte.

Curiosidades 

Su cabello era de color rubio oscuro y sus ojos eran azul cobalto.
Protegió y encumbró al pintor y cartelista Alphonse Mucha, cuyos trabajos fueron punto de referencia del Art Nouveau francés. Mucha, de origen checo no sólo le hizo los carteles anunciando las obras de teatro de Bernhardt sino que también le diseñó vestuario, joyas y la decoración del Théâtre de la Renaissance. También fue solicitado por muchas empresas y comerciantes para que les diseñara los anuncios de sus productos en revistas y periódicos. El estilo y los diseños de Mucha en publicidad fueron imitados hasta la saciedad por muchos dibujantes y empresarios de la época.
Fue una acérrima defensora de Alfred Dreyfus en el lamentable Affaire Dreyfus, apoyando también abiertamente a Émile Zola en su célebre artículo-denuncia J'accuse donde se denunciaba que el oficial judío Dreyfus era la cabeza de turco de un complot en el seno del ejército y víctima de un exacerbado antisemitismo.


Siempre tuvo muy mala suerte en los juegos de azar. Tanta, que algunos jugadores supersticiosos no la querían tener cerca en la mesa de juego cuando Bernhardt jugaba en los Casinos de Montecarlo o Niza.
Es cierto que Sarah Bernhardt poseía un ataúd y que solía dormir dentro de él. Existe la leyenda de que se lo compró un amante aficionado a lo macabro, pero la realidad es que lo compró ella misma, ya que sentía una fascinación especial por los temas fúnebres. Llegó incluso a dejarse fotografiar metida en un ataúd y haciéndose la muerta. Las fotografías se comercializaron y tuvieron un gran éxito. Hoy en día todavía se pueden encontrar en mercados de antiguo o en colecciones privadas.
Toda su vida sufrió miedo escénico. Cuando tenía un estreno importante o se sentía bajo presión le daban ataques de pánico escénico. Afortunadamente para ella, el tipo de miedo que sufría la hacía actuar con nerviosismo y poniendo una voz aguda. Cuando llevaba un rato en escena, el pánico cedía.
Una vez teniendo que representar Hamlet en Edimburgo, la compañía de Bernhardt se encontró que el vestuario no había llegado a tiempo y tuvieron que representar la inmortal obra de Shakespeare vestidos con faldas escocesas.
Le gustaban los animales y llegó a tener, en distintas épocas de su vida, un león, un tigre, loros, un mono llamado Darwin, un cocodrilo y varios perros.
De joven, durante una época en que necesitaba dinero, posó desnuda para el fotógrafo Nadar. Posó muchas veces, tanto en fotografías eróticas como artísticas, para este fotógrafo al que la unió una gran amistad. Más tarde, ya famosa, protegió y posó para el hijo del fotógrafo que había seguido los mismos pasos profesionales que el padre.

Fue la primera actriz en representar (en diferentes ocasiones) tanto el papel de Hamlet como el de Ofelia.

La tiara papal

La tiara (del latín, tiara, griego antiguo, τιάρα, persa antiguo, tiyārā o persa, تاره tara) es una mitra alta con tres coronas de origen bizantino y persa que representa el símbolo del papado. Consiste en un birrete cónico o semiovoideo rodeado de tres coronas y del cual penden dos cintas similares a las ínfulas de la mitra. Desde la segunda mitad del siglo XX y durante el siglo XXI, ha decaído la fórmula de coronación con la tiara y la misma sólo aparece de forma simbólica, en representaciones heráldicas, etc. En la antigüedad, los arqueólogos consideran una tiara al gorro o corona alta, en forma conoide o de tronco de cono, usualmente en tela o cuero, que simbolizaba la realeza y portaban los dioses o los reyes divinizados en el Antiguo Oriente Próximo por los egipcios, sumerios, acadios, asirios, hititas, persas, etc. Los faraones egipcios utilizaban la tiara blanca para simbolizar su poder sobre el Bajo Egipto. Los acadios la complementaban con cuernos, símbolo de divinidad.



Historia en el papado

Su nombre, como la conocemos hoy, no aparece como tal hasta el siglo XII y su disposición actual data del siglo X (en las medallas de Sergio III está esculpida por primera vez), aunque ya antes se conocía un ornamento con el que el Papa cubría su cabeza, llamado camelaucum, del que se habla ya en el siglo VIII; era una especie de yelmo blanco de lino con una corona, y no tenía carácter litúrgico. Hacia finales del siglo XIII la corona inscrita en la tiara (que consistía en un simple cerco) se presenta dentada o radiante para ser luego floroneada. Poco después, bajo el pontificado de Bonifacio VIII se le añade una segunda corona y hacia 1310 comienza a introducirse la tercera, la cual se halla permanentemente desde Benedicto XII hasta nuestros días, quedando así constituida la tiara con tres coronas. Las tiaras papales fueron usadas por todos los papas desde Clemente V hasta Pablo VI, quien fue coronado en 1963. Pablo VI abandonó el uso de la corona a partir del Concilio Vaticano II, dejándola simbólicamente en el altar de la Basílica de San Pedro, pero no abolió su uso, si bien todos sus sucesores hasta hoy han decidido no ser coronados. En 1981, los católicos húngarosregalaron al Papa Juan Pablo II una tiara para su uso privado y el 25 de mayo de 2011, tras la audiencia general celebrada en Roma, un grupo de católicos alemanes también obsequió al PapaBenedicto XVI una tiara papal.




En la actualidad la tiara sigue siendo símbolo del papado como se refleja en el escudo de armas de la Santa Sede y el Vaticano. Rompiendo con la tradición, los escudos de armas de Benedicto XVI y Francisco no aparecen coronado con la tiara pontificia, que fue remplazada en el timbre del stemma papal por la mitra, si bien la mitra se ornamenta con tres franjas doradas que recuerdan la tiara tradicional. Otra novedad del escudo del papa Benedicto XVI fue la incorporación del palio pontificio, que nunca había aparecido antes en un escudo papal.

Estructura

La tiara es una mitra de obispo de forma rígida y globular con tres coronas, cada una de las cuales posee un significado; si bien tal simbolismo ha variado con el tiempo. En un principio, las tres coronas representaban, respectivamente, la soberanía del papa sobre los Estados de la Iglesia o Estados Pontificios, la supremacía del papa sobre el poder temporal y la autoridad moral del pontífice sobre toda la humanidad. Más tarde, las tres coronas pasaron a simbolizar el orden sagrado, la jurisdicción y el magisterio del Romano Pontífice.

La familia de plástico de Suzanne Heintz













“¿Eres una chica tan encantadora. ¿Por qué no estás casada?”. Esa es la pregunta que la artista estadounidense Suzanne Heintz ha tenido que escuchar en multitud de ocasiones por estar soltera y sin hijos. Cansada de que la hicieran sentir como una “solterona”, Heintz decidió comprarse una familia de plástico. Dos maniquíes se convirtieron en su marido y su hija. (Todas las imágenes son cortesía de Suzanne Heintz).

Según explica Heintz, la idea de este proyecto fotográfico surgió un día mientras hablaba con su madre. “Suzy, no hay nadie perfecto. Sólo necesitas elegir a alguien si pretendes sentar cabeza”, le dijo su madre, a lo que ella respondió: ”Mamá, no puedo salir a la calle y comprarme una familia. Eso no es posible”. Fue ahí cuando se dio cuenta de que había una manera. Se compró una familia de maniquíes.

A raíz de esa conversación Heintz decidió empezar el proyecto titulado “Life Once Removed” (que podría traducirse como "la vida en segundo grado" o "casi como la vida") con el que se propuso retratar los momentos más felices de su vida con su familia de plástico y de paso lanzar una crítica a las expectativas que la sociedad pone en nosotros.

Heintz empezó a tomar las fotografías hace más de una década, primero en su propia casa y más adelante durante diversos viajes en los que su marido y su hija la acompañaron.

La fotógrafa explica que con las imágenes de las vacaciones pretendía hacer una sátira de las postales familiares que la gente envía cada año y que son una tradición en EE.UU.

Cuando Heintz sacó a su familia a la calle se dio cuenta del potencial de tomar las fotografías en público. La gente con la que se cruzaba se quedaba sorprendida. La artista cree que usar la sorpresa junto al humor hace que el mensaje se transmita mejor.

Heintz asegura que con estas fotografías quiere que "la gente se cuestione el apego que tenemos a las tradicionales expectativas sobre la familia y los hijos".

Heintz también cree que "nos empeñamos demasiado en querer pasar los valores tradicionales a las siguientes generaciones".

La artista opina que aunque en muchos lugares del mundo las mujeres nunca habían tenido tanta libertad como ahora, al mismo tiempo viven una época extraña por la mezcla mensajes que reciben de generaciones pasadas y presentes.

Heintz señala que para que una mujer considere que tiene una vida “plena” tienen que cumplirse una serie de requisitos en el campo profesional, familiar, educacional, afectivo… "Si uno de estos elementos no funciona parece que hay algo en vida que no está bien", dice.

Heintz asegura que quiere que la gente sea abierta de mente y deje de depender de las ideas desfasadas sobre lo que se supone es una vida exitosa.

Por ejemplo, Heintz cree que las expectativas en torno al matrimonio están relacionadas con eI aspecto que se supone tu vida ha de tener.

La artista considera que “para muy poca gente la vida acaba siendo como uno esperaba y a los que sí les sucede eso, lo que esperaban no es lo que pensaban que era”.

Quiere que la gente acepte con entusiasmo la vida por lo que ésta ha hecho de nosotros, con o sin marido, títulos académicos o cualquier otra cosa que se espere de antemano.

Suzanne Heintz explica que su experiencia como directora de arte para televisión ha influenciado sus trabajos en el campo de la fotografía y el video.

Cree que utilizar el humor es esencial para que el arte le llegue a todo el mundo y cause impacto. Heintz opina que "la sátira hace más fácil que una obra de arte sea aceptada y no sea percibida como una simple crítica social". Según cuenta, el haber sido educada como mormona le causó un gran impacto, dándole una experiencia de primera mano de lo que es la idealización de la familia y del rol de las mujeres como madres y amas de casa. Puede conocer los detalles del proyecto de Heintz en este video: www.vimeo.com.

Las modistas de toda la vida



La modista de siempre no ha muerto, se ha reconvertido. Es difícil de encontrar, damos fe, pero sigue ahí, donde ha estado siempre, cosiendo en la sombra. «Nadie tiene tiempo ya para hacerse la ropa», explica Lola Gavarrón, autora de La gran dama de la moda (La esfera de los libros). Concha Herranz, conservadora jefe del Museo del Traje, lo confirma: «No tenemos paciencia para elegir las telas o probar los vestidos». Al menos, no en nuestra vida diaria, marcada por las prisas y la facilidad de acceso al prêt à porter y las cadenas de ropa low cost. ¿Dónde se oculta entonces la modista? Para encontrarla hay que visitar los atelieres que se afanan en crear los ropajes del día D de la española media: «La boda es el reducto de la costura a medida». Lo dice Lorenzo Caprile, eminencia del vestido de novia, y lo sentencia la realidad: casi todos los talleres de ropa hecha a mano de este país se dedican a las ceremonias. «Y mientras en España se mantenga la costumbre de tirar la casa por la ventana en estos eventos, seguiremos existiendo», explica Caprile. Lo que no tiene claro es hasta cuándo. «En otros países ya se ha perdido», sentencia. 


«La vida social ha cambiado y hay muchas menos situaciones importantes en las que vestirse», explica Lola Gavarrón. Teresa Blasco, que controla todos los aspectos de producción de las colecciones de su hija, la diseñadora Teresa Helbig, recuerda: «En los 50 y 60, cuando trabajaba en Modas Plà, la gente adinerada tenía muchas ocasiones para arreglarse; al Liceo se iba de largo. Las mujeres renovaban totalmente el armario cada temporada y se encargaba mucho». Se realizaban y guardaban maniquíes con las medidas exactas de las clientas más importantes, sobre los que se trabajaba, de modo que no era necesario que estas se trasladaran para todas las pruebas. La denominada piel de ángel –un raso muy fino–, la muselina, las organzas, el organdí, la pura lana –fantástica para la sastrería– eran tejidos habituales. «Ahora ya viene el patrón cortado a centímetro. Entonces, dejabas una costura, pasabas los puntos flojos, después abrías la costura y cortabas. El doble pespunte en la manga; embeber para hacer la hombrera perfecta. Todo eso ya no se hace», cuenta Teresa.

Así que lo que también parece en vías de extinción es el oficio. Al menos con el nivel de detalle y minuciosidad con el que se trabajaba hace 30 o 40 años. «Ahora todo el mundo quiere diseñar, pero casi nadie quiere coser», dice Pilar Barreiro, de Oh Qué luna. Con ella coincide María de Cabo, de La Tua Pelle Costura: «La artesanía parece una pérdida de tiempo y eso es un error». A una y a otra les cuesta encontrar modistas buenas que sean menores de 50 años. Precisamente por eso Lola Piña decidió montar el taller escuela Al dedal. «Queríamos recuperar a esas profesionales y retomar la esencia de la profesión». Pero, además, Al dedal es original porque va más allá de la boda: está al servicio de la moda española. Lola, que lleva toda la vida en el sector –trabajó en Sybilla durante 12 años y ahora es directora de producción de Dolores Promesas a través de Al dedal–, vio claro que la industria tenía una necesidad de apoyo. «Los diseñadores viven picos de trabajo que a veces no pueden cubrir con sus talleres. Nosotros los ayudamos». También montan colecciones completas para creadores que no cuentan con su propio equipo de modistas. Y les va bien.

Pero si es difícil encontrar profesionales preparadas, lo es más dar con clientas que entiendan. «Se ha perdido el valor de la costura», comenta Pilar Barreiro. «Ya nadie sabe distinguir si el trabajo está bien o mal hecho», afirma. La queja es unánime en todo el sector, del taller más exclusivo al más modesto. Las causas las explica Concha Herranz: «La sociedad española ha cambiado mucho en los últimos 40 años. Las que nacieron en los 60 ya no han aprendido a coser. La costura como asignatura –la pretecnología– desapareció del currículo escolar en la década de los 80. Y desde los 90 es un habilidad que no ha sido necesaria en absoluto». La consecuencia directa es que, si no se sabe apreciar el trabajo, no se valora el resultado. «Esta profesión es dura y muy laboriosa. Requiere horas de trabajo, una concentración absoluta y produce muchas lesiones», explica María de Cabo. Cuando alguien que no entiende lo que tiene delante se atreve a criticarlo, a la modista le dan ganas, como poco, de cambiar de oficio. Y ni siquiera está bien pagado. Marina Gª Rocaberti, que ha cosido para la aristocracia española y la jet set europea que compraba en Dafnis, la legendaria boutique de María Rosa Salvador con la licencia para reproducir Yves Saint Laurent y Chanel, confiesa que ahora gana menos que antes. No se queja. Está a gusto y sigue trabajando en lo que ama.

Las mujeres han reinado sobre el hilo y la aguja desde el principio de los tiempos. Pero lo han hecho en la sombra, escondidas por padres y maridos en el interior doméstico. De la Penélope de Ulises, que teje por el día y desteje por la noche, a la lorquiana doña Rosita la soltera, que borda en su casa su vano ajuar. La paradoja es que el oficio como tal no lo pudieron ejercer las mujeres hasta bien entrado el siglo XVII. «En la Edad Media los sastres, organizados en gremios, cosían tanto para hombres como para mujeres, pero era un profesión que legalmente solo podían practicar ellos», explica Amalia Descalzo, experta en Indumentaria barroca y profesora de la Universidad de Alcalá de Henares. «Fueron las francesas las que lograron que Luis XIV reconociera en 1675 la existencia jurídica de la comunidad de maestras costureras», cuenta Descalzo. Gala es por tanto la génesis de la moda tal como la conocemos y también lo es la primera gran modista conocida de la historia: Rose Bertin, artífice de los fabulosos vestidos con los que la reina María Antonieta asombró al mundo. A España llegaron con Felipe V a principios del XVIII. «A finales del siglo ya había menciones en el Diario de Madrid a talleres de modistas regentados por ellas mismas», apunta Mercedes Pasalodos, especialista en Moda histórica. «Y si en 1867 había censados 56 negocios con titularidad femenina, en 1887 llegaron a los 266. Todo un boom», añade. Así, la sastrería (dedicada al vestir masculino) queda en manos de hombres y la modistería (la confección de la ropa femenina) se convierte en cosa de mujeres. Y también en una de las vías más interesantes de independencia económica. Modistas en el XIX las hubo de todas clases y condiciones, igual que clientas. «La mayoría de la población se vestía de forma miserable, con prendas que duraban décadas e incluso generaciones; ropas reteñidas, recosidas, remendadas… La modista «modeladora-cortadora» que trabaja de continuo sería una rareza. Salvo en Madrid y para un grupo muy reducido de señoras», apunta Pablo Pena, profesor del Centro Superior de Diseño de Moda de Madrid (CSDMM) y autor de La moda en el Romanticismo. Para estas mujeres pudientes había talleres y casas de costura cuyas propietarias tenían nombres afrancesados, como Madame Petibon y Madame Honorine. En el XX la modista adquiere maestría y la moda, dignidad creativa: Balenciaga, Asunción Bastida, Flora Villarreal, en Madrid, y Pertegaz, Santa Eulalia y El Dique Flotante, en Barcelona, hicieron alta costura y mantuvieron vivo el oficio.

Pero la modista de hoy tiene otros refugios, como las tiendas de arreglos. Un negocio difícil que ha vivido una época de esplendor en los años previos a que estallara la crisis. «Ahora la gente quiere que le enseñen a hacerlo en casa», apunta Concha Herranz. «Pero creo que se trata de una moda pasajera. Si no, en lugar de pegar el dobladillo, aprenderían a coserlo».

Modistas de toda la vida

Teresa Blasco

Madre de la diseñadora Teresa Helbig, es a ella a quien su hija apunta como inspiración de su carrera. Nació en 1938 y recuerda que era habitual empezar a trabajar joven. «A los 14 años entré de aprendiza en Modas Plà, en Barcelona, y llegué a oficiala peldaño a peldaño». Su boda a los 23 años y el nacimiento de su hija marcaron su independencia profesional. «Creé con mi hermana un taller de marroquinería. Me llevaba a la niña a todas partes, hasta que empezó el colegio y decidí coser en casa para mis propias clientas». Hoy es el alma del taller de su hija y la responsable del mimo con el que tratan las colecciones.

Beatriz Álvaro

Se dedica a bodas y ceremonias desde hace ya 20 años en el taller que lleva su nombre, pero todavía tiene clientas que le piden piezas de vestuario de temporada. «Hacemos algunos abrigos y trajes de chaqueta para gente que valora la costura a medida», explica. Beatriz se formó en Goymar, una famosa academia de Madrid, y luego estudió sastrería en La Confianza, donde aprendían los sastres tradicionales de la capital. Pero el oficio y la experiencia los adquirió cosiendo para televisión. «Hacíamos la ropa que vestía Isabel Gemio, pero también la del ballet de su programa. Lo dirigía Giorgio Aresu, que era muy riguroso y pedía mangas desmontables o faldas de diferentes longitudes. Fue como un máster».

Laura Caicoya hace costura a medida y estilismo para sus clientas.

Esta gallega, que estudió Diseño para crear sus propias colecciones, ha acabado, además, cosiéndolas. Sobre todo hace vestidos para ceremonias. «Les aporto mis ideas y mi estilismo; asesoramiento completo. A veces, por la propia dignidad del vestido. Te ha costado tiempo y esfuerzo y no lo quieres ver con un zapato horripilante».

Margui González

Empezó haciéndole modelitos punk a su muñeca Nancy. «Me encantaba coser y lo encaucé enseguida. Me apunté a una academia y la vida me ha llevado a reencontrarme felizmente con mi profesora de entonces, Adoración Martínez, en el taller en el que trabajo ahora, Al dedal». Margui es modelista, la encargada de crear los primeros vestidos de la colección de un diseñador. «Es el vestido de prueba, el que parte del boceto, así que construyes desde la idea. Y su dibujo es una cosa, pero la realidad es otra, y tienes que pensar mucho». En su trayectoria hay, sobre todo, mucha moda española: Carmela Rosso, Elio Berhanyer, Sybilla, Jorge Vázquez… Lo que más le gusta son los vestidos de noche, «por las telas, las estructuras, la creatividad. Son puzles y hay que resolverlos».

Marián Lena

Descubrió la fascinación por su trabajo en un taller de Benavente (Zamora). «Llegó a mis manos un vestido de Dior. La señora que lo trajo quería que convirtiéramos lo que era una talla 38 en una 44». Ese «sacrilegio» le brindó la oportunidad de tocar y emocionarse con la obra de un maestro. No sería la única ocasión. En los 80 trabajó con Manuel Piña –«era magnífico», recuerda– y desde hace dos décadas forma parte de la esencia del taller de Lorenzo Caprile, para muchos, heredero de la minuciosidad de otros tiempos. «Lo he visto crecer en todos los sentidos: su trabajo es puro virtuosismo». A sus 68 años no tiene intención de jubilarse. Y no solo porque le encanta coser; trabajar con Caprile le ha permitido viajar por el mundo y, cómo no, vestir a reinas, princesas e infantas. «Es divertidísimo», asegura.

Marina Gª Rocaberti

Se inició en su oficio hace 46 años con uno de los grandes nombres españoles de la alta costura, Pedro Rodríguez. Después entró en el equipo seminal de Dafnis, la boutique madrileña que, durante 40 años, vistió a la aristocracia nacional. Su propietaria, María Rosa Salvador, consiguió la concesión de míticos de la alta costura de París y podía reproducir sus modelos legalmente en su taller. Así que Marina puede alardear de haber cosido vestidos de Chanel y de Yves Saint Laurent. «Recibíamos los patrones en francés y los montábamos con las mismas telas», relata. A los 60 años, y tras pasar por el extinto atelier de Miguel Palacio, Marina trabaja con una joven creadora, Esther Moreno. Está contenta, pero echa de menos el detallismo y la calma con los que se trabajaba antes. «Y los hilos naturales; ya no encuentras hilo de seda, con el poliéster no se cose igual».

Teresa Barrera

Su madre, que era modista, le enseñó a coser. Estudió Diseño y elaboró su propio vestuario cuando hacía teatro en Zaragoza. Pero a sus conocimientos les está sacando partido ahora en su Café Teté Costura, en el barrio de las Letras de Madrid, donde enseña costura «divertida».

Nati Beltrán

Puede presumir de haber cosido para Grace Kelly. «Venía a probarse y en dos días debíamos tener todo terminado», recuerda esta mujer de 80 años que entró a los 14 a trabajar de aprendiza «sentada» en la casa de modas que Balenciaga tenía en Madrid. «Era un edificio magnífico en la calle Alcalá. Él vivía en el tercer piso con su criado filipino. Era un caballero, un ser superdotado en todos los sentidos», recuerda Nati, que recibió del maestro su primera gran lección de costura. «Se sentó a mi lado y me dijo que le pasara la regla para comprobar que el hilo iba derecho. Todo se hacía como en una academia de geometría». Eran los años 40 y Nati ganaba más que su novio, «que trabajaba en un banco», apunta. Llegó a ser oficiala mayor, pero abandonó la maison cuando pasó por el altar. De recuerdo, su traje de novia, un Balenciaga auténtico que fue su regalo de boda.

Felicitas Sancho


Primero fue modista por su cuenta en el barrio de Salamanca. En los 90 decidió montar una pequeña tienda de modistería y arreglos en el entonces degradado barrio de Chueca. Lo llamó El apaño del vestir y durante un tiempo compaginó los vestidos de domingo de sus clientas de la calle Serrano con las imaginativas vestimentas para travestis de la zona. Le fue tan bien que se cambió a un local mayor, en Augusto Figueroa. Desde allí ha observado el paso del tiempo y de las tendencias. «En los 80 la gente se hacía casi todo; en los 90 las chicas sacaron del altillo la ropa de sus abuelas; luego llegaron tiempos en los que nadie preguntaba ni el precio y ahora toca aguantar regateos por una cremallera».

Las brujas de Salem, Arthur Miller (3er acto)


Este es el tercer acto de Las brujas de Salem, una obra escrita por Arthur Miller en 1952 para denunciar la persecución ideológica llevada a cabo por el senador Joseph McCarthy de los supuestos agentes comunistas en los Estados Unidos; allí se narran los juicios realizados en 1692 en la ciudad de Salem, en Massachussets, contra personas acusadas de brujería. Los procesos comenzaron cuando un grupo de niñas y adolescentes de familias ricas de Salem fueron “embrujadas” por una esclava negra llamada Títuba. Más tarde, las chicas acusaron a muchos otros hombres y mujeres de haber tenido tratos con el Diablo. La realidad, aparentemente, es que esas personas eran enemigas de los padres de las chicas, y que ellas actuaron obedeciendo órdenes de sus familias para arruinarlos (y sus propios rencores personales, como en el caso del personaje de Abigail Williams).
En ese acto, el protagonista de la obra, John Proctor, y dos amigos suyos, intentan frenar los juicios presentando el testimonio de Mary Warren, una de las chicas “hechizadas”. No obstante, la actitud de los jueces ante estas revelaciones no es del todo imparcial, como se verá...

(La sacristía de la capilla de Salem, que ahora sirve de antesala de la Corte General. Al levantarse el telón, la habitación está vacía. Solamente entra el sol por las dos altas ventanas del foro. La pieza es solemne, hasta imponente. Pesadas vigas sobresalen y tablones de diversa anchura constituyen las paredes. Hay dos puertas a la derecha, que llevan a la capilla misma, en donde se reúne el tribunal. A la izquierda, otra puerta lleva al exterior.
Hay un banco simple a la izquierda, y otro a la derecha. En el centro, una mesa más bien larga, para las reuniones, con banquillos y un sillón de considerables dimensiones arrimados a ella.
A través de la pared divisoria, a la derecha, oímos la voz de un Fiscal Acusador, el Juez Hathorne, preguntando algo; luego, una voz de mujer, la de Martha Corey, replicando.)
Voz de Hathorne: Y bien, Martha Corey, hay abundantes pruebas en nuestro poder que demuestran que os habéis entregado a la adivinación de la suerte. ¿Lo negáis?
Voz de Martha: Soy inocente. Ni siquiera sé lo que es una bruja.
Voz de Hathorne: ¿Cómo sabéis, entonces, que no lo sois?
Voz de Martha: Si lo fuera lo sabría.
Voz de Hathorne: ¿Por qué dañáis a estas niñas?
Voz de Martha: ¡No los daño! ¡Es despreciable!
Voz de Giles Corey (rugiendo): ¡Tengo nuevas pruebas para el tribunal!(Las voces del pueblo se elevan, excitadas.)
Voz de Danforth: ¡Ocupad vuestros sitios!
Voz de Giles: ¡Thomas Putnam roba tierras!
Voz de Danforth: ¡Alguacil, llevaos a ese hombre!
Voz de Giles: ¡Estáis oyendo mentiras, no más que mentiras!(Un rugido se eleva del público.)
Voz de Hathorne: ¡Arrestadlo, Excelencia!
Voz de Giles: ¡Tengo pruebas! ¿Por qué no queréis escuchar mis pruebas?(Se abre la puerta y Giles es prácticamente transportado dentro de la sacristía por Herrick.)
Giles: ¡Quita tus manos, maldito seas! ¡Déjame!
Herrick: ¡Giles, Giles!
Giles: ¡Fuera de mi camino, Herrick! Traigo pruebas...
Herrick: ¡Tú no puedes entrar ahí, Giles, es un tribunal!(Entra Hale por la derecha.)
Hale: Por favor, calmaos un momento.
Giles: Vos, señor Hale, entrad y pedid que yo hable.
Hale: Un momento, señor, un momento.
Giles: ¡Ahorcarán a mi mujer!(Entra el Juez Hathorne de Salem. De unos sesenta y tantos años, es desagradable, insensible a los remordimientos.)
Hathorne: ¿Cómo os atrevéis a entrar rugiendo en esta Corte! ¿Os habéis vuelto loco, Corey?
Giles: No sois ningún juez de Boston todavía, Hathorne. ¡No me llaméis loco!(Entra el Comisionado del Gobernador, Danforth, y, tras él, Ezequiel Cheever y Parris. Al entrar, se hace el silencio. Danforth es un hombre serio, de unos 65 años, con cierto humor y sofisticación que, sin embargo, no interfieren con su precisa lealtad a su posición y a su causa. Se aproxima a Giles, que aguarda su ira.)
Danforth (mirando directamente a Giles): ¿Quién es este hombre?
Parris: Giles Corey, señor, el litigante más...Giles (a Parris): ¡Es a mí a quien pregunta, y soy lo bastante viejo como para contestar yo mismo! (A Danforth, quien lo impresiona y a quien sonríe a pesar de su violencia): Mi nombre es Corey, señor, Giles Corey. Tengo 200 hectáreas y además tengo madera. La que estáis condenando ahora es mi mujer. (Indica la sala de la Corte.)
Danforth: ¿Y cómo creéis que un alboroto tan despreciable puede ayudarla? Retiraos. Sólo vuestra edad os salva de la cárcel.
Giles (comienza a alegar): Se dicen mentiras de mi mujer, señor, yo...
Danforth: ¿Es que pretendéis decidir vos qué es lo que esta Corte creerá y qué es lo que desechará?
Giles: Vuestra Excelencia, no queríamos ser irrespetuosos hacia...
Danforth: ¡Irrespetuosos decís! ¡Profanadores, señor! Esta es la más alta Corte del Superior Gobierno de esta Provincia, ¿lo sabéis?
Giles (comenzando a llorar): Vuestra Excelencia, sólo dije que ella leía libros, señor, y vienen y se la llevan de casa por...
Danforth (extrañado): ¡Libros! ¿Qué libros?
Giles (entre incontenibles sollozos): Es mi tercera esposa, señor, nunca tuve una mujer tan prendada de los libros, y pensé que debía encontrar la causa de ello, comprendéis, pero no era de bruja que yo la acusaba. (Llora abiertamente) Le he quitado apoyo a esa mujer, le he quitado mi apoyo. (Se cubre la cara, avergonzado. Danforth se mantiene respetuosamente silencioso.)
Hale: Excelencia, él sostiene poseer importantes pruebas para la defensa de su mujer. Creo que, con toda justicia, deberíais...
Danforth: Pues que presente sus pruebas en declaración jurada. Conocéis bien nuestros procedimientos aquí, señor Hale. (A Herrick):Despejad esta habitación.
Herrick: Vamos, Giles. (Empuja suavemente a Corey fuera de la habitación.)
Francis: Estamos desesperados, señor; hace tres días que venimos y no logramos ser escuchados.
Danforth: ¿Quién es este hombre?
Francis: Francis Nurse, Vuestra Excelencia.
Hale: Su mujer, Rebecca, fue condenada esta mañana.
Danforth: ¡El mismo! Estoy sorprendido de encontraros en tal tumulto. Sólo tengo buenos informes acerca de vuestro carácter, señor Nurse.
Hathorne: Creo que ambos deberían ser arrestados por desacato, señor.
Danforth (a Francis): Escribid vuestra defensa, y a su debido tiempo yo...
Francis: Excelencia, tenemos pruebas para vos; Dios no permita que cerréis vuestros ojos ante ellas. Las muchachas, señor, las muchachas son un fraude.
Danforth: ¿Cómo es eso?
Francis: Tenemos prueba de ello, señor. Os engañan todas ellas.(Danforth es sacudido por esto pero observa atentamente a Francis.)
Hathorne: ¡Esto es desacato, señor, desacato!
Danforth: Calma, juez Hathorne. ¿Sabéis quien soy, señor Nurse?
Francis: Ya lo creo, señor, y creo que debéis ser un juez sabio para ser lo que sois.
Danforth: ¿Y sabéis que desde Marblehead hasta Lynn hay cerca de 400 en las cárceles, y con mi firma?
Francis: Yo...
Danforth: ¿Y 72 condenados a la horca con esa firma?
Francis: Excelencia, nunca hubiera soñado decir esto a tan importante juez, pero os están engañando.(Entra Giles Corey por la izquierda. Todos se vuelven para ver mientras él invita a entrar a Mary Warren con Proctor. Mary mantiene la mirada en el suelo; Proctor la lleva del codo, como si ella estuviera por desplomarse.)
Parris (al verla, pasmado): ¡Mary Warren! (Va directamente a inclinarse sobre el rostro de ella): ¿Qué vienes hacer aquí?Proctor (alejando a Parris con un suave pero firme movimiento de protección para ella): Quiere hablar con el Comisionado del Gobernador.
Danforth (pasmado por esto, encara a Herrick): ¿No me habíais dicho que Mary Warren estaba enferma, en cama?
Herrick: Lo estaba, Vuestra Merced. Cuando fluí a buscarla para traerla ante el tribunal, la semana pasada, dijo estar enferma.
Giles: Ha estado luchando con su alma toda la semana, Vuestra Merced; viene ahora a decir la verdad de todo esto.
Danforth: ¿Quién es éste?
Proctor: John Proctor, señor. Elizabeth Proctor es mi mujer.
Parris: Cuidado con este hombre, Excelencia, este hombre es dañino.
Hale (excitado): Creo que debéis escuchar a la chica, señor, ella...
Danforth (quien se ha interesado mucho en Mary Warren, sólo levanta una mano hacia Hale): Calma. ¿Qué quieres decirnos, Mary Warren?(Proctor la mira, pero ella no puede hablar.)
Proctor: Nunca vio ningún espíritu, señor.
Danforth (con gran alarma y sorpresa, a Mary): ¡Nunca vio ningún espíritu!
Giles (ansiosamente): Jamás.
Proctor (hurgando en el bolsillo de su chaqueta): Ella ha firmado un testimonio, señor...
Danforth (instantáneamente): No, no, no acepto testimonios. (Está midiendo rápidamente la situación; se vuelve a Proctor): Decidme, señor Proctor, ¿habéis diseminado la noticia en el pueblo?
Proctor: No, señor, no lo hemos hecho.
Parris: ¡Han venido a derrocar el tribunal, señor! Este hombre es...
Danforth: Os ruego, señor Parris. Sabéis, señor Proctor, que todo lo que el Estado sostiene en este caso es que el Cielo está hablando por boca de estas niñas.
Proctor: Lo sé, señor.
Danforth (piensa, mirando fijamente a Proctor, y luego se vuelve a Mary Warren): Y tú, Mary Warren, ¿cómo es que te dio por acusar a las gentes culpándolas de enviar sus espíritus contra ti?
Mary: Era en broma, señor.
Danforth: No te oigo.
Proctor: Dice que era en broma.
Danforth: ¿Sí? ¿Y las demás muchachas? ¿Susanna Walcott, y... las otras? ¿También ellas bromean?
Mary: Sí, señor.
Danforth (con ojos dilatados): ¿Realmente? (Está desorientado. Se vuelve para estudiar el rostro de Proctor.)
Parris (sudando): ¡Excelencia, no iréis a creer que una mentira tan vil puede exponerse ante el tribunal!
Danforth: Claro que no, pero me impresiona mucho que se atreva ella a venir hasta aquí mismo con tal cuento. Veamos, señor Proctor, antes de que decida si os escucharé o no, es mi deber deciros esto: es una hoguera viva la que aquí tenemos; sus llamas derriten todo fingimiento.
Proctor: Lo sé, señor.
Danforth: Permitidme continuar. Comprendo bien que la ternura de un marido pueda llevarlo hasta la extravagancia en defensa de su esposa. ¿Estáis íntimamente seguro, señor, de que vuestra prueba es verdad?
Proctor: Lo es. Y sin duda vos la veréis.
Danforth: ¡Y pensabais hacer esta revelación declarándola en la Corte, ante el público!
Proctor: Eso pensaba, sí... con vuestra licencia.
Danforth (entrecerrando los ojos): Y bien, señor, ¿cuál es vuestro propósito al hacerlo?
Proctor: Pues así daría libertad a mi mujer, señor.
Danforth: ¿No acecha en parte alguna de vuestro corazón, ni se esconde en vuestro espíritu, ningún deseo de minar este tribunal?
Proctor (con un casi imperceptible balbuceo): Pues, no, señor.
Cheever (se aclara la garganta, “despertando”): Yo... Vuestra Excelencia.
Danforth: Señor Cheever.
Cheever: Creo que es mi deber, señor... (Amablemente, a Proctor): No lo negarás, John. (A Danforth): Cuando fuimos a detener a su mujer, él maldijo al tribunal y rasgó la orden de arresto.
Parris: ¡Ahí lo tenéis!
Danforth: ¿Hizo eso, señor Hale?
Hale (respira hondo): Sí, lo hizo.
Proctor: Fue un arranque, señor. No sabía lo que hacía.
Danforth (estudiándolo): Señor Proctor.
Proctor: Sí, señor.
Danforth (directamente a sus ojos): ¿Habéis visto alguna vez al Diablo?
Proctor: No, señor.
Danforth: ¿Sois en todos los aspectos un buen cristiano?
Proctor: Lo soy, señor.
Parris: ¡Un cristiano tal que no viene a la iglesia más que una vez al mes!
Danforth (contenido... le pica la curiosidad): ¿No viene a la iglesia?
Proctor: Yo... no siento amor alguno por el señor Parris. No es ningún secreto. Pero a Dios sí lo amo.
Cheever: Ara la tierra los domingos, señor.
Danforth: ¡Ara los domingos!
Cheever (disculpándose): Creo que son pruebas, John. Soy funcionario del tribunal, y no puedo callarlo.
Proctor: Yo... he arado una o dos veces en día domingo. Tengo tres hijos, señor, y hasta el año pasado mi tierra rendía poco.
Giles: A decir verdad, encontraréis otros cristianos que aran los domingos.
Hale: Vuestra Merced, no me parece que podáis juzgar al hombre en base a tal prueba.
Danforth: Nada juzgo. (Pausa. Continúa mirando a Proctor, que trata de devolverle la mirada.) Os digo sin rodeos, señor... he visto maravillas en esta Corte. He visto ante mis ojos gente asfixiada por espíritus; los he visto atravesados por alfileres y acuchillados por dagas. No tengo, hasta este instante, la mínima razón para sospechar que las niñas me engañan. ¿Entendéis lo que quiero decir?
Proctor: Excelencia, ¿no os extraña que tantas de estas mujeres hayan vivido tanto tiempo con tan limpias reputaciones y...?
Parris: ¿Leéis el Evangelio, señor Proctor?
Proctor: Leo el Evangelio.
Parris: No os creo; pues si no, sabríais que Caín era un hombre recto, y sin embargo mató a Abel.
Proctor: Sí, es Dios quien nos dice eso. (A Danforth.) Pero ¿quién es el que nos dice que Rebecca Nurse asesinó a siete criaturas soltando sobre ellas su espíritu? Son sólo estas chicas, y ésta jurará que os mintió.(Danforth medita, luego llama a Hathorne. Hathorne se inclina y él le habla al oído. Hathorne asiente.)
Hathorne: Sí, es ella misma.
Danforth: Señor Proctor, esta mañana vuestra esposa me envió una petición diciendo estar encinta.
Proctor: ¡¿Mi mujer, embarazada?!
Danforth: No hay señal de ello; hemos examinado su cuerpo.
Proctor: ¡Pero si dice estar encinta, debe estarlo! Esa mujer jamás mentirá, señor Danforth.
Danforth: ¿No mentirá?
Proctor: Jamás, señor, jamás.
Danforth: Lo hemos considerado demasiado conveniente para ser creído. Sin embargo, si os dijera que la retendríamos otro mes; y que si comienza a manifestar los síntomas naturales, la tendríais viviendo aún otro año, hasta que diera a luz... ¿qué diríais de eso? (John Proctor queda mudo.) Vamos. Decís que vuestro único propósito es salvar a vuestra mujer. Pues bien, por este año, al menos, está a salvo, y un año es largo. ¿Qué decís, señor? Trato hecho. (En conflicto consigo mismo, Proctor mira a Francis y a Giles.) ¿Levantáis vuestra acusación?
Proctor: Yo... creo que no puedo.
Danforth (una imperceptible dureza en su voz): Vuestro propósito es, pues, algo más vasto.
Parris: ¡Ha venido a deponer el tribunal, Vuestra Señoría!
Proctor: Estos son mis amigos. Sus esposas también están acusadas...
Danforth (de modo repentinamente vivo): No os juzgo, señor. Estoy listo para escuchar vuestra prueba.
Proctor: No vengo a dañar al tribunal; sólo...
Danforth (cortándolo): Alguacil, entrad en la Corte y decid al Juez Stoughton y al Juez Sewall que pasen a cuarto intermedio por una hora. Y que vayan a la taberna, si lo desean. Todos los testigos y prisioneros quedarán en el edificio.
Herrick: Sí, señor. (Con gran deferencia.) Si se me permite decirlo así, señor, he conocido a este hombre toda mi vida. Es un hombre bueno, señor.
Danforth (lo que le molesta es cómo eso se refleja en él mismo): No me caben dudas, alguacil. (Herrick asiente y sale.) Ahora bien, ¿qué testimonio tenéis para nosotros, señor Proctor? Y os ruego ser claro, limpio como el Cielo y honesto.
Proctor (extrayendo algunos papeles): No soy abogado, y trataré...
Danforth: Los líos de corazón no necesitan abogado. Continuad a vuestro gusto.
Proctor (entregando un papel a Danforth): ¿Queréis leer esto primero, señor? Es una especie de testimonio. La gente que lo firma declara su buena opinión sobre Rebecca y mi esposa y Martha Corey.(Danforth mira el papel.)
Parris (tratando de aprovechar el sarcasmo de Danforth): ¡Su buena opinión! (Pero Danforth sigue leyendo y Proctor se siente alentado.)
Proctor: Estos son todos agricultores propietarios, miembros de la Iglesia. (Con delicadeza, tratando de señalar un párrafo): Si observáis, señor... han conocido a las mujeres por muchos años y jamás vieron señales de que hubiesen tratado con el Diablo.(Parris se acerca nerviosamente y lee por sobre el hombro de Danforth.)
Danforth (examinando una larga lista): ¿Cuántos nombres hay aquí?
Francis: 91, Excelencia.
Parris (sudando): Esta gente debiera ser convocada. (Danforth lo mira, interrogante.) Para interrogarlos.
Francis (temblando de ira): Señor Danforth, les he dado a todos mi palabra de que ningún mal les ocurriría por firmar esto.
Parris: ¡Esto es claramente un ataque al tribunal!
Hale (a Parris, tratando de contenerse): ¿Es que toda defensa es un ataque al tribunal? ¿Es que nadie puede...?
Parris: Toda aquella gente que es inocente y cristiana se alegra de que haya tribunales en Salem. En cambio, esta gente está triste. (A Danforth directamente.) Y creo que queréis saber de boca de todos y cada uno de ellos, qué es lo que de vos no les place.
Hathorne: Creo que debieran ser examinados, señor.
Danforth: No es necesariamente un ataque, creo. Sin embargo...
Francis: Son todos cristianos devotos, señor.
Danforth: Entonces estoy seguro de que nada tendrán que temer.(Entrega el papel a Cheever.) Señor Cheever, haced extender órdenes de arresto para todos éstos, arrestos para indagatoria. (A Proctor.)Ahora bien, señor, ¿qué otra información tenéis para nosotros?(Francis, horrorizado, está aún de pie.) Podéis sentaros, señor Nurse.
Francis: He traído trastornos para esta gente: yo he...
Danforth: No, abuelo, no habéis herido a esta gente si son de buena moral. Pero debéis entender, señor, que una persona está con este tribunal o si no, debe considerarse que está en su contra, no hay términos medios [la negrita es mía]. Este es un momento bien definido, un momento preciso... ya no vivimos en el oscuro atardecer en que el mal se mezclaba con el bien y confundían al mundo. Ahora, gracias a Dios, ha salido el sol radiante y aquellos que no temen la luz, sin duda lo alabarán. Espero que seréis uno de ellos. (Mary Warren de pronto solloza.) Por lo que veo, no se siente bien.
Proctor: No, no está bien, señor. (A Mary, inclinándose hacia ella, teniéndole la mano, con calma.) Recuerda ahora lo que el ángel Rafael le dijo a Tobías, recuérdalo.
Mary (casi inaudible): Sí...
Proctor: “Sólo harás el bien y ningún mal recaerá sobre ti”.
Mary: Sí.
Danforth: Vamos, hombre, os aguardamos.(Vuelve el alguacil Herrick y retoma su puesto junto a la puerta.)
Giles: Mi testimonio, John, entrégale el mío.
Proctor: Sí. (Le entrega otro papel a Danforth.) Este es el testimonio del señor Corey.
Danforth: Ah, ¿sí? (Lo examina. Hathorne se acerca desde atrás y lee con él.)
Hathorne (suspicazmente): ¿Qué abogado redactó esto, Corey?
Giles: Bien sabéis que jamás tomé un abogado en mi vida, Hathorne.
Danforth (terminando de leer): Muy bien escrito. Felicitaciones. Señor Parris, si el señor Putnam está en la Corte, ¿tendríais a bien traerlo? (Hathorne toma el testimonio y va hacia la ventana. Parris va a la sala del tribunal.) ¿No tenéis ninguna preparación legal, señor Corey?
Giles (muy orondo): La mejor, señor... 33 veces he estado ante tribunales en mi vida. Y siempre he sido el demandante.
Danforth: Ah, entonces sois muy irritable.
Giles: No soy irritable; conozco mis derechos, señor, y los haré valer. Sabéis, vuestro padre juzgó un caso mío... quizás haga ya 35 años de ello, creo.
Danforth: Ah, ¿sí?
Giles: ¿Nunca os habló de ello?
Danforth: No, no puedo recordarlo.
Giles: Es raro; me dio 9 libras por daños. Era un juez justo, vuestro padre. Porque veréis: tenía yo una yegua blanca entonces y un tipo vino a que le preste la yegua... (Entra Parris con Thomas Putnam. Cuando ve a Putnam, Giles pierde su desembarazo; se pone duro.) Ah, ahí está.
Danforth: Señor Putnam, tengo aquí una acusación del señor Corey en contra vuestra. Declara que fríamente habéis incitado a vuestra hija a acusar de brujería a George Jacobs quien está ahora en la cárcel.
Putnam: Es mentira.
Danforth (volviéndose a Giles): El señor Putnam afirma que vuestro cargo es falso. ¿Qué respondéis a eso?
Giles (furioso, sus puños crispados): ¡Un pedo para Thomas Putnam, eso es lo que respondo!
Danforth: ¿Qué prueba presentáis con vuestra acusación, señor?
Giles: ¡Ahí está mi prueba! (Señalando el papel.) Si Jacobs es colgado por brujo, pierde derecho a sus propiedades... ¡esa es la ley! Y no hay nadie más que Putnam con dinero para comprar semejante extensión. ¡Este hombre mata a sus vecinos por sus tierras!
Danforth: ¡Pero la prueba, señor, la prueba!
Giles (señalando su testimonio): ¡La prueba está ahí! ¡La obtuve de un hombre honesto que oyó decirlo así a Putnam! El día que su hija acusó a Jacobs, dijo que con eso ella le había hecho un buen regalo de tierras.
Hathorne: ¿Y el nombre de este hombre?
Giles (sorprendido): ¿Qué nombre?
Hathorne: Del hombre que os dio tal información.
Giles (duda): Pues, yo... no puedo daros su nombre.
Hathorne: ¿Y por qué no?
Giles (duda, luego explota): ¡Vos sabéis bien por qué no! ¡Irá a parar a la cárcel si os doy su nombre!
Hathorne: ¡Esto es desacato al tribunal, señor Danforth!
Danforth (para evitar eso): Sin duda, nos diréis su nombre.
Giles: No os daré ningún nombre. Mencioné el nombre de mi mujer una vez y ya por ello arderé bastante en el Infierno. Me quedo mudo.
Danforth: En ese caso, no tengo más alternativa que arrestaros por desacato a la Corte, ¿sabéis eso?
Giles: Esto es una audiencia; no podéis encerrarme por desacato a una audiencia.
Danforth: ¡Ah, es un buen abogado! ¿Deseáis que declare al tribunal en sesión aquí mismo? ¿O me responderéis debidamente?
Giles (vacilante): No puedo daros ningún nombre, señor, no puedo.
Danforth: Sois un viejo tonto. Señor Cheever, comenzad el acta. La Corte está en sesión. Os pregunto, señor Corey...
Proctor (entrometiéndose): Vuestra Honorabilidad... le han dado la historia confidencialmente, señor, y él...
Parris: ¡El Diablo participa de tales confidencias! (A Danforth): ¡Sin confidencias no habría conspiración, Vuestra Merced!
Hathorne: Creo que hay que destruirla, señor.
Danforth (a Giles): Viejo, si vuestro informante dice la verdad, que venga aquí, abiertamente, como un hombre decente. Mas si se esconde en el anonimato, debo saber por qué. Y bien, señor, el gobierno y la Iglesia central os exigen el nombre de quien denunció al señor Thomas Putnam como vulgar asesino.
Hale: Excelencia...
Danforth: Señor Hale.
Hale: No podemos continuar ignorándolo. En la comarca hay un inmenso temor a este tribunal...
Danforth: Entonces hay una inmensa culpa en la comarca. ¿Tenéis vos miedo de ser interrogado aquí?
Hale: Yo sólo puedo temer al Señor, Excelencia, pero con todo, hay miedo en la comarca.
Danforth (iracundo ahora): ¡No me reprochéis el miedo en la comarca! ¡En la comarca hay miedo porque en la comarca hay una conspiración en marcha para derrocar a Cristo!
Hale: Pero eso no quiere decir que todo aquel que sea acusado forma parte de ella.
Danforth: ¡Ningún hombre incorrupto puede temer a este tribunal, señor Hale! ¡Ninguno! (A Giles): Estáis arrestado por desacato a este tribunal. Ahora sentaos y consultad con vos mismo, o seréis enviado a la cárcel hasta tanto decidáis contestar a todas las preguntas.(Giles Corey se lanza hacia Putnam. Proctor se arroja y lo contiene.)
Proctor: ¡No, Giles!
Giles (por sobre el hombro de Proctor, a Putnam): ¡Te cortaré el pescuezo, Putnam, todavía voy a matarte!
Proctor (forzándolo a sentarse): Paz, Giles, paz. (Lo suelta.) Les probaremos nuestra veracidad. Ahora sí. (Comienza a tornarse hacia Danforth.)
Giles: No digas nada más, John. (Señalando a Danforth): ¡Sólo juega contigo! ¡Su intención es ahorcarnos a todos!(Mary Warren prorrumpe en sollozos.)
Danforth: Esto es una corte de justicia, señor. ¡No permitiré afrentas aquí!
Proctor: Perdonadlo, señor, por su edad. Paz, Giles, ahora lo probaremos todo. (Levanta el mentón de Mary.) No puedes llorar, Mary. Recuerda al ángel, lo que le dijo al niño. Aférrate a ello ahora, ahí está tu salvación. (Mary se tranquiliza. Él extrae un papel y se vuelve a Danforth.) Este es el testimonio de Mary Warren. Yo... yo os pediría que recordéis, señor, al leerlo, que hasta hace dos semanas ella no era diferente de como son hoy las otras niñas. (Habla razonablemente, conteniendo todos sus temores, su ira, su ansiedad.)La visteis gritar, aulló, juró que espíritus familiares la sofocaban; hasta atestiguó que Satán, bajo la forma de mujeres que ahora están en la cárcel, trató de ganar su alma y luego, cuando ella rehusó...
Danforth: Sabemos todo eso.
Proctor: Sí, señor. Ella jura ahora que jamás vio a Satán; ni espíritu alguno, vago o nítido, que haya podido mandar Satán para herirla. Y declara que sus amigas mienten ahora.(Proctor se adelanta a darle el testimonio a Danforth, cuando Hale se acerca a éste, tembloroso.)
Hale: Excelencia, un momento. Creo que esto va al nudo de la cuestión.
Danforth (con profunda aprensión): Sin lugar a dudas.
Hale: No puedo decir si es un hombre honesto; lo conozco poco. Pero en honor a la justicia, señor, una demanda de tanto peso no puede ser argüida por un campesino. Por amor de Dios, señor, deteneos aquí; enviadlo a casa y que regrese con un abogado...
Danforth (pacientemente): Escuchad, señor Hale...
Hale: Excelencia, he firmado 72 sentencias de muerte; soy un ministro del Señor y no me atrevo a tomar una vida sin que haya una prueba tan inmaculada que no la ponga en duda ni el menor escrúpulo de conciencia.
Danforth: Señor Hale, me imagino que no dudáis de mi justicia.
Hale: He condenado esta mañana, con mi firma, el alma de Rebecca Nurse, Vuestra Honorabilidad. ¡No quiero ocultarlo, mi mano aun tiembla como si estuviese herida! Os ruego, señor, este alegato dejad que sean abogados quienes lo presenten.
Danforth: Señor Hale, creedme; para ser un hombre tan grandemente ilustrado, estáis muy confundido... espero me disculpéis. He estado 32 años en el foro, señor, y me sentiría azorado si me llamasen a defender a esta gente. Considerad ahora... (a Proctor y los otros): y os ruego que hagáis lo mismo. En un crimen ordinario, ¿cómo hace uno para defender al acusado? Uno llama testigos para probar su inocencia. Pero la brujería es ipso facto, por sus rasgos y su naturaleza, un crimen invisible, ¿no es así? Por consiguiente, ¿quién puede lógicamente ser testigo de él? La bruja y la víctima. Nadie más. Ahora, no podemos esperar que la bruja se acuse a sí misma, ¿conforme? Por consiguiente debemos fiarnos de sus víctimas. Y ellas sí que dan fe, las niñas ciertamente dan fe. En cuanto a las brujas, nadie negará que estamos extremadamente ansiosos por todas sus confesiones. Por consiguiente, ¿qué es lo que le queda a un abogado por demostrar? Creo haberme explicado, ¿no es así?
Hale: Pero esta joven sostiene que las muchachas no son veraces y si no lo son...
Danforth: Eso es precisamente lo que estoy por considerar, señor. ¿Qué más podéis pedir de mí? ¡A menos que dudéis de mi probidad!
Hale (derrotado): ¡Es claro que no, señor! Consideradlo, pues.
Danforth: Y vos tranquilizad vuestros temores. Ese testimonio, señor Proctor. (Proctor se lo entrega. Hathorne se levanta, se ubica al lado de Danforth y comienza a leer. Parris se ubica del otro lado. Danforth mira a John Proctor y comienza a leer. Hale se levanta, busca un sitio junto al Juez y lee también. Proctor mira a Giles. Francis reza en silencio, las manos juntas. Cheever aguarda plácidamente, en el papel del sublime funcionario cumplidor. Mary Warren solloza una vez. John Proctor le toca la cabeza, tranquilizador. Ahora Danforth levanta la vista, se pone de pie, extrae un pañuelo y se suena la nariz. Los demás se hacen a un lado, mientras él se acerca pensativo a la ventana.)
Parris (a duras penas conteniendo su ira y miedo): Yo quisiera interrogar...
Danforth (primer arranque verdadero en el cual no quedan dudas de su desprecio por Parris): ¡Señor Parris, os mando que os calléis!(Queda en silencio, mirando por la ventana. Habiendo establecido que él marcará el paso): Señor Cheever, ¿queréis entrar en la Corte y traer aquí a las niñas? (Cheever se levanta y sale por el foro. Danforth se vuelve a Mary): Mary Warren, ¿cómo has venido a dar semejante vuelco? ¿Te ha amenazado el señor Proctor para conseguir este testimonio?
Mary: No, señor.
Danforth: ¿Te amenazó alguna vez?
Mary (más débil): No, señor.
Danforth (percibiendo un debilitamiento): ¿Te amenazó?
Mary: No, señor.
Danforth: ¿Me dices, entonces, que has comparecido ante mi tribunal mintiendo fríamente mientras sabías que, por esa declaración, gente sería colgada? (Ella no contesta.) ¡Respóndeme!
Mary (casi inaudible): Sí, señor.
Danforth: ¿Cómo te han instruido en tu vida? ¿No sabes que Dios condena a todos los mentirosos? (Ella no puede hablar.) ¿O es ahora cuando mientes?
Mary: No, señor... Estoy con Dios ahora.
Danforth: Estás con Dios ahora.
Mary: Sí, señor.
Danforth (conteniéndose): Te diré esto... O mientes ahora, o mentías en la Corte, y en cualquier caso has incurrido en perjurio y por ello irás a la cárcel. No puedes decir con tanta ligereza que mentiste, Mary. ¿Sabes eso?
Mary: No puedo mentir más. Estoy con Dios, estoy con Dios.(Pero prorrumpe en sollozos al pensarlo, y se abre la puerta derecha por la que entran Susanna Walcott, Mercy Lewis, Betty Parris y, finalmente, Abigail. Cheever se acerca a Danforth.)
Cheever: Ruth Putnam no está en la Corte, señor, ni tampoco las otras niñas.
Danforth: Estas serán suficientes. Sentaos, niñas. (Se sientan en silencio.) Vuestra amiga, Mary Warren nos ha dado un testimonio. En el cual ella jura que jamás vio demonios familiares, aparecidos, ni ninguna otra manifestación del Diablo. Además sostiene que ninguna de vosotras ha visto estas cosas, tampoco. (Breve pausa.) Y bien, niñas, éste es un tribunal de justicia. La ley, basada en la Biblia, y la Biblia escrita por Dios Todopoderoso, prohíben la práctica de la brujería y señalan la muerte como la pena correspondiente. Pero del mismo modo, niñas, la ley y la Biblia condenan a todo portador de falso testimonio. (Breve pausa.) Bien. No dejo de percibir que este testimonio pudo haber sido ideado para cegarnos; puede muy bien ser que Mary Warren haya sido conquistada por Satán, quien la manda aquí para distraernos de nuestro sagrado propósito. Si es así, su cuello pagará por ello. Pero si dice la verdad, deponed vuestra fábula, os ruego, y confesad vuestra simulación, pues una confesión rápida os será de más leves consecuencias. (Pausa.) Abigail Williams, levántate.(Abigail se levanta lentamente.) ¿Hay algo de verdad en esto?
Abigail: No, señor.
Danforth (piensa, mira a Mary, luego nuevamente a Abigail): Niñas, una sonda omnividente será introducida en vuestras almas hasta que vuestra honestidad sea probada. ¿Alguna de vosotras quiere cambiar de idea ahora, o queréis forzarme a un duro interrogatorio?
Abigail: Nada tengo que cambiar, señor. Ella miente.
Danforth (a Mary): ¿Quieres aún continuar con esto?
Mary (débilmente): Sí, señor.
Danforth (volviéndose a Abigail): En la casa del señor Proctor se descubrió un muñeco, atravesado por una aguja. Mary Warren sostiene que tú estabas sentada junto a ella en la Corte cuando ella lo hizo, y que tú la viste hacerlo y presenciaste cómo ella misma introdujo su aguja en el muñeco, para guardarla allí. ¿Qué tienes que decir a esto?
Abigail (con una leve nota de indignación): Es mentira, señor.
Danforth (luego de una breve pausa): Mientras trabajabas para el señor Proctor, ¿viste algún muñeco en la casa?
Abigail: La señora Proctor siempre tuvo muñecos.
Proctor: Vuestra Honorabilidad, mi mujer nunca tuvo muñecos. Mary Warren confiesa que ese muñeco era suyo.
Cheever: Vuestra Excelencia.
Danforth: ¡Señor Cheever!
Cheever: Cuando hablé con la señora Proctor en esa casa, ella dijo que nunca tenía muñecos. Pero dijo que sí los tuvo cuando era niña.
Proctor: Vuestra Merced, hace 15 años que ella dejó de ser niña.
Hathorne: Pero un muñeco se conserva 15 años, ¿no es así?
Proctor: ¡Se conserva si se lo conserva! Pero Mary Warren jura que nunca vio muñecos en mi casa, como no los vio nadie.
Parris: ¿Por qué no podía haber muñecos escondidos en donde nadie los viera?
Proctor (furioso): Puede también haber un dragón con cinco patas en mi casa, pero nadie lo ha visto.
Parris: Nosotros estamos aquí, Vuestra Excelencia, precisamente para descubrir aquello que nadie ha visto.
Proctor: Señor Danforth, ¿qué puede ganar esta niña desmintiéndose? ¿Qué puede ganar Mary Warren más que un duro interrogatorio o algo peor?
Danforth: Estáis acusando a Abigail Williams de un fabuloso y frío plan de asesinato, ¿entendéis eso?
Proctor: Lo entiendo, señor. Creo que asesinar es lo que se propone.
Danforth (señalando a Abigail, incrédulo): ¿Esta niña asesinaría a vuestra esposa?
Proctor: No es una niña. Escuchadme, señor. A la vista de la congregación ella fue echada dos veces de la capilla, este año, por reír durante la oración.
Danforth (sacudido, volviéndose a Abigail): ¿Qué es esto? ¡Reír durante...!
Parris: Excelencia, ella estaba bajo el influjo de Títuba entonces, pero ahora guarda compostura.
Giles: ¡Sí, ahora guarda compostura y sale a ahorcar gente!
Danforth: Silencio, hombre.
Hathorne: Por cierto no tiene peso en este asunto, señor. Designio de asesinato es lo que denuncia.
Danforth: Sí. (Estudia a Abigail un momento y luego): Continuad, señor Proctor.
Proctor: Mary. Dile ahora al Gobernador cómo bailasteis en el bosque.
Parris (instantáneamente): Excelencia, desde que llegué a Salem este hombre ha estado ensuciando mi nombre. El...
Danforth: Un momento, señor. (A Mary Warren, severamente y sorprendido.) ¿Qué es esto del baile?
Mary: Yo... (Echa una ojeada a Abigail, quien la mira fijamente, sin remordimiento. Luego, suplicante, a Proctor.) Señor Proctor...
Proctor (yendo al grano): Abigail lleva a las muchachas al bosque, Vuestra Merced, y ahí han bailado desnudas...
Parris: Vuestra Merced, esto...
Proctor (inmediatamente): El señor Parris las descubrió, él mismo, al morir la noche. ¡He ahí la “niña” que es ella!
Danforth (esto se está convirtiendo en una pesadilla y él se vuelve, asombrado, a Parris): Señor Parris...
Parris: Sólo puedo decir, señor, que jamás encontré a ninguna de ellas desnuda, y que este hombre es...
Danforth: Pero, ¿las descubristeis bailando en el bosque? (Con los ojos fijos en Parris, señala a Abigail.) ¿Abigail?
Hale: Excelencia, cuando recién llegué de Beverly, el señor Parris me lo había dicho.
Danforth: ¿Lo negáis, señor Parris?
Parris: No lo niego, señor, pero jamás vi a ninguna de ellas desnuda.
Danforth: ¿Pero ella ha bailado?
Parris (sin voluntad): Sí, señor.(Danforth, como con ojos diferentes, mira a Abigail.)
Hathorne: Excelencia, ¿me permitís? (Señala a Mary Warren.)
Danforth (con gran preocupación): Os ruego, proceded.
Hathorne: Dices que no has visto ningún espíritu, Mary, que nunca has sido amenazada ni aquejada por ninguna manifestación del Diablo o de los enviados del Diablo.
Mary (muy débilmente): No, señor.
Hathorne (con aire de triunfo): Y sin embargo, cuando la gente acusada de brujerías te enfrentaba ante la Corte, tú te desmayabas diciendo que sus espíritus salían de sus cuerpos y te sofocaban...
Mary: Era fingido, señor.
Danforth: No puedo oírte.
Mary: Fingido, señor.
Parris: Pero en realidad te helaste, ¿no es cierto? Yo mismo te levanté muchas veces y tu piel estaba helada. Señor Danforth, vos...
Danforth: He visto eso muchas veces.
Proctor: Ella sólo fingía desmayarse, Excelencia. Son todas maravillosas simuladoras.
Hathorne: Entonces, ¿puede fingir desmayarse ahora?
Proctor: ¿Ahora?
Parris: ¿Por qué no? Ahora no hay espíritus que la ataquen, pues nadie en esta habitación está acusado de brujería. Pues que se torne fría ahora, que finja ser acosada ahora, que se desmaye. (Volviéndose a Mary Warren.) ¡Desmáyate!
Mary: ¿Que me desmaye?
Parris: Sí, desmáyate. Pruébanos cómo fingías tantas veces ante el tribunal.
Mary (mirando a Proctor): No... no puedo desmayarme ahora, señor.
Proctor (alarmado, con calma): ¿No puedes fingirlo?
Mary: Yo... (Pareciera buscar la pasión necesaria para desvanecerse.)No... no lo siento ahora... yo...
Danforth: ¿Por qué? ¿Qué es lo que falta ahora?
Mary: Yo... no podría decirlo, señor, yo...
Danforth: ¿Podría ser que aquí no tenemos ningún espíritu maligno suelto, pero que en la Corte había algunos?
Mary: Nunca vi ningún espíritu.
Parris: Entonces no veas espíritus ahora, y pruébanos que puedes desmayarte por tu propia voluntad, como sostienes.
Mary (Clava la mirada, buscando la emoción necesaria, y sacude la cabeza): No... no puedo hacerlo.
Parris: Entonces confesarás, ¿no es cierto? ¡Eran espíritus malignos los que te hicieron desmayar!
Mary: No, señor, yo...
Parris: ¡Vuestra Excelencia, ésta es una treta para cegar a la Corte!
Mary: ¡No es una treta! (Se pone de pie.) Yo... yo sabía desmayarme porque... yo creía ver espíritus.
Danforth: ¡Creías verlos!
Mary: Pero no los vi, Vuestra Honorabilidad.
Hathorne: ¿Cómo podías creer verlos si no los veías?
Mary: Yo... yo no sé cómo, pero creí. Yo... oí a las otras chicas gritar, y a vos, Excelencia, vos parecíais creerles y yo... Era jugando, al principio, señor, pero luego todo el mundo gritaba espíritus, espíritus, y yo... yo os aseguro, señor Danforth, yo sólo creí que los veía, pero no los vi.(Danforth la mira escrutadoramente.)
Parris (sonriente, pero nervioso porque Danforth parece conmovido por el relato de Mary Warren): Sin duda Vuestra Excelencia no se dejará engañar por esta simple mentira.
Danforth (tornándose, preocupado, hacia Abigail): Abigail. Te ruego que escudriñes tu corazón y me digas lo siguiente -y cuidado, criatura, que para Dios cada alma es preciosa y su venganza es terrible para aquellos que quitan la vida sin causa-. Sería posible, hija, que los espíritus que tú hayas visto sean sólo ilusión, algún engaño que te haya cruzado la mente cuando...
Abigail: ¡Vamos...! Esto... esto es una pregunta ruin.
Danforth: Niña, quisiera que la considerases...
Abigail: He sido herida, señor Danforth; he visto manar mi sangre. Casi he sido asesinada, día a día, por haber cumplido mi deber de señalar a los adictos del Diablo... ¿y ésta es mi recompensa? Ser sospechada, negada, interrogada como una...
Danforth (debilitándose): Hija, yo no desconfío de ti...
Abigail (en abierta amenaza): Cuidaos vos mismo, señor Danforth. ¿Os creéis tan fuerte que el poder del Infierno no puede desarreglar vuestro juicio? ¡Cuidado! Allí hay... (súbitamente, de una actitud acusadora, su cara se vuelve, y mira al aire, hacia arriba; está verdaderamente asustada).
Danforth (con aprensión): ¿Qué es, criatura?
Abigail (paseando la mirada por el aire, abrazándose a sí misma, como si sufriese un escalofrío): Yo... no sé. Una brisa, una brisa helada ha venido. (Sus ojos van a parar a Mary Warren.)
Mary (horrorizada, suplicante): ¡Abby!
Mercy (temblando): ¡Vuestra Excelencia, me hielo!
Proctor: ¡Están fingiendo!
Hathorne (tocando la mano de Abigail): ¡Está fría, Vuestra Honorabilidad, tocadla!
Mercy (a través de sus dientes que castañetean): Mary, ¿eres tú quien me envía esta sombra?
Mary: ¡Señor, sálvame!
Susanna: ¡Me hielo, me hielo!
Abigail (temblando visiblemente): ¡Una brisa, es una brisa!
Mary: ¡Abby, no hagas eso!
Danforth (él mismo envuelto y ganado por Abigail): Mary Warren, ¿la embrujas tú? ¡Te pregunto! ¿Tú le pasas tu espíritu?(Con un grito histérico, Mary Warren comienza a correr, Proctor la agarra.)
Mary (casi desplomándose): Dejadme ir, señor Proctor, no puedo, no puedo...
Abigail (gritando al cielo): ¡Oh, Padre Celestial, quítame esta sombra!(Sin previo aviso, resueltamente, Proctor salta hacia Abigail, que está encogida, y tomándola de los cabellos la incorpora. Ella grita de dolor. Danforth, asombrado, grita: “¿Qué creéis que estáis haciendo?” y Hathorne y Parris, a su vez, “¡Quitadle las manos de encima!”, y de todo esto surge la rugiente voz de Proctor.)
Proctor: ¡Cómo te atreves a llamar al Cielo! ¡Ramera! ¡Ramera!(Herrick separa a Proctor de ella.)
Herrick: ¡John!
Danforth: ¡Hombre! Hombre, qué es lo que...
Proctor (sin aliento y agonizante): ¡Es una ramera!
Danforth (alelado): ¿Acusáis...?
Abigail: ¡Señor Danforth, él miente!
Proctor: ¡Miradla! Ahora buscará un grito para apuñalarme con él, pero...
Danforth: ¡Probaréis esto! ¡Esto no pasará!
Proctor (temblando, su vida derrumbándose a su alrededor): Yo la he conocido, señor, yo la he conocido.
Danforth: Vos... ¿Vos sois libertino?
Francis (horrorizado): John, tú no puedes decir tal...
Proctor: ¡Oh, Francis, quisiera que tuvieses algo de malo en ti, para que me conocieras! (A Danforth): Un hombre no echa a pique su buena reputación. Vos bien lo sabéis.
Danforth (alelado): ¿En... qué momento? ¿Dónde?
Proctor (su voz a punto de quebrarse, grande su vergüenza): En el sitio apropiado... donde se acuestan mis animales. En la noche que puso fin a mi alegría, hace unos 8 meses. Ella entonces me servía, señor, en casa. (Tiene que apretar los dientes para no llorar.) Un hombre puede creer que Dios duerme, pero Dios lo ve todo, ahora lo sé. Os ruego, señor, os ruego... vedla tal como es. Mi mujer, mi buena y amada esposa, poco después tomó a esta muchacha y la echó a la calle. Y siendo como es, un terrón de vanidad, señor... (Está agobiado.)Perdonadme, Excelencia, perdonadme. (Enojado consigo mismo, vuelve la espalda al Comisionado por un momento. Luego, como si el grito fuese el único medio de expresión que le quedase.) ¡Pretende bailar conmigo sobre la tumba de mi mujer! Y bien podría, puesto que fluí blando con ella. Dios me ayude, obedecí a la carne y en esos sudores queda hecha una promesa. Pero es la venganza de una ramera, y así tenéis que verlo; me pongo enteramente en vuestras manos. Sé que ahora habréis de verlo.
Danforth (pálido, horrorizado, volviéndose a Abigail): ¿Niegas esto, palabra por palabra, hasta el último ápice?
Abigail: ¡Si debo contestar a eso, me retiraré y no regresaré!(Danforth parece inseguro.)
Proctor: ¡He hecho de mi honor una campana! He tañido la ruina de mi reputación. ¡Me creeréis a mí, señor Danforth! ¡Mi mujer es inocente, sólo que reconocía a una ramera cuando la veía!
Abigail (adelantándose a Danforth): ¡Qué mirada es la vuestra!(Danforth no puede hablar.) ¡No permitiré tales miradas! (Se vuelve y se encamina hacia la puerta.)
Danforth: ¡Permanecerás en donde estás! (Herrick le corta el paso. Ella se detiene junto a él, sus ojos despiden fuego.) Señor Parris, id a la Corte y traed a la señora Proctor.
Parris (objetando): Vuestra Excelencia, todo esto es...
Danforth (bruscamente, a Parris): ¡Traedla! Y no le digáis una palabra de lo que aquí se ha hablado. Y golpead antes de entrar.(Parris sale.) Ahora tocaremos fondo en este pantano. (A Proctor.)Vuestra mujer, decís, es honesta.
Proctor: En su vida jamás ha mentido, señor. Hay quienes no pueden cantar, y quienes no pueden llorar... mi mujer no puede mentir. Mucho he pagado para aprenderlo, señor.
Danforth: Y cuando ella echó a esta muchacha de vuestra casa, ¿la echó por ramera?
Proctor: Sí, señor.
Danforth: ¿Y sabía que era una ramera?
Proctor: Sí, señor, sabía que era una ramera.
Danforth: Bien, pues. (A Abigail): ¡Y si también ella me dice que fue por eso, criatura, quiera Dios apiadarse de ti! (Alguien golpea. Hacia la puerta): ¡Un momento! (A Abigail): De espaldas, de espaldas. (A Proctor): Haced lo mismo. (Ambos se vuelven de espaldas. Abigail con indignada lentitud.) Ahora, ninguno de vosotros miréis a la señora Proctor. Nadie en esta habitación dirá una palabra, ni hará un gesto de sí o de no. (Se vuelve hacia la puerta y llama): ¡Entrad! (Se abre la puerta. Entra Elizabeth con Parris, Parris la deja. Queda ella sola, sus ojos buscando los de Proctor.) Señor Cheever, tomad nota de esta declaración con toda exactitud. ¿Estáis listo?
Cheever: Listo, señor.
Danforth: Aproxímate, mujer. (Elizabeth se le acerca echando una mirada hacia Proctor, que está de espaldas.) Mírame sólo a mí, no a tu marido. Sólo a mis ojos.
Elizabeth (débilmente): Bien, señor.
Danforth: Se nos ha hecho presente que en cierta ocasión, despediste a tu sirvienta Abigail Williams.
Elizabeth: Es verdad, señor.
Danforth: ¿Por qué causa la echaste? (Breve pausa. Luego Elizabeth trata de mirar a Proctor.) Mirarás sólo a mis ojos y no a tu marido. La respuesta está en tu memoria y no necesitas ayuda para dármela. ¿Por qué echaste a Abigail Williams?
Elizabeth (sin saber qué decir, presintiendo algo, se humedece los labios para ganar tiempo): Ella... no me satisfacía. (Pausa.) Ni a mi marido.
Danforth: ¿Por qué no te satisfacía?
Elizabeth: Ella era... (Mira a Proctor en busca de una clave.)
Danforth: ¡Mujer, mírame a mí! (Elizabeth lo hace.) ¿Era despilfarradora? ¿Haragana? ¿Qué inconvenientes causó?
Elizabeth: Vuestra Excelencia, yo... para esa época estaba enferma. Y yo... Mi marido es un hombre bueno y recto. Nunca se emborracha como otros, ni pierde su tiempo jugando al tejo, sino que siempre trabaja. Pero durante mi enfermedad..., comprendéis, señor, yo estuve enferma largo tiempo después de tener mi último niño y creí ver que mi marido se alejaba algo de mí. Y esta muchacha... (se vuelve a Abigail.)
Danforth: Mírame a mí.
Elizabeth: Sí, señor. Abigail Williams... (No puede continuar.)
Danforth: ¿Qué hay con Abigail Williams?
Elizabeth: Llegué a creer que ella le gustaba. Y así una noche perdí el juicio, creo, y la puse en la calle.
Danforth: Tu marido... ¿se alejó realmente de ti?
Elizabeth (torturada): Mi marido... es un hombre de bien, señor.
Danforth: Entonces, ¿no se apartó de ti?
Elizabeth (comenzando a mirar a Proctor): El...
Danforth (extiende un brazo y tomándole la cara): ¡Mírame a mí! ¿Sabes tú si John Proctor cometió alguna vez el crimen de libertinaje?(En una crisis de indecisión, ella no puede hablar.) ¡Contéstame! ¿Es tu marido un libertino?
Elizabeth (débilmente): No, señor.
Danforth: Llevadla, alguacil.
Proctor: ¡Elizabeth, di la verdad!
Danforth: Ha declarado. ¡Llevadla!
Proctor (gritando): ¡Elizabeth, lo he confesado!
Elizabeth: ¡Oh, Dios! (La puerta se cierra tras ella.)
Proctor: ¡Ella sólo pensaba en salvar mi nombre!
Hale: Excelencia, es una mentira comprensible; os ruego, deteneos ahora antes de que otro sea condenado. Ya no puedo acallar a mi conciencia... ¡La venganza personal se infiltra en este proceso! Desde el principio este hombre me impresionó como sincero. Por mi voto al Cielo, le creo ahora, y os ruego que volváis a llamar a su mujer antes de que nosotros...
Danforth: Nada dijo de libertinaje y este hombre ha mentido.
Hale: ¡Yo le creo! (Señalando a Abigail): ¡Esta muchacha siempre me impresionó como falsa! Ella ha...
Abigail (con un grito extraño, salvaje, escalofriante, chilla hacia el techo): ¡No! ¡No lo harás! ¡Fuera! ¡Fuera te digo!
Danforth: ¿Qué es, criatura? (Pero Abigail, señalando asustada, levanta sus ojos, su cara despavorida hacia el techo -las muchachas hacen lo mismo- y ahora Hathorne, Hale, Putnam, Cheever, Herrick y Danforth hacen lo mismo.) ¿Qué es lo que hay allí? (El aparta la mirada del techo y ahora está asustado; hay verdadera tensión en su voz):¡Criatura! (Ella está transfigurada; lloriquea con todas las muchachas, la boca abierta, fija en el techo la mirada.) ¡Chicas! ¿Por qué hacéis...?
Mercy (señalando): ¡En la viga! ¡Detrás del travesaño!
Danforth (mirando hacia arriba): ¡Dónde!
Abigail: ¿Por qué...? (Traga saliva.) ¿Por qué vienes, pájaro amarillo?
Proctor: ¿Dónde está el pájaro? ¡Yo no veo ningún pájaro!
Abigail (hacia el techo): ¿Mi cara? ¿Mi cara?
Proctor: Señor Hale...
Danforth: ¡Callaos!
Proctor (A Hale): ¿Veis algún pájaro?
Danforth: ¡¡Callaos!!
Abigail (al techo, en auténtica conversación con el “pájaro”, como tratando de convencerlo de que no la ataque): Pero es que Dios hizo mi cara; tú no puedes desear arrancarme la cara. La envidia es un pecado capital, Mary.
Mary (de pie, como por un resorte, y horrorizada, suplicando): ¡Abby!
Abigail (imperturbable, sigue con el “pájaro”): Oh, Mary, es magia negra eso de que cambies de aspecto. No, no puedo, no puedo impedir que mi boca hable; es la obra de Dios que estoy cumpliendo.
Mary: ¡Abby, estoy aquí!
Proctor (frenéticamente): ¡Están fingiendo, señor Danforth!
Abigail (ahora da un paso atrás como temiendo que el pájaro se lance hacia abajo en cualquier momento): ¡Oh, por favor, Mary! No bajes.
Susanna: ¡Sus garras! ¡Está estirando sus garras!
Proctor: ¡Mentiras, mentiras!
Abigail (retrocediendo más, los ojos aún fijos hacia arriba): ¡Mary, por favor, no me dañes!
Mary (A Danforth): ¡Yo no la estoy dañando!
Danforth (A Mary): ¿Por qué ve esta visión?
Mary: ¡Ella no ve nada!
Abigail (ahora petrificada, como hipnotizada, imitando el tono exacto del grito de Mary Warren): ¡Ella no ve nada!
Mary (suplicando): ¡Abby, no debieras!
Abigail y todas las muchachas (todas transfiguradas): ¡Abby, no debieras!
Mary (a todas ellas): ¡Estoy aquí, estoy aquí!
Muchachas: ¡Estoy aquí, estoy aquí!
Danforth (horrorizado): ¡Mary Warren! ¡Haz que tu espíritu las deje!
Mary: ¡Señor Danforth!
Muchachas (interrumpiéndola): ¡Señor Danforth!
Danforth: ¿Has pactado con el Diablo? ¿Has pactado?
Mary: ¡Nunca, nunca!
Muchachas: ¡Nunca, nunca!
Danforth (poniéndose histérico): ¿Por qué sólo pueden repetir lo que tú dices?
Proctor: ¡Dadme un látigo... yo lo detendré!
Mary: ¡Están jugando! Ellas...
Muchachas: ¡Están jugando!
Mary (volviéndose hacia ellas, histéricamente y pateando): ¡Abby, basta!
Muchachas (pateando): ¡Abby, basta!
Mary: ¡Basta ya!
Muchachas: ¡Basta ya!
Mary (gritando con toda la fuerza de sus pulmones y elevando sus puños): ¡Basta ya!
Muchachas (elevando los puños): ¡Basta ya!(Completamente confusa e impresionándose por la total convicción de Abigail y las otras, Mary comienza a sollozar, las manos semilevantadas, sin fuerza, y todas las muchachas comienzan a lloriquear exactamente como ella.)
Danforth: Hace un rato parecías sufrir tú. Ahora parece que hicieras sufrir a otros; ¿dónde has encontrado este poder?
Mary (mirando fijamente a Abigail): Yo... no tengo poder.
Muchachas: Yo no tengo poder.
Proctor: ¡Os están embaucando, señor!
Danforth: ¿Por qué has cambiado en estas dos semanas? Has visto al Diablo, ¿no es así?
Hale (indicando a Abigail y a las muchachas): ¡No podéis creerles!
Mary: Yo...
Proctor (viéndola debilitarse): ¡Mary, Dios condena a los mentirosos!
Danforth (machacándoselo): ¿Has visto al Diablo, has pactado con Lucifer, no es cierto?
Proctor: Dios condena a los mentirosos, Mary,(Mary dice algo ininteligible mirando a Abigail quien aún mira al “pájaro” arriba.)
Danforth: No puedo oírte. ¿Qué dices? (De nuevo Mary dice algo ininteligible.) ¡Confesarás o irás a la horca! (Violentamente, la obliga a encararse con él): ¿Sabes quien soy? Te digo que irás a la horca si no te franqueas conmigo.
Proctor: Mary, recuerda al ángel Rafael... “Sólo harás el bien y...”
Abigail (señalando hacia arriba): ¡Las alas! ¡Sus alas se abren! ¡Mary, por favor, no, no...!
Hale: ¡Vuestra Excelencia, yo no veo nada!
Danforth: ¡Confiesas tener este poder! (Está a un par de centímetros de su cara.) ¡Habla!
Abigail: ¡Va a descender! ¡Camina por la viga!
Danforth: ¡Hablarás!
Mary (mirando horrorizada): ¡No puedo!
Muchachas: ¡No puedo!
Parris: ¡Aparta al Diablo! ¡Míralo a la cara! ¡Pisotéalo! ¡Te salvaremos, Mary; sólo mantente firme ante él y...
Abigail (mirando hacia arriba): ¡Cuidado! ¡Se lanza hacia abajo!(Ella y todas las muchachas corren hacia una pared tapándose los ojos. Y ahora, como arrinconadas, dejan escapar un gigantesco griterío y Mary, como infectada abre la boca y grita con ellas. Poco a poco las muchachas se callan hasta que queda sólo Mary mirando al “pájaro”, gritando locamente. Todos la miran horrorizados por este acceso ostensible. Proctor se lanza hacia ella.)
Proctor: Mary, dile al Gobernador lo que ellas...(Apenas ha dicho una palabra cuando ella, viéndolo venir, escapa de su alcance, gritando horrorizada.)
Mary: ¡No me toquéis..., no me toquéis! (Al oírlo, las muchachas se detienen junto a la puerta.)
Proctor (sorprendido): ¡Mary!
Mary (señalando a Proctor): ¡Tú eres el enviado del Diablo! (El queda paralizado.)
Parris: ¡Dios sea loado!
Muchachas: ¡Dios sea loado!
Proctor (alelado): ¡Mary, cómo...!
Mary: ¡No me ahorcarán contigo! ¡Amo a Dios, amo a Dios!
Danforth (A Mary): ¿El te mandó cumplir la obra del Diablo?
Mary (histérica, indicando a Proctor): Viene a mí por la noche y todos los días, para que firme, que firme, que...
Danforth: ¿Que firmes qué?
Parris: ¿El libro del Diablo? ¿Vino con un libro?
Mary (histérica, señalando a Proctor, temerosa de él): Mi nombre, quería mi nombre. ¡”Te mataré”, dijo, “si mi mujer es ahorcada”! “¡Debemos ir a derrocar el tribunal”, me dice!(La cabeza de Danforth se inclina súbitamente hacia Proctor, el sobresalto y el horror dibujados en su rostro.)
Proctor (Volviéndose, suplicando a Hale): ¡Señor Hale!
Mary (comienzan sus sollozos): Me despierta cada noche, sus ojos como si fueran brasas, y sus dedos me atenazan el cuello, y yo firmo, yo firmo. ..
Hale: ¡Excelencia, esta criatura se ha vuelto loca!
Proctor (mientras los ojos dilatados de Danforth se posan en él):¡Mary, Mary!
Mary (gritándole): ¡No! Yo amo a Dios. No te seguiré más. Yo amo a Dios, yo bendigo a Dios. (Sollozando, corre hacia Abigail.) Abby, Abby, nunca más te dañaré. (Todos miran mientras Abigail, con infinita generosidad, extiende sus brazos, atrae hacia sí a la sollozante Mary y luego mira a Danforth.)
Danforth (a Proctor): ¿Qué sois? (Proctor en su furia está mudo.)Estáis combinado con el Anticristo, ¿no es cierto? Yo he visto vuestro poder; ¡no lo negaréis! ¿Qué tenéis que decir, señor?
Hale: Excelencia...
Danforth: No quiero nada de vos, señor Hale. (A Proctor.)¿Confesaréis que estáis emporcado con el Infierno, o es que aún observáis esa negra sumisión? ¿Qué tenéis que decir?
Proctor (sin aliento, con la mente enloquecida): ¡Digo... digo que... Dios ha muerto!
Parris: ¡Oíd, oídlo!
Proctor (ríe como un demente): ¡Fuego, arde un fuego! ¡Oigo la bota de Lucifer, veo su asquerosa cara y es mi cara y la tuya, Danforth! Para quienes se acobardan de sacar a los hombres de la ignorancia, como yo me acobardé y como vosotros os acobardáis ahora, sabiendo como sabéis en lo íntimo de vuestros negros corazones que esto es fraude... Dios maldice especialmente a los que son como nosotros, y arderemos... ¡Arderemos todos juntos!
Danforth: ¡Alguacil! ¡Llevadlo y a Corey con él; a la cárcel!
Hale (cruzando hacia la puerta): ¡Yo denuncio este proceso!
Proctor: ¡Estáis echando abajo el Cielo y entronizando a una ramera!
Hale: ¡Denuncio este proceso, abandono este tribunal! (Pega un portazo, yéndose.)
Danforth (llamándolo, enfurecido): ¡Señor Hale, señor Hale!

Cae el telón.