Pertegaz

El diseñador Manuel Pertegaz, uno de los grandes supervivientes de la moda en España, falleció el sábado en Barcelona a los 96 años. Su carrera, de más de siete decenios, es un espejo de los cambios culturales, sociales y estéticos que sufrió su oficio y también su país. Poco se parece el mundo del siglo XXI para el que confeccionó sus últimos trajes de boda a aquel en el que abrió su primera casa de costura, en 1942. Y, sin embargo, él quiso vestir a ambos.



A pesar de que en los últimos años mantuvo una vida muy retirada y discreta, sus colaboradores aseguran que se mantuvo en activo hasta 2012. Eso le convierte en el último de los grandes creadores españoles de alta costura de los años cincuenta en colgar la aguja. También podía presumir de ser uno de los que mayor reconocimiento obtuvo en vida. En febrero de 2004, el Museo Reina Sofía le dedicó una retrospectiva con gran acogida de público. “Estaba muy emocionado”, confirma Enrique Loewe, quien ejerció como secretario general de aquella exposición. Ese mismo año, Pertegaz recibió un encargo con sabor a galardón a una carrera: realizar el traje de novia de doña Letizia. Un lustro después se le concedió el primer Premio Nacional de Diseño de Moda que fue otorgado por el Gobierno. “Estoy azorado, aturdido y muy emocionado”, explicaba entonces desde su casa de campo en Cataluña.
Solía decir que el aislamiento de España en los años cuarenta obligó a los creadores de su tiempo a ser originales, ya que sin acceso a lo que se hacía fuera no había nada que copiar. “Por eso, como Balenciaga, al principio se fijó en el pasado, en la historia y en la corte española”, sostiene el periodista Pedro Mansilla. “Después, supo saltar muy bien a los años cincuenta y llegar a los sesenta siendo osado y atrevido”. Esas fueron sus décadas de mayor esplendor, cuando logró convertirse en una figura internacional y ocupar el trono de la alta costura española junto a Balenciaga, Pedro Rodríguez y Elio Berhanyer. “Si el estilo de Balenciaga bebía del Museo del Prado, el de Pertegaz era más francés”, defiende Berhanyer.



Contaba Pertegaz que en 1957 rechazó la oferta de la casa Christian Dior para suceder al diseñador tras su muerte, dejando el camino libre para el puesto al joven Yves Saint Laurent (1936-2008). Siete años después impresionó al mundo con un desfile en el Pabellón Español de la Exposición Universal de Nueva York. “Su trabajo era exquisito”, analiza el diseñador Juanjo Oliva (Madrid, 1972). “Su diseño y su técnica en los años cincuenta estaban al nivel de los grandes del momento, como Balenciaga o Dior”.
Todo un camino para un hijo de labradores nacido en 1917 en Olba (Teruel) y que empezó como aprendiz con 13 años en la sastrería Angulo de Barcelona. Desde niño destacó por su carácter y sus sofisticados gustos y apenas tenía 24 años cuando abrió en esa ciudad su propia firma de costura para mujer. Era el año 1942 y seis años después inauguró un segundo taller en Madrid. En 1969, en la cúspide de su producción, se calcula que empleaba a 700 personas.
“Destacó por su capacidad para adaptarse a los sucesivos cambios de paradigma que vivió en su larga carrera”, apunta Mansilla. “La lectura negativa es que de tanto variar los muebles puede pasar a la historia sin un estilo definido”. A pesar de los homenajes que obtuvo al final de su carrera, Mansilla sospecha que vivió “torturado” por no lograr alcanzar el genio creativo de Balenciaga. “Tuvo mucho éxito, pero la clase de reconocimiento que él ambicionaba eran unas líneas más en las enciclopedias de moda mundiales”.
Ya solo queda sitio para uno.
ELIO BERHANYER



En el castillo de irás y no volverás de los que hacíamos alta costura en España, primero entró Balenciaga, luego Pedro Rodríguez y ahora Manuel Pertegaz. Ya solo queda sitio para uno, que soy yo.
Los cuatro tuvimos que cerrar nuestras casas de alta costura debido a un impuesto de 1974 que hacía inviable el negocio, pero antes vivimos años de esplendor. A Madrid venían las revistas estadounidenses, como Vogue o Harper’s Bazaar, para fotografiar nuestros diseños. Y vendíamos a todos los grandes almacenes, tanto Pertegaz como yo tuvimos contrato con Bergdorf Goodman.
Me empeñé en organizar la exposición de 2004, de la que fui comisario, porque quería que la moda entrara en los museos. Esa era mi obsesión. ¿Con quién podía hacerlo? A Balenciaga ya le estaban haciendo un museo en Getaria y yo admiraba mucho a Pertegaz, como uno de los grandes puntales de la alta costura española. Así que Pertegaz me pasó una lista de sus clientas y recogí más de 160 trajes de los que luego seleccioné más de treinta. Pero me costó tres años lograr que me abrieran el museo para la muestra. Parecía imposible que la moda entrara allí. Me ofrecían cualquier otro espacio pero yo no aceptaba. Creo que al final lo logré por cansancio, aunque la exposición fue finalmente vista por decenas de miles de visitantes.

Un gran éxito para un gran señor, amigo y diseñador 
La sombra de Balenciaga (1895-1972) serpentea por toda su biografía y aunque Pertegaz no alcanzara la maestría académica del vasco, sí demostró gran resistencia, olfato y habilidad. De hecho, el mismo año en que Balenciaga cerró su casa de alta costura y se retiró para no plegarse a las demandas del nuevo sistema de confección, Pertegaz inauguró la primera de las cinco tiendas de prêt-à-porter que tendría en España. “Él fue de los pocos que pasó a tener licencias de complementos y otros productos”, señala Oliva. Su primer perfume, Diagonal, fue creado en 1965. En 1997, con 80 años, lanzó su primera colección para hombre y amplió su abanico de licencias.
La obligada transición a la producción en serie en los años setenta marcó el inicio de un declive para los costureros españoles al que Pertegaz no fue ajeno, a pesar de sus esfuerzos. Hace dos décadas abandonó el prêt-à-portery se refugió en su taller de la calle Diagonal, dónde seguía recibiendo pedidos sobre todo de trajes a medida para bodas. “Continúa haciendo alta costura porque le apasiona. No tiene afán de notoriedad”, explicaba en 2009 Juan María Roger, presidente de la compañía que gestiona las licencias con su nombre. “Por desgracia, cada día encuentra menos profesionales que asuman sus exigencias de perfeccionismo”.
El traje de novia de doña Letizia y la exposición proporcionaban un final dulce a una trayectoria ya muy dilatada. Pero él retrasó su retirada al máximo y, aunque hubo un intento fallido, nunca cuajó la idea de buscar un relevo creativo para su firma. “No comprendo esa necesidad de agotar un recorrido que ha alcanzado cotas altísimas”, reflexiona Oliva. “Me da pena porque eso termina por arrojar sombra al final de una carrera de forma innecesaria”. En este sentido, el caso de Pertegaz habla, una vez más, de la complejidad de transformar en éxitos empresariales las individualidades que tejieron la moda del siglo XX en España.
Se cierra la historia de un hombre que fue cronista de su tiempo. “Pertegaz cambió a una generación de mujeres españolas”, asegura la periodista Margarita Rivière. “Hizo alta costura juvenil y consiguió que las españolas dejaran de ser rígidas y tradicionales y pasaran a ser modernas. Las chicas de Pertegaz en los cincuenta, los sesenta y los setenta eran el futuro. Lo que hoy vemos en la calle”.

La lucha contra un gigante
ANTONI BERNAD


A pesar de que mi pena es muy grande, me reconforta el recuerdo de su energía y entusiasmo vital. Ha sido un hombre de una personalidad arrolladora con el que tuve la fortuna de establecer amistad. En sus comienzos le tocó batirse con un gran gigante: Balenciaga. Pero no se dejo intimidar. Procuró emularlo desde el respeto. Para Pertegaz la moda nunca fue una frivolidad, se empeñó siempre en crear cultura inspirándose, no solo en la calle como le gustaba decir, sino también en el arte, abarcando todas sus manifestaciones. En mi adolescencia el nombre Pertegaz ya era para mí todo un símbolo de calidad y belleza. Entonces no imaginaba que años más tarde mi primer trabajo profesional seria para él, ni tampoco, que nuestra colaboración no se interrumpiera jamás. Venero su fidelidad. Gran maestro y amigo al que doy las gracias.

Geishas









La era victoriana

La grandeza británica alcanza su cúspide con Victoria I de Inglaterra (1819-1901), quién subió al trono en 1837 y gobernó el Imperio Británico, devolviéndole la estabilidad a la corona. Su reinado es considerado uno de los más prósperos de su época, por lo cual llegó a convertirse en símbolo de un período que tomara su nombre: “la era victoriana”.


Con la reina Victoria en el poder (1837-1901), la dominación británica del mundo conocido hasta entonces, alcanzó niveles inusitados. Su reinado, convertido en emblema de la consolidación del Imperio Británico, fue testigo del ascenso de las clases medias y se caracterizó por una moralidad profundamente conservadora y un intenso nacionalismo.
Con el reinado de Victoria, Inglaterra realizó una serie de reformas electorales y sociales. La proliferación de las grandes empresas capitalistas había favorecido la toma de conciencia política de la clase obrera. A partir de inicios del siglo, las reformas fueron más radicales. En 1913, logró introducir una reforma electoral, en la cual extendió el sufragio de tal manera, que sólo quedaron sin votar las mujeres y los sirvientes.

La sociedad victoriana
Una gran rigidez moral caracterizó a la sociedad de dicho período histórico. La época victoriana tenía sed de vigor, de corrección, de dignidad y aspiraba a la estabilidad moral humana, de manera que el romanticismo, los sentimientos, las emociones, es decir, las “aventuras”, no provocaban sino desconfianza y desprecio. El buen burgués soñaba con el orden absoluto, con una sociedad donde las emociones y los sentimientos debían ocultarse y su utopía era la del capitalismo de un mercado de competencia perfecta.
La cultura burguesa creía ciertamente en la disciplina, el ahorro y el sentido práctico. Todos aquellos elementos conducían, de una forma u otra, hacia una sociedad ordenada, racional y sobria. Por ello, las formas y las buenas maneras eran requisitos indispensables para la promoción y desarrollo de una forma de vida civilizada, moral y con objetivos lúcidos. Ese era el ideario de la burguesía imperialista en la Inglaterra victoriana del siglo pasado. Todo buen inglés debía mostrar ante sus semejantes una conducta recta y honesta, a pesar de que aquellas virtudes, en muchos casos, fueran sólo una apariencia.
El desorden y la rebeldía eran considerados anarquía, pues constituían una forma de cuestionar el modo en que la burguesía industrial británica expresaba su visión del mundo, por lo que ésta debía ser reprimida a cualquier costo. Y como toda sociedad autoritaria, la burguesía industrial británica del siglo XIX vivía angustiada por impedir el desorden. Ni aún su vida privada le pertenece al presunto desordenado. Sus vicios y malas costumbres deben ser eliminados hasta en los lugares más secretos de su alcoba. 


La moda victoriana comprende las diversas tendencias en la cultura británica que surgió y creció en la provincia, en la época victoriana y el reinado de Victoria.
La Gran Exposición de 1851 tuvo un marcado impacto en la moda, sobre todo la decoración del hogar, e incluso movimientos de reforma social influenciado la moda, a través de la reforma del vestido y el vestido racional.

Surgieron muchos y variados métodos de producción y distribución de prendas de vestir en el transcurso del largo reinado de Victoria. 
En 1837, se fabricaron telas en las ciudades del norte de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Por lo general la ropa era hecha a medida por costureras, modistas, sastres, sombrereros, etc. y muchos otros comerciantes especializados, que servían en pequeñas tiendas a una clientela local. Las familias que no podían permitirse el lujo de encargarla a las modistas, hacían su propia ropa, o compraban ropa usada y la modificaban. 
En 1907, la ropa se elaboraba cada vez más en las fábricas y se vendía en grandes tiendas. Coser en casa era todavía significativo, pero fue disminuyendo poco a poco. 

La nueva maquinaria y los nuevos materiales cambiaron la ropa de muchas maneras.  

La introducción de la máquina de coser a mediados de siglo simplificó la confección de ropa en el hogar y en las boutiques. Ha permitido un ahorro de tiempo y ha ayudado en la creación de prendas que de modo manual hubiera sido excesivamente lento. 
Los nuevos materiales de las lejanas colonias británicas dieron lugar a nuevos tipos de prendas de vestir (como las botas de goma que se caracterizaban por su impermeabilidad). Los químicos desarrollaron nuevos, baratos y brillantes tintes, que desplazaron al de los animales y a los tintes vegetales. 
Para la mayoría, la época victoriana es todavía es un símbolo de represión sexual. La ropa de hombre era vista como formal y rígida, mientras la mujer tapaba todo su cuerpo incluso mostrar un tobillo podía llegar a ser escandaloso. Los corsés oprimían el cuerpo de la mujer y también sus vidas. Las casas se describen como tristes, oscuras, llena de grandes y excesivamente recargados muebles. 
La ropa era formal para hombre, menos colorida que en el siglo anterior. Los chalecos brillantes proporcionan un toque de color. Las batas de casa poseían a menudo ricos bordados orientales. La ropa de la mujer hace hincapié en su sexualidad, exagerando las caderas y el busto; en contraste, con una cintura pequeña. Los vestidos de noche desnudaban los hombros y la parte superior de los senos. 

Fue notorio los vestidos almidonados y con enagua de crinolina (falda circular con seis aros de acero flexible que abultaban el vestido) eran los que marcaban la pauta. Este pesado armatoste, obligó a los modistos a inventar algo más cómodo pero siempre dentro de los cánones de mujer pomposa, semejando a una muñeca de porcelana. Fue entonces como a principios del 1900 se formó el ideal de la "Chica Gibson", un personaje de caricatura que representaba el ideal femenino para aquel entonces y que se convirtió en toda un guía de vida. Su creador era por supuesto un hombre, el que atribuía a esta belleza los valores  y costumbres que los caballeros consideraban adecuadas para una dama. Éstas debían ser de pecho erguido, caderas anchas y nalgas sobresalientes, además de sumisas y obedientes. Poco después nació la mujer con forma de "S", las que ajustaron la falda para resaltar la figura, los peinados se subieron sobre la cabeza y los sombreros se adornaban con plumas. Para este momento comienza a nacer un nuevo ideal de mujer, que fue creado por ellas mismas y no por hombres. La nueva imagen era la de una mujer trabajadora, que luchaba por obtener el derecho a voto y que se inmiscuía en los asuntos que hasta entonces eran privilegio de los hombres. Esta nueva tendencia era representada por vestidos que se alejaron gradualmente del decorado haciendo mucho mas simple su confección. El traje de dos piezas, denominado "traje sastre", era lo más apropiado para los nuevos tiempos.
Fuente: designhistoriayestetica.blogspot.com.es

En traje de baño en los '50








Una casa junto al puerto de Mushole








Kenzo




Vestidos de 1910


La Mujer en la Edad Media

El principal problema que nos encontramos a la hora de definir la Historia de las Mujeres en la Edad Media, es su ausencia en las fuentes escritas, por lo que no es fácil rastrear sus actividades diarias, sus posicionamientos o pensamientos sino que lo poco que sabemos es a través de los escritos masculinos.
Por eso hay que ser cuidadosos a la hora de tener o no por válida la imagen que los clérigos, los únicos que sabían escribir, dan sobre la mujer. A pesar de esta dificultad, hoy en día conocemos a grandes figuras como Leonor de Aquitania, Juana de Arco o Christine de Pisan, así como muchos elementos de su vida cotidiana: podemos conocer qué comían, a qué se dedicaban, cómo cocinaban, qué vestían, etc.


Es realmente difícil determinar si hubo una evolución o un retroceso en la situación de la mujer en la Edad Media. Fueron diez siglos en los que la sociedad, la cultura y las costumbres sufrieron muchas variaciones. Por ejemplo, España comenzó el siglo VIII con tres religiones conviviendo: la judía, la musulmana y la cristiana, que son, además, tres formas distintas de pensar, entender, definir y construir a la mujer.
Si avanzamos en el tiempo, nos encontramos con una Europa - incluida España- cristiana, en la que la Iglesia va tomando poco a poco parcelas de poder; entre ellas, las referidas a la moral. Este orden se ve reforzado por un sistema social muy rígido, marcado únicamente por el nacimiento, donde las diferencias de clase son claras. Estos dos elementos, junto con la proliferación de obras que tratan sobre el carácter femenino, definirán la posición de la mujer a lo largo de la Edad Media.
La Iglesia tenía reservadas para la mujer dos imágenes que pretendía instaurar como modelo en una sociedad cada vez más compleja, que había que dirigir con mano de hierro si se quería controlar. La primera de ellas es la de Eva, que fue creada con la costilla de Adán y propició la expulsión de ambos del Paraíso. La segunda es la de María, que representa, además de la virginidad, la abnegación como madre y como esposa. Ambas visiones pueden parecer contradictorias pero no es sino la impresión general que tenemos de la época: lo ideal frente a lo real.

Ligado directamente a este aspecto, y teniendo en cuenta que la virtud más importante para la mujer es la castidad, la cuestión de la sexualidad es ampliamente tratada por el clero. Entorno a ella surgen distintos debates que siempre concluyen en el mismo punto de exigencia para la mujer: despojar al acto sexual de todo goce y disfrute para entenderlo como un deber conyugal, que tiene como objetivo la procreación. Es por tanto, sólo posible dentro del matrimonio y con el esposo, no estando permitida para la mujer, bajo pena de escarnio y muerte, las relaciones extramatrimoniales ni adúlteras. Lo que aún crea debate para los historiadores es si entre los matrimonios, y por tanto en la práctica sexual, existía o no el sentimiento de amor y si fuese así, qué sentido y dimensión tendría.
Si hacemos caso a los libros, el ideal de vida, de amor y de mujer era, como ya se ha visto, más idílica que real, en la que el Amor Cortés era el máximo exponente y la mujer la descrita en él: casta, prudente, trabajadora, honrada, callada y hermosa y sorprendentemente culta, capaz de entretener y sorprender a su caballero. No obstante, es posible encontrar diferencias entre las situaciones femeninas. Algunos historiadores apuntan que la edad es esencial a la hora de estudiar a las mujeres en esta etapa, ya que la sociedad exigía diferentes virtudes y comportamientos en cada momento de la vida. 


Casagrande va más allá: en el mundo medieval infancia y adolescencia se unen en una sola etapa, la de la virginidad… es considerada una etapa transitoria, incompleta, preparatoria para la siguiente, que se caracteriza por la reproducción"

Si nos referimos al físico, como en los saberes y la literatura, se impone el modelo clásico: la figura femenina de las esculturas romana donde las mujeres poseen un vientre abultado y generosos pechos, símbolo de la fertilidad así como una figura algo redonda signo de su clase social. Además gusta la mujer de piel clara que no ha ennegrecido trabajando al sol, de cabellos rubios y rizados, limpios y cuidados. Si tenemos en cuenta las duras condiciones de vida y la casi inexistencia de cosméticos, podemos considerar que se impusieron unos cánones muy extremos, paralelos a la idealización que se hace del amor y de las relaciones de pareja. Posiblemente sea consecuencia de que es la visión que impusieron los hombres religiosos, lejos de la realidad, y por tanto, lejos de las mujeres reales de ese tiempo.
Desde el punto de vista social, podríamos hacer una triple diferenciación en cuanto a la posición de las mujeres en él: la mujer noble, la campesina y la monja. La primera de ellas era la única que podía gozar de grandes privilegios y la que, si fuese posible, podría alcanzar un mayor reconocimiento.
Era el centro del hogar donde se encargaba no sólo del cuidado de los hijos y su educación sino que también de la organización de los empleados que trabajasen para ellos, del control de la economía y en ausencia de su marido, bastante común en la época por las guerras o las cruzadas, o por quedar viuda, era la encargada, como administradora, de tomar las decisiones en sustitución de su marido. La realidad era, según algunos especialistas, que las necesidades que tenían en el del día a día nos permiten conocer ejemplos a través de documentos-diarios, contabilidades del hogar, permisos especiales, etc.- sobre ciertas mujeres que ejercían como lo hicieran sus maridos o que incluso podían llegar a alcanzar un gran poder social.
El día de la mujer noble podía llegar a ser agotador dependiendo de las posesiones que tuviese que dirigir, de sus empleados y del número de familia. De cualquiera de las formas, era un trabajo más complicado de lo que la literatura clásica ha dado a entender. No obstante, el dinero o el prestigio no hacía que estas mujeres fueran plenamente felices y es que se jugaba con ellas desde que eran utilizadas como moneda de cambio a través de las uniones matrimoniales, que servían para sellar pactos estratégicos o políticos, y así aumentar las posesiones de uno u otro hombre. A la mayor parte no se les permitía intervenir en política y, aunque eran las transmisoras de la dote, según la Legislación, no podían gozar de ella ni en su estado de casadas, solteras o viudas, porque pertenecían al padre, al esposo o al hijo.
Pero, sin lugar a dudas, era la mujer campesina medieval la que más duras condiciones de vida tuvo que soportar: dentro del hogar era la encargada de la cocina, de las ropas, de la limpieza, de la educación de los hijos, etc. Fuera de él debía ocuparse del ganado y del huerto, cuando no debía trabajar también en las tierras de cultivo. Si por el contrario la mujer residía en la ciudad, además de ocuparse de su familia y la casa, debía hacerlo del negocio familiar o ayudar a su marido en cualquiera de las actividades que éste llevase a cabo. Si ambos cobraban un salario, el de la mujer era notablemente menor, a pesar de que realizasen los mismos trabajos. 
Este hecho es especialmente lacerante cuando la mujer es soltera o viuda y deja el hogar para trabajar, normalmente en el servicio doméstico- representa la mayoría-, en el hilado, o como lavandera o cocinera. Pero también lo hace, como decimos, en el campo como braceras o jornaleras.

Por último, la mujer que opta por dedicar a Dios su vida es una mujer que ha cometido pecados en su vida y quiere redimirse, o bien una segundona que ha visto cómo su dote se ha ido con una hermana mayor, o simplemente una mujer que ve el convento como salida a un casi seguro matrimonio pactado. Esta mujer ha sido la que más expectación ha generado en la historiografía, derivada de las particularidades de los conventos y la relativa libertad que se vivían dentro de ellos.
Un caso especial muy estudiado también, lo suponen las beguinas, mujeres que dedican su existencia a la religión pero que lejos de ingresar en un convento, mantienen su vida cotidiana fuera de éste. Estas mujeres pretendían tener un contacto inmediato con Dios, sin intermediación de la Iglesia, para establecer un diálogo directo con Él. Del mismo modo, se dedicaban a la defensa y el cuidado de los pobres, de los enfermos y los huérfanos, y a un campo poco común, el del conocimiento: traducían obras religiosas a lenguas comunes.

La Educación es uno de esos campos en los que la mujer tiene cierto espacio en la Edad Media. Era ella, desde que la mayoría de la población es analfabeta, la encargada de transmitir la cultura y los conocimientos que poseía a los hijos y las hijas. Si nos referimos a las nobles, hoy en día sabemos que la mayoría de ellas sí cultivaron los saberes. Dominando la escritura y la lectura, aprendieron otras lenguas, se instruyeron en ciencias, y en música. Por el contrario, el acceso a la educación para las clases bajas fue mucho más complicado, especialmente en las zonas rurales.
De cualquier forma y a pesar de los conocimientos que tuviesen o su clase social, las instruían en la religión y las enseñaban a organizar un hogar. A las niñas plebeyas las iniciarán en la costura, el hilado y las tareas del huerto y el ganado y si tenían un negocio familiar, a las labores que debían desempeñar. A las nobles se las mostraba cómo dirigir al servicio así como buenos modales y el saber estar.
Las monjas eran las más afortunadas entre todas las mujeres si a la educación nos referimos ya que podían llegar incluso a conocer el latín y el griego y por tanto a leer y escribir. A pesar de que no era lo común, hoy en día sabemos de mujeres que retando a su tiempo, escribieron desde los conventos: Hildegarda de Bingen o Gertrudis de Helfta. Debieron enfrentarse a un cuestionamiento ya que se consideraban sin rigor por el simple hecho de ser mujeres.
Se las consideraba también con menor inteligencia, menos capacidades: las prescripciones o normas que debían seguir las mujeres, independientemente de su edad o clase social, se regían por libros de los monasterios o de la Antigüedad. Destacan las obras de fisiología que argumentaban que la diferencia entre sexos era una cuestión biológica: a las mujeres les atribuían unos humores fríos y húmedos, mientras que a los hombres se les consideraba calientes y secos, la perfección y medida de todas las cosas.
La naturaleza de las mujeres les hacía no sólo ser más débiles en los aspectos morales, sino también en los físicos, porque podía ser causante de todas sus enfermedades, entre ellas la menstruación -que no era sino todo aquello demoniaco que la mujer expulsaba por la vagina-.

Estos tratados fisiológicos, junto con otros escritos sobre moral y costumbres, así como una regulación jurídica muy negativa para la mujer, hicieron de la Edad Medía, en su mayoría, una etapa oscura, de austeridad y de prohibiciones para la mujer, en la que su comportamiento estuvo medido por la institución de la Iglesia como único garante del buen orden social y vigilado por los maridos como ejecutores de las normas. Pero también hubo luces.


En la actualidad se han multiplicado los estudios sobre esta época y sabemos gracias al trabajo de muchas historiadoras, de grandes mujeres que retaron a su tiempo o de actividades en las que la mujer era el centro. Una de ellas era la medicina familiar de la que las mujeres, especialmente aquellas rurales, tenían un conocimiento de las plantas y los remedios que podían utilizarse para curar las enfermedades.
Es por tanto una etapa de luz y de sombras, de pasos hacia delante y hacia atrás donde, desgraciadamente, la posición de la mujer fue de inferioridad pero donde, las mujeres buscaban huecos, agujeros por los que salir. (Autora del texto del artículo/colaboradora de ARTEGUIAS:
Ana Molina Reguilón

Celebrando el Día de la Mujer hace 40 siglos


Por regla general solemos dar por supuesto que el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, o Día Internacional de la Mujer, es un invento del siglo XX. Sin embargo, observando la historia antigua podemos encontrarnos con la sorpresa de que el pasado siglo no fue el de la invención de los derechos de la mujer sino, en ocasiones, de la recuperación de los mismos.
En la antigua Sumeria las mujeres tenían una serie de derechos que no recuperarían hasta siglos más tarde. Por ejemplo, se les permitía estudiar (si podían pagarse las clases, claro) y, sobre todo, podían vivir de su trabajo, ya que no sólo se les permitía ejercer oficios de todo tipo, sino que lo que ganaban era de su propiedad. Conocemos numerosos casos de mujeres trabajadoras y muchas tablillas con contratos comerciales aparecen con firmas femeninas. Las reinas y princesas de las primeras dinastías disponían de sus propias oficinas personales, con sus escribas particulares, al margen de sus maridos (los escribas constan como “servidores” de ellas, y no de ellos). Desde esas oficinas dirigían negocios en los que su esposo no metía baza, salvo para beneficiarse por estar casados con ellas. Algunas de estas mujeres hicieron rico al cónyuge, como el caso de las reinasTashlultum, esposa de Sargón de Akkad (primer monarca acadio) y Tutasharlibish, esposa de Sharkalisharri (quinto monarca acadio), que comerciaban con grano y piedra de construcción, respectivamente.

Fuera del marco de la realeza nos topamos con casos como el de Ashag, esposa de un alto sacerdote del Templo de Ur, que se enriqueció vendiendo trigo; o el de Ninkhula, esposa de un gobernador de Umma en la III Dinastía de Ur, que comerciaba con pieles, grano, oro y perfume. Incluso, descubrimos curiosos casos de “multinacionales” de la época, como la que compartían la ya citada Ninkhula y la consorte real Nimkalla, que tenía delegaciones comerciales en toda la ruta comercial desde la frontera sur en Lagash hasta la norte en Mari (lo que hoy sería el territorio entre la frontera de Iraq-Irán, junto al Golfo Pérsico, y la zona limítrofe entre Siria y el sur de Turquía).
Entre la gente humilde, las mujeres realizaban toda clase de actividades comerciales y practicaban oficios que durante siglos se considerarían “masculinos”, como la carpintería o el tallado de estatuas. Curiosamente, en la cultura sumeria determinadas labores se consideraban muy “femeninas”, aunque los hombres no estuvieran excluidos de las mismas, como la de herborista (los farmacéuticos de la época), la de perfumista o la de masajista. Debe advertirse que los masajistas de esos tiempos estaban muy cercanos a la medicina, por el uso que hacían de aceites esenciales. Y en este campo de la salud podemos destacar en la III Dinastía de Ur a Kubatum, Zamena y Ummeda, todas ellas doctoras. También era algo muy popular que las mujeres de clase baja poseyeran tabernas, a veces dando salida al vino que ellas mismas producían en tierras pertenecientes a su dote matrimonial.
A modo de resumen, se puede señalar que conocemos dos tablillas donde se indica la existencia de 13.000 mujeres trabajadoras en la ciudad de Ur durante la II Dinastía de Ur y de 7.000 mujeres trabajadoras en la ciudad de Lagash en la III Dinastía de Ur. Y es en este marco de trabajo femenino, en el que encontramos un primer caso de celebración en honor de las mujeres trabajadoras. Al fallecer Gemen-Ninlila, que era consorte del rey Shulgi, segundo rey de la III Dinastía de Ur, éste decreta, en honor de la fallecida, siete días de descanso laboral para las mujeres trabajadoras del reino. Tras la muerte de otra consorte, Eanisha, vuelve a decretar otros siete días de asueto. Ambas consortes habían sido empresarias de éxito (y le habían reportado una buena cantidad de beneficios).
Así pues, cuando celebréis el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, ya sabéis en honor de quién hay que brindar con unas cervecitas.
Colaboración de Joshua BedwyR autor de  En un mundo azul oscuro Imagen: Historia de la mujer


Fuente: Historias de la historia

La higiene personal de hace 5000 años

Perfume romano

Algunas costumbres nunca cambian. Desde los tiempos más remotos, el ser humano se dio cuenta de que algunos de sus acompañantes despedían un desagradable olor a chotuno, con lo que tuvo que poner su ingenio a solucionar el problema.
Los sumeroacadios, por aquello de vivir en una tierra plagada de canales, parece ser que fueron aficionados a lavarse. Curiosamente, se han encontrado pocas pruebas físicas de ello: tuberías de cerámica en el Palacio de Mari y una sala de baños en la ciudad de Umma. Es problemático localizar más restos porque las ciudades sumerias aparecen convertidas en un revoltijo de adobes, siendo muy difícil determinar si un trozo de pared perteneció a un palacio, a un almacén o a un templo. Sin embargo, en la literatura de los dos ríos encontramos pruebas de que practicaban métodos de limpieza. Aparte de algunos libros de medicina, en un poema de la hierogamia bastante popular, se nos describe minuciosamente el proceso del baño de una sacerdotisa.
La gente pobre y humilde podía recurrir al viejo sistema de frotarse con ceniza o barro y enjuagar luego la piel con agua de algún pozo. Los canales en Sumer solo se utilizaban para nadar o viajar por ellos, pues eran tan apreciados que las leyes prohibían hacer aguas mayores y menores en los mismos bajo pena de castigos muy duros.

Si la persona era más acomodada, se untaba el cuerpo con aceite de oliva, y luego se frotaba la piel retirando aceite y suciedad. Las mujeres se echaban en las piernas aceitadas un polvo de sosa muy diluida y ceniza de incienso frotando luego con una piedra pómez, lo que constituía un sistema de depilación. Eso sí, luego debían recurrir a cremas hidratantes, muchas de las cuales tenían entre sus componentes la leche de almendras y la harina de avena.
La clase alta, cómo no, recurría a sistemas más sofisticados. Se comenzaba por el untado con aceite de oliva, y luego se frotaba sobre la piel aceitada un polvo negruzco compuesto por varios ingredientes como la ceniza de incienso y la de lo que ellos denominaban “madera de agua”. ¿De qué planta procedía? ¡Misterio! Hasta el día de hoy no se ha podido averiguar. Lo cierto es que actualmente sabemos que mezclar una grasa (aceite) con un álcali (ceniza vegetal) aplicando calor (frotar, por ejemplo), produce… jabón. En suma, los sumeroacadios acomodados hacían uso de un jabón primitivo para lavarse.
Los extremadamente acomodados recurrían también al agua blanquecina, y ligeramente jabonosa, que queda tras el primer lavado de la lana recién esquilada. Habían descubierto que no solo dejaba la ropa limpia, sino que la piel quedaba tersa y bonita. Hoy día sabemos que uno de los ingredientes de dicha agua es la Lanolina, que se incluye en cremas cosméticas.

Y para finalizar, a nadie debe extrañar que, como dije antes, las mujeres sumeroacadias se depilaran las piernas. Se consideraba de buen gusto. Eso sí, solamente se depilaban esa parte del cuerpo. Toda jovencita de los dos ríos se deshacía en gritos de gruppie ante la vista de un fornido mocetón con piernas pilosas, pecho de camionero en área de descanso, larga barba (rizada en el caso de los acadios) y cabeza rasurada (sumerios) o un coqueto moño (acadios). En cuanto al Ken de turno, aullaba a la Luna si su Barbie salía de fiestuki luciendo un vistoso entrecejo (las que no tenían, se lo pintaban).
Y es que, aunque algunas costumbres no cambian, otras, en cambio, lo hacen cantidad.


Colaboración de Joshua BedwyR autor de En un mundo azul oscuro

De pura lana


Street Style in 1906 por Edward Linley Sambourne