Jean Patou








Modisto y diseñador francés, nacido en Normandía en 1880 y desaparecido prematuramente en 1936.
Nacido en una familia de curtidores, su tío tenía una empresa peletera en la que empezó a trabajar en 1907. Cinco años más tarde abrió una pequeña tienda de confección en París, la Maison Perry, en la que empezó a diseñar sus colecciones. La guerra interrumpió esta prometedora carrera; luchó como capitán de infantería y, en 1915, tomó parte en la batalla de Dardanelos, con el cuerpo de elite de los zuavos. Esta experiencia le marcó para el resto de su vida pues el joven despreocupado y alegre que era tuvo oportunidad de conocer el miedo y el horror de la guerra.
En 1919 volvió a París y reanudó su negocio, esta vez con su propio nombre. Abordó su actividad de modisto desde una nueva perspectiva: adaptar la moda a los nuevos tiempos que se vivían. Así pues, se convirtió en un empresario consciente de que para hacer triunfar su negocio había que arriesgar. Sabía que había perdido muchas de sus antiguas clientas, parte de las cuales se habían puesto en manos de Coco Chanel, atraídas por las renovadoras ideas de la francesa. Tomó entonces la decisión de dejar a su rival la clientela más moderna, mientras él optaba por atraerse a la alta sociedad. Para ello contrató a un equipo de colaboradores extraordinarios, que supieron transmitir el cambiante espíritu de los años veinte y convirtieron su moda en el símbolo del período de entreguerras. En su siguiente colección presentó vestidos de estilo pastoril, con faldas acampanadas, muchas veces bordadas al estilo ruso.
Patou se caracterizó por su simplicidad en las líneas y los colores, un estilo deportivo y sencillo que pronto triunfó en los Estados Unidos y en las elegantes villas de Montecarlo, Biarritz o Deauville. La clave de su diseño era la sencillez, que se resumía en el talle natural y la silueta simple. Él fue el creador de los suéters a rayas blancas y azules combinados con faldas plisadas y del nuevo estilo de traje de baño; también fue el primero en comprender la importancia de los accesorios, a los que él denominaba "futesas", y en firmar éstos con su anagrama artístico, de tal forma que sus modelos y complementos fueran siempre reconocibles. Empresario, como se dijo antes, a quien no le importaba arriesgar, hizo desfilar en 1924 a seis maniquíes norteamericanas en alta costura, algo impensable en aquel tiempo, pues la morfología de americanas y europeas era diferente. En 1929 presentó la líneaprincesa, vestidos rectos sin corte a la cintura, lo que daba la impresión de que ésta se hallaba a la altura de las caderas.
Fue también un apasionado amante, que hizo de sus pasiones femeninas sus modelos y embajadoras. Una de ellas fue la tenista Suzanne Lenglen, quien lució sus modelos dentro y fuera de la pista. Causó sensación entre el público femenino cuando se presentó en la pista de tenis de Wimbledon con una falda blanca plisada hasta la rodilla y un cárdigan sin mangas, un modelo que hoy día continúa siendo de plena actualidad.
No es de extrañar, por tanto, que cuando el modisto decidiera crear sus propios perfumes, allá por el año 1925, los nombres de éstas evocaran las tres etapas del amor: Amour-amour, Que sais-je? y Adieu sagesse; asimismo, estos tres perfumes estaban pensados especialmente para los tres tipos de mujer: Amour-amour era una fragancia embriagante pensada para las pasionales mujeres morenas, Que sais-je? fue una composición floral destinada a las rubias, y Adieu sagesse, con notas fuertemente especiadas, destinado a las sensuales pelirrojas.
Él fue el primero en lanzar un perfume unisex, Le sien, pensado para hombres, pero también para las mujeres modernas de la época, que jugaban al golf, fumaban y conducían automóviles. Sin embargo, Patou no estaba todavía contento; deseaba una creación única, una especie de buque insignia de su firma, como lo había sido elnº 5 para Chanel. Así, junto a su amiga y consejera Elsa Maxwell y su perfumista Henry Almeras, se aplicaron en lograr un aroma único e inimitable que fue, por fín, un compuesto de esencias de rosa y jazmín, cuyo elevado precio lo convertía en prácticamente invendible. Ésta fue, sin embargo, la carta que jugó Patou que, amante del peligro como era, decidió arriesgar con una clientela adinerada que podía permitirse este lujo en medio de la crisis que sacudía el mundo. Bautizó su perfume Joy y lo sacó a la venta con el siguiente eslogan: "Joy, el perfume más caro del mundo".
Animado por este éxito, continuó lanzando al mercado nuevos aromas, siempre bajo la idea del símbolo: en 1935 creó Normandie para el lanzamiento del famoso barco;Vacances llegó un año después, en 1936, para conmemorar los primeros despidos pagados a raíz de la crisis, Colony en1938, cuando en vísperas de la guerra europea todo el mundo deseaba huir a ultramar, a cualquier parte que no fuera el continente,L'Heure attendue en 1946 para celebrar la liberación del país tras la guerra y Calineen 1964.
Desde 1919 hasta su muerte, Patou fue un gigante del mundo de la moda, tanto en alta costura como en confección. Su casa continuó abierta tras su muerte, dirigida por miembros de su familia y con los diseñadores Marc Boham, Karl Lagerfeld, Pipart y Lacroix. Fuente: mcnbiografias.com


Tavi Gevinson y la moda twee


Lamento decirlo en la primera línea pero el hipsterismo está en las últimas. Una nueva sensibilidad moderna se nos viene encima y, según sus ideólogos, ha provocado una revolución cultural y social similar a la que acarreó el estallido punk o la irrupción del hip-hop.
Se trata de un movimiento que arrasa en Estados Unidos gracias a iconos como Wes Anderson o Zooey Deschanel llamado twee, que es como los bebés pronuncian la palabra sweet (dulce). Este calificativo tan dadá define a los jóvenes simpáticos, educados, comprometidos, sensibles y nada engreídos. También admite a entusiastas de cervezas locales, galletas artesanales, mermeladas caseras, estética aniñada, cine de culto, verduras biológicas e incluso animales (si es un pájaro, mejor) a los que cuidar con mimo.
La culpa la tiene el último libro del prolífico Marc Spitz, Twee: the gentle revolution in music, books, television, fashion and film (twee: la apacible revolución en la música, los libros, la televisión, la moda y el cine), publicado por It Books. 350 páginas en las que traza la morfología de un movimiento ecléctico y un recorrido por los vectores de la historia twee: Anna Frank, Buddy Hollie, Belle & Sebastian y otras figuras que marcan la ruta por este melancólico universo de más de 70 años. De hecho, el autor considera a Walt Disney un precursor: “La estética twee nace después de la Segunda Guerra Mundial y gente como él apostaron por la fantasía”.
Spitz certifica que los twees no tienen capacidad para la maldad, pero es inevitable que sean anti-hipster y detesten lo cool. El conflicto que se avecina promete. Según él, los hipsters se creen intelectualmente superiores, carecen de conciencia ecológica o salen sin freno por las noches, mientras que un twee visita a menudo a su abuela, recicla, mantiene los vínculos con su infancia, no es cruel, respeta a los geeks (fans de la tecnología), protege a los nerds (fascinados por el estudio o algún tema específico), pasea en bicicleta, puede enamorarse hasta la taquicardia de una página web e incluso podría identificarse con la virginidad.
Tanto se habla de ello que el periodista James Parker ha dedicado una página en la revista mensual The Atlantic para crear su propio panteón twee en el que destaca dos ancestros: Kurt Cobain, el “Elvis del twee”, por su actitud antihomófoba, sus uñas pintadas, su “Grandma, take me home” (abuela, llévame a casa); y J. D. Salinger, por haber vivido los horrores de la guerra como soldado y luego crear al eterno Holden Caulfield.
En un entrevista a Q&A, Marc Spitz argumenta que el movimiento tiene muchas caras, “hay gente como Tavi Gevinson (musa adolescente, superdotada de la moda) o Morrissey, el verdadero rey…, todos sabemos qué pertenece a la comunidad twee y qué no. Quería titular el libro Generation twee porque hubiera atrapado inmediatamente y vendería más, pero, siendo honesto, no podía, porque no hay solo una generación”.

Tras analizar tantos conceptos llamo a una amiga a la que identifico con el movimiento, pero su respuesta me confunde: “Yo no soy eso, soy académica, anarquista y vegana. Deberías llamar a mi amiga la ilustradora Raquel Aparicio”. Qué difícil es ponerse de acuerdo para hacer la revolución. Acudo a Raquel, y ella sí, se acerca: “Vale, soy twee en todo menos en lo de la virginidad”. Vaya, siempre falla algo. Fuente: El País


La investidura o vestimenta interior de los mormones


Las investiduras mormonas, que también se conocen como “ropa interior de los mormones”, son ropa interior usada por los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días como un símbolo de los convenios sagrados hechos con Dios. El la cultura mormona, el término “investiduras” ha sido adaptado para referirse a la ropa interior especial.
Cuando los miembros de la Iglesia entran al templo mormón por primera vez, ellos empiezan a usar esta ropa interior en lugar de otra ropa interior, y prometen continuar usándola de noche y de día por el resto de sus vidas. Esto representa un convenio con Dios de que ellos continuarán siendo fieles y obedientes a los mandamientos de Dios y a los convenios especiales hechos dentro del  templo.
Las investiduras son blancas, simbolizando pureza, (con excepción de la ropa designada a usarse por aquellos que activamente sirven en el ejército los cuales son verde oliva) y son hechas de diferentes telas: algodón, algodón/poliéster, seda, etc. Algunas tienen dos partes, (arriba y abajo) la de arriba cubre los hombros y la parte de abajo se extiende hasta las rodillas. Esto es para promover la modestia en el vestir. Son usadas pegadas a la piel y cubiertas completamente con la vestimenta exterior. Se quitan cuando sería inapropiado usarlas para alguna actividad. Naturalmente, se quitan al bañarse y nadar, y también pueden quitárselas debido a actividades extremas como el fútbol, baloncesto y otros ejercicios rigurosos de acuerdo a como la persona que las usa lo estime.

La práctica de usar vestimenta religiosa comenzó con Adán y Eva. La Biblia dice, “Y Jehová hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió”. (Génesis 3:21) cuando ellos descubrieron que estaban desnudos. Los mormones visten sus investiduras en este mismo contexto, como una instrucción de Dios. De la misma manera que los de la fe Judía usan el yarmulke, los padres o sacerdotes usan un collar especial, o el vestuario de las monjas, las investiduras usadas por los mormones significan la religión específica a la que pertenecen y son un símbolo de la devoción a Dios.

Fundamentos de la sastrería


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Manual de corte y confección para descargar


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Vestidos de ensueño XXXL: los patrones de Tina Givens







sewtinagivens.com

Moda femenina: 1900 a 1018
















Pertegaz

El diseñador Manuel Pertegaz, uno de los grandes supervivientes de la moda en España, falleció el sábado en Barcelona a los 96 años. Su carrera, de más de siete decenios, es un espejo de los cambios culturales, sociales y estéticos que sufrió su oficio y también su país. Poco se parece el mundo del siglo XXI para el que confeccionó sus últimos trajes de boda a aquel en el que abrió su primera casa de costura, en 1942. Y, sin embargo, él quiso vestir a ambos.



A pesar de que en los últimos años mantuvo una vida muy retirada y discreta, sus colaboradores aseguran que se mantuvo en activo hasta 2012. Eso le convierte en el último de los grandes creadores españoles de alta costura de los años cincuenta en colgar la aguja. También podía presumir de ser uno de los que mayor reconocimiento obtuvo en vida. En febrero de 2004, el Museo Reina Sofía le dedicó una retrospectiva con gran acogida de público. “Estaba muy emocionado”, confirma Enrique Loewe, quien ejerció como secretario general de aquella exposición. Ese mismo año, Pertegaz recibió un encargo con sabor a galardón a una carrera: realizar el traje de novia de doña Letizia. Un lustro después se le concedió el primer Premio Nacional de Diseño de Moda que fue otorgado por el Gobierno. “Estoy azorado, aturdido y muy emocionado”, explicaba entonces desde su casa de campo en Cataluña.
Solía decir que el aislamiento de España en los años cuarenta obligó a los creadores de su tiempo a ser originales, ya que sin acceso a lo que se hacía fuera no había nada que copiar. “Por eso, como Balenciaga, al principio se fijó en el pasado, en la historia y en la corte española”, sostiene el periodista Pedro Mansilla. “Después, supo saltar muy bien a los años cincuenta y llegar a los sesenta siendo osado y atrevido”. Esas fueron sus décadas de mayor esplendor, cuando logró convertirse en una figura internacional y ocupar el trono de la alta costura española junto a Balenciaga, Pedro Rodríguez y Elio Berhanyer. “Si el estilo de Balenciaga bebía del Museo del Prado, el de Pertegaz era más francés”, defiende Berhanyer.



Contaba Pertegaz que en 1957 rechazó la oferta de la casa Christian Dior para suceder al diseñador tras su muerte, dejando el camino libre para el puesto al joven Yves Saint Laurent (1936-2008). Siete años después impresionó al mundo con un desfile en el Pabellón Español de la Exposición Universal de Nueva York. “Su trabajo era exquisito”, analiza el diseñador Juanjo Oliva (Madrid, 1972). “Su diseño y su técnica en los años cincuenta estaban al nivel de los grandes del momento, como Balenciaga o Dior”.
Todo un camino para un hijo de labradores nacido en 1917 en Olba (Teruel) y que empezó como aprendiz con 13 años en la sastrería Angulo de Barcelona. Desde niño destacó por su carácter y sus sofisticados gustos y apenas tenía 24 años cuando abrió en esa ciudad su propia firma de costura para mujer. Era el año 1942 y seis años después inauguró un segundo taller en Madrid. En 1969, en la cúspide de su producción, se calcula que empleaba a 700 personas.
“Destacó por su capacidad para adaptarse a los sucesivos cambios de paradigma que vivió en su larga carrera”, apunta Mansilla. “La lectura negativa es que de tanto variar los muebles puede pasar a la historia sin un estilo definido”. A pesar de los homenajes que obtuvo al final de su carrera, Mansilla sospecha que vivió “torturado” por no lograr alcanzar el genio creativo de Balenciaga. “Tuvo mucho éxito, pero la clase de reconocimiento que él ambicionaba eran unas líneas más en las enciclopedias de moda mundiales”.
Ya solo queda sitio para uno.
ELIO BERHANYER



En el castillo de irás y no volverás de los que hacíamos alta costura en España, primero entró Balenciaga, luego Pedro Rodríguez y ahora Manuel Pertegaz. Ya solo queda sitio para uno, que soy yo.
Los cuatro tuvimos que cerrar nuestras casas de alta costura debido a un impuesto de 1974 que hacía inviable el negocio, pero antes vivimos años de esplendor. A Madrid venían las revistas estadounidenses, como Vogue o Harper’s Bazaar, para fotografiar nuestros diseños. Y vendíamos a todos los grandes almacenes, tanto Pertegaz como yo tuvimos contrato con Bergdorf Goodman.
Me empeñé en organizar la exposición de 2004, de la que fui comisario, porque quería que la moda entrara en los museos. Esa era mi obsesión. ¿Con quién podía hacerlo? A Balenciaga ya le estaban haciendo un museo en Getaria y yo admiraba mucho a Pertegaz, como uno de los grandes puntales de la alta costura española. Así que Pertegaz me pasó una lista de sus clientas y recogí más de 160 trajes de los que luego seleccioné más de treinta. Pero me costó tres años lograr que me abrieran el museo para la muestra. Parecía imposible que la moda entrara allí. Me ofrecían cualquier otro espacio pero yo no aceptaba. Creo que al final lo logré por cansancio, aunque la exposición fue finalmente vista por decenas de miles de visitantes.

Un gran éxito para un gran señor, amigo y diseñador 
La sombra de Balenciaga (1895-1972) serpentea por toda su biografía y aunque Pertegaz no alcanzara la maestría académica del vasco, sí demostró gran resistencia, olfato y habilidad. De hecho, el mismo año en que Balenciaga cerró su casa de alta costura y se retiró para no plegarse a las demandas del nuevo sistema de confección, Pertegaz inauguró la primera de las cinco tiendas de prêt-à-porter que tendría en España. “Él fue de los pocos que pasó a tener licencias de complementos y otros productos”, señala Oliva. Su primer perfume, Diagonal, fue creado en 1965. En 1997, con 80 años, lanzó su primera colección para hombre y amplió su abanico de licencias.
La obligada transición a la producción en serie en los años setenta marcó el inicio de un declive para los costureros españoles al que Pertegaz no fue ajeno, a pesar de sus esfuerzos. Hace dos décadas abandonó el prêt-à-portery se refugió en su taller de la calle Diagonal, dónde seguía recibiendo pedidos sobre todo de trajes a medida para bodas. “Continúa haciendo alta costura porque le apasiona. No tiene afán de notoriedad”, explicaba en 2009 Juan María Roger, presidente de la compañía que gestiona las licencias con su nombre. “Por desgracia, cada día encuentra menos profesionales que asuman sus exigencias de perfeccionismo”.
El traje de novia de doña Letizia y la exposición proporcionaban un final dulce a una trayectoria ya muy dilatada. Pero él retrasó su retirada al máximo y, aunque hubo un intento fallido, nunca cuajó la idea de buscar un relevo creativo para su firma. “No comprendo esa necesidad de agotar un recorrido que ha alcanzado cotas altísimas”, reflexiona Oliva. “Me da pena porque eso termina por arrojar sombra al final de una carrera de forma innecesaria”. En este sentido, el caso de Pertegaz habla, una vez más, de la complejidad de transformar en éxitos empresariales las individualidades que tejieron la moda del siglo XX en España.
Se cierra la historia de un hombre que fue cronista de su tiempo. “Pertegaz cambió a una generación de mujeres españolas”, asegura la periodista Margarita Rivière. “Hizo alta costura juvenil y consiguió que las españolas dejaran de ser rígidas y tradicionales y pasaran a ser modernas. Las chicas de Pertegaz en los cincuenta, los sesenta y los setenta eran el futuro. Lo que hoy vemos en la calle”.

La lucha contra un gigante
ANTONI BERNAD


A pesar de que mi pena es muy grande, me reconforta el recuerdo de su energía y entusiasmo vital. Ha sido un hombre de una personalidad arrolladora con el que tuve la fortuna de establecer amistad. En sus comienzos le tocó batirse con un gran gigante: Balenciaga. Pero no se dejo intimidar. Procuró emularlo desde el respeto. Para Pertegaz la moda nunca fue una frivolidad, se empeñó siempre en crear cultura inspirándose, no solo en la calle como le gustaba decir, sino también en el arte, abarcando todas sus manifestaciones. En mi adolescencia el nombre Pertegaz ya era para mí todo un símbolo de calidad y belleza. Entonces no imaginaba que años más tarde mi primer trabajo profesional seria para él, ni tampoco, que nuestra colaboración no se interrumpiera jamás. Venero su fidelidad. Gran maestro y amigo al que doy las gracias.

Geishas









La era victoriana

La grandeza británica alcanza su cúspide con Victoria I de Inglaterra (1819-1901), quién subió al trono en 1837 y gobernó el Imperio Británico, devolviéndole la estabilidad a la corona. Su reinado es considerado uno de los más prósperos de su época, por lo cual llegó a convertirse en símbolo de un período que tomara su nombre: “la era victoriana”.


Con la reina Victoria en el poder (1837-1901), la dominación británica del mundo conocido hasta entonces, alcanzó niveles inusitados. Su reinado, convertido en emblema de la consolidación del Imperio Británico, fue testigo del ascenso de las clases medias y se caracterizó por una moralidad profundamente conservadora y un intenso nacionalismo.
Con el reinado de Victoria, Inglaterra realizó una serie de reformas electorales y sociales. La proliferación de las grandes empresas capitalistas había favorecido la toma de conciencia política de la clase obrera. A partir de inicios del siglo, las reformas fueron más radicales. En 1913, logró introducir una reforma electoral, en la cual extendió el sufragio de tal manera, que sólo quedaron sin votar las mujeres y los sirvientes.

La sociedad victoriana
Una gran rigidez moral caracterizó a la sociedad de dicho período histórico. La época victoriana tenía sed de vigor, de corrección, de dignidad y aspiraba a la estabilidad moral humana, de manera que el romanticismo, los sentimientos, las emociones, es decir, las “aventuras”, no provocaban sino desconfianza y desprecio. El buen burgués soñaba con el orden absoluto, con una sociedad donde las emociones y los sentimientos debían ocultarse y su utopía era la del capitalismo de un mercado de competencia perfecta.
La cultura burguesa creía ciertamente en la disciplina, el ahorro y el sentido práctico. Todos aquellos elementos conducían, de una forma u otra, hacia una sociedad ordenada, racional y sobria. Por ello, las formas y las buenas maneras eran requisitos indispensables para la promoción y desarrollo de una forma de vida civilizada, moral y con objetivos lúcidos. Ese era el ideario de la burguesía imperialista en la Inglaterra victoriana del siglo pasado. Todo buen inglés debía mostrar ante sus semejantes una conducta recta y honesta, a pesar de que aquellas virtudes, en muchos casos, fueran sólo una apariencia.
El desorden y la rebeldía eran considerados anarquía, pues constituían una forma de cuestionar el modo en que la burguesía industrial británica expresaba su visión del mundo, por lo que ésta debía ser reprimida a cualquier costo. Y como toda sociedad autoritaria, la burguesía industrial británica del siglo XIX vivía angustiada por impedir el desorden. Ni aún su vida privada le pertenece al presunto desordenado. Sus vicios y malas costumbres deben ser eliminados hasta en los lugares más secretos de su alcoba. 


La moda victoriana comprende las diversas tendencias en la cultura británica que surgió y creció en la provincia, en la época victoriana y el reinado de Victoria.
La Gran Exposición de 1851 tuvo un marcado impacto en la moda, sobre todo la decoración del hogar, e incluso movimientos de reforma social influenciado la moda, a través de la reforma del vestido y el vestido racional.

Surgieron muchos y variados métodos de producción y distribución de prendas de vestir en el transcurso del largo reinado de Victoria. 
En 1837, se fabricaron telas en las ciudades del norte de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Por lo general la ropa era hecha a medida por costureras, modistas, sastres, sombrereros, etc. y muchos otros comerciantes especializados, que servían en pequeñas tiendas a una clientela local. Las familias que no podían permitirse el lujo de encargarla a las modistas, hacían su propia ropa, o compraban ropa usada y la modificaban. 
En 1907, la ropa se elaboraba cada vez más en las fábricas y se vendía en grandes tiendas. Coser en casa era todavía significativo, pero fue disminuyendo poco a poco. 

La nueva maquinaria y los nuevos materiales cambiaron la ropa de muchas maneras.  

La introducción de la máquina de coser a mediados de siglo simplificó la confección de ropa en el hogar y en las boutiques. Ha permitido un ahorro de tiempo y ha ayudado en la creación de prendas que de modo manual hubiera sido excesivamente lento. 
Los nuevos materiales de las lejanas colonias británicas dieron lugar a nuevos tipos de prendas de vestir (como las botas de goma que se caracterizaban por su impermeabilidad). Los químicos desarrollaron nuevos, baratos y brillantes tintes, que desplazaron al de los animales y a los tintes vegetales. 
Para la mayoría, la época victoriana es todavía es un símbolo de represión sexual. La ropa de hombre era vista como formal y rígida, mientras la mujer tapaba todo su cuerpo incluso mostrar un tobillo podía llegar a ser escandaloso. Los corsés oprimían el cuerpo de la mujer y también sus vidas. Las casas se describen como tristes, oscuras, llena de grandes y excesivamente recargados muebles. 
La ropa era formal para hombre, menos colorida que en el siglo anterior. Los chalecos brillantes proporcionan un toque de color. Las batas de casa poseían a menudo ricos bordados orientales. La ropa de la mujer hace hincapié en su sexualidad, exagerando las caderas y el busto; en contraste, con una cintura pequeña. Los vestidos de noche desnudaban los hombros y la parte superior de los senos. 

Fue notorio los vestidos almidonados y con enagua de crinolina (falda circular con seis aros de acero flexible que abultaban el vestido) eran los que marcaban la pauta. Este pesado armatoste, obligó a los modistos a inventar algo más cómodo pero siempre dentro de los cánones de mujer pomposa, semejando a una muñeca de porcelana. Fue entonces como a principios del 1900 se formó el ideal de la "Chica Gibson", un personaje de caricatura que representaba el ideal femenino para aquel entonces y que se convirtió en toda un guía de vida. Su creador era por supuesto un hombre, el que atribuía a esta belleza los valores  y costumbres que los caballeros consideraban adecuadas para una dama. Éstas debían ser de pecho erguido, caderas anchas y nalgas sobresalientes, además de sumisas y obedientes. Poco después nació la mujer con forma de "S", las que ajustaron la falda para resaltar la figura, los peinados se subieron sobre la cabeza y los sombreros se adornaban con plumas. Para este momento comienza a nacer un nuevo ideal de mujer, que fue creado por ellas mismas y no por hombres. La nueva imagen era la de una mujer trabajadora, que luchaba por obtener el derecho a voto y que se inmiscuía en los asuntos que hasta entonces eran privilegio de los hombres. Esta nueva tendencia era representada por vestidos que se alejaron gradualmente del decorado haciendo mucho mas simple su confección. El traje de dos piezas, denominado "traje sastre", era lo más apropiado para los nuevos tiempos.
Fuente: designhistoriayestetica.blogspot.com.es

En traje de baño en los '50