Vestidos de ensueño XXXL: los patrones de Tina Givens







sewtinagivens.com

Moda femenina: 1900 a 1018
















Pertegaz

El diseñador Manuel Pertegaz, uno de los grandes supervivientes de la moda en España, falleció el sábado en Barcelona a los 96 años. Su carrera, de más de siete decenios, es un espejo de los cambios culturales, sociales y estéticos que sufrió su oficio y también su país. Poco se parece el mundo del siglo XXI para el que confeccionó sus últimos trajes de boda a aquel en el que abrió su primera casa de costura, en 1942. Y, sin embargo, él quiso vestir a ambos.



A pesar de que en los últimos años mantuvo una vida muy retirada y discreta, sus colaboradores aseguran que se mantuvo en activo hasta 2012. Eso le convierte en el último de los grandes creadores españoles de alta costura de los años cincuenta en colgar la aguja. También podía presumir de ser uno de los que mayor reconocimiento obtuvo en vida. En febrero de 2004, el Museo Reina Sofía le dedicó una retrospectiva con gran acogida de público. “Estaba muy emocionado”, confirma Enrique Loewe, quien ejerció como secretario general de aquella exposición. Ese mismo año, Pertegaz recibió un encargo con sabor a galardón a una carrera: realizar el traje de novia de doña Letizia. Un lustro después se le concedió el primer Premio Nacional de Diseño de Moda que fue otorgado por el Gobierno. “Estoy azorado, aturdido y muy emocionado”, explicaba entonces desde su casa de campo en Cataluña.
Solía decir que el aislamiento de España en los años cuarenta obligó a los creadores de su tiempo a ser originales, ya que sin acceso a lo que se hacía fuera no había nada que copiar. “Por eso, como Balenciaga, al principio se fijó en el pasado, en la historia y en la corte española”, sostiene el periodista Pedro Mansilla. “Después, supo saltar muy bien a los años cincuenta y llegar a los sesenta siendo osado y atrevido”. Esas fueron sus décadas de mayor esplendor, cuando logró convertirse en una figura internacional y ocupar el trono de la alta costura española junto a Balenciaga, Pedro Rodríguez y Elio Berhanyer. “Si el estilo de Balenciaga bebía del Museo del Prado, el de Pertegaz era más francés”, defiende Berhanyer.



Contaba Pertegaz que en 1957 rechazó la oferta de la casa Christian Dior para suceder al diseñador tras su muerte, dejando el camino libre para el puesto al joven Yves Saint Laurent (1936-2008). Siete años después impresionó al mundo con un desfile en el Pabellón Español de la Exposición Universal de Nueva York. “Su trabajo era exquisito”, analiza el diseñador Juanjo Oliva (Madrid, 1972). “Su diseño y su técnica en los años cincuenta estaban al nivel de los grandes del momento, como Balenciaga o Dior”.
Todo un camino para un hijo de labradores nacido en 1917 en Olba (Teruel) y que empezó como aprendiz con 13 años en la sastrería Angulo de Barcelona. Desde niño destacó por su carácter y sus sofisticados gustos y apenas tenía 24 años cuando abrió en esa ciudad su propia firma de costura para mujer. Era el año 1942 y seis años después inauguró un segundo taller en Madrid. En 1969, en la cúspide de su producción, se calcula que empleaba a 700 personas.
“Destacó por su capacidad para adaptarse a los sucesivos cambios de paradigma que vivió en su larga carrera”, apunta Mansilla. “La lectura negativa es que de tanto variar los muebles puede pasar a la historia sin un estilo definido”. A pesar de los homenajes que obtuvo al final de su carrera, Mansilla sospecha que vivió “torturado” por no lograr alcanzar el genio creativo de Balenciaga. “Tuvo mucho éxito, pero la clase de reconocimiento que él ambicionaba eran unas líneas más en las enciclopedias de moda mundiales”.
Ya solo queda sitio para uno.
ELIO BERHANYER



En el castillo de irás y no volverás de los que hacíamos alta costura en España, primero entró Balenciaga, luego Pedro Rodríguez y ahora Manuel Pertegaz. Ya solo queda sitio para uno, que soy yo.
Los cuatro tuvimos que cerrar nuestras casas de alta costura debido a un impuesto de 1974 que hacía inviable el negocio, pero antes vivimos años de esplendor. A Madrid venían las revistas estadounidenses, como Vogue o Harper’s Bazaar, para fotografiar nuestros diseños. Y vendíamos a todos los grandes almacenes, tanto Pertegaz como yo tuvimos contrato con Bergdorf Goodman.
Me empeñé en organizar la exposición de 2004, de la que fui comisario, porque quería que la moda entrara en los museos. Esa era mi obsesión. ¿Con quién podía hacerlo? A Balenciaga ya le estaban haciendo un museo en Getaria y yo admiraba mucho a Pertegaz, como uno de los grandes puntales de la alta costura española. Así que Pertegaz me pasó una lista de sus clientas y recogí más de 160 trajes de los que luego seleccioné más de treinta. Pero me costó tres años lograr que me abrieran el museo para la muestra. Parecía imposible que la moda entrara allí. Me ofrecían cualquier otro espacio pero yo no aceptaba. Creo que al final lo logré por cansancio, aunque la exposición fue finalmente vista por decenas de miles de visitantes.

Un gran éxito para un gran señor, amigo y diseñador 
La sombra de Balenciaga (1895-1972) serpentea por toda su biografía y aunque Pertegaz no alcanzara la maestría académica del vasco, sí demostró gran resistencia, olfato y habilidad. De hecho, el mismo año en que Balenciaga cerró su casa de alta costura y se retiró para no plegarse a las demandas del nuevo sistema de confección, Pertegaz inauguró la primera de las cinco tiendas de prêt-à-porter que tendría en España. “Él fue de los pocos que pasó a tener licencias de complementos y otros productos”, señala Oliva. Su primer perfume, Diagonal, fue creado en 1965. En 1997, con 80 años, lanzó su primera colección para hombre y amplió su abanico de licencias.
La obligada transición a la producción en serie en los años setenta marcó el inicio de un declive para los costureros españoles al que Pertegaz no fue ajeno, a pesar de sus esfuerzos. Hace dos décadas abandonó el prêt-à-portery se refugió en su taller de la calle Diagonal, dónde seguía recibiendo pedidos sobre todo de trajes a medida para bodas. “Continúa haciendo alta costura porque le apasiona. No tiene afán de notoriedad”, explicaba en 2009 Juan María Roger, presidente de la compañía que gestiona las licencias con su nombre. “Por desgracia, cada día encuentra menos profesionales que asuman sus exigencias de perfeccionismo”.
El traje de novia de doña Letizia y la exposición proporcionaban un final dulce a una trayectoria ya muy dilatada. Pero él retrasó su retirada al máximo y, aunque hubo un intento fallido, nunca cuajó la idea de buscar un relevo creativo para su firma. “No comprendo esa necesidad de agotar un recorrido que ha alcanzado cotas altísimas”, reflexiona Oliva. “Me da pena porque eso termina por arrojar sombra al final de una carrera de forma innecesaria”. En este sentido, el caso de Pertegaz habla, una vez más, de la complejidad de transformar en éxitos empresariales las individualidades que tejieron la moda del siglo XX en España.
Se cierra la historia de un hombre que fue cronista de su tiempo. “Pertegaz cambió a una generación de mujeres españolas”, asegura la periodista Margarita Rivière. “Hizo alta costura juvenil y consiguió que las españolas dejaran de ser rígidas y tradicionales y pasaran a ser modernas. Las chicas de Pertegaz en los cincuenta, los sesenta y los setenta eran el futuro. Lo que hoy vemos en la calle”.

La lucha contra un gigante
ANTONI BERNAD


A pesar de que mi pena es muy grande, me reconforta el recuerdo de su energía y entusiasmo vital. Ha sido un hombre de una personalidad arrolladora con el que tuve la fortuna de establecer amistad. En sus comienzos le tocó batirse con un gran gigante: Balenciaga. Pero no se dejo intimidar. Procuró emularlo desde el respeto. Para Pertegaz la moda nunca fue una frivolidad, se empeñó siempre en crear cultura inspirándose, no solo en la calle como le gustaba decir, sino también en el arte, abarcando todas sus manifestaciones. En mi adolescencia el nombre Pertegaz ya era para mí todo un símbolo de calidad y belleza. Entonces no imaginaba que años más tarde mi primer trabajo profesional seria para él, ni tampoco, que nuestra colaboración no se interrumpiera jamás. Venero su fidelidad. Gran maestro y amigo al que doy las gracias.

Geishas









La era victoriana

La grandeza británica alcanza su cúspide con Victoria I de Inglaterra (1819-1901), quién subió al trono en 1837 y gobernó el Imperio Británico, devolviéndole la estabilidad a la corona. Su reinado es considerado uno de los más prósperos de su época, por lo cual llegó a convertirse en símbolo de un período que tomara su nombre: “la era victoriana”.


Con la reina Victoria en el poder (1837-1901), la dominación británica del mundo conocido hasta entonces, alcanzó niveles inusitados. Su reinado, convertido en emblema de la consolidación del Imperio Británico, fue testigo del ascenso de las clases medias y se caracterizó por una moralidad profundamente conservadora y un intenso nacionalismo.
Con el reinado de Victoria, Inglaterra realizó una serie de reformas electorales y sociales. La proliferación de las grandes empresas capitalistas había favorecido la toma de conciencia política de la clase obrera. A partir de inicios del siglo, las reformas fueron más radicales. En 1913, logró introducir una reforma electoral, en la cual extendió el sufragio de tal manera, que sólo quedaron sin votar las mujeres y los sirvientes.

La sociedad victoriana
Una gran rigidez moral caracterizó a la sociedad de dicho período histórico. La época victoriana tenía sed de vigor, de corrección, de dignidad y aspiraba a la estabilidad moral humana, de manera que el romanticismo, los sentimientos, las emociones, es decir, las “aventuras”, no provocaban sino desconfianza y desprecio. El buen burgués soñaba con el orden absoluto, con una sociedad donde las emociones y los sentimientos debían ocultarse y su utopía era la del capitalismo de un mercado de competencia perfecta.
La cultura burguesa creía ciertamente en la disciplina, el ahorro y el sentido práctico. Todos aquellos elementos conducían, de una forma u otra, hacia una sociedad ordenada, racional y sobria. Por ello, las formas y las buenas maneras eran requisitos indispensables para la promoción y desarrollo de una forma de vida civilizada, moral y con objetivos lúcidos. Ese era el ideario de la burguesía imperialista en la Inglaterra victoriana del siglo pasado. Todo buen inglés debía mostrar ante sus semejantes una conducta recta y honesta, a pesar de que aquellas virtudes, en muchos casos, fueran sólo una apariencia.
El desorden y la rebeldía eran considerados anarquía, pues constituían una forma de cuestionar el modo en que la burguesía industrial británica expresaba su visión del mundo, por lo que ésta debía ser reprimida a cualquier costo. Y como toda sociedad autoritaria, la burguesía industrial británica del siglo XIX vivía angustiada por impedir el desorden. Ni aún su vida privada le pertenece al presunto desordenado. Sus vicios y malas costumbres deben ser eliminados hasta en los lugares más secretos de su alcoba. 


La moda victoriana comprende las diversas tendencias en la cultura británica que surgió y creció en la provincia, en la época victoriana y el reinado de Victoria.
La Gran Exposición de 1851 tuvo un marcado impacto en la moda, sobre todo la decoración del hogar, e incluso movimientos de reforma social influenciado la moda, a través de la reforma del vestido y el vestido racional.

Surgieron muchos y variados métodos de producción y distribución de prendas de vestir en el transcurso del largo reinado de Victoria. 
En 1837, se fabricaron telas en las ciudades del norte de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Por lo general la ropa era hecha a medida por costureras, modistas, sastres, sombrereros, etc. y muchos otros comerciantes especializados, que servían en pequeñas tiendas a una clientela local. Las familias que no podían permitirse el lujo de encargarla a las modistas, hacían su propia ropa, o compraban ropa usada y la modificaban. 
En 1907, la ropa se elaboraba cada vez más en las fábricas y se vendía en grandes tiendas. Coser en casa era todavía significativo, pero fue disminuyendo poco a poco. 

La nueva maquinaria y los nuevos materiales cambiaron la ropa de muchas maneras.  

La introducción de la máquina de coser a mediados de siglo simplificó la confección de ropa en el hogar y en las boutiques. Ha permitido un ahorro de tiempo y ha ayudado en la creación de prendas que de modo manual hubiera sido excesivamente lento. 
Los nuevos materiales de las lejanas colonias británicas dieron lugar a nuevos tipos de prendas de vestir (como las botas de goma que se caracterizaban por su impermeabilidad). Los químicos desarrollaron nuevos, baratos y brillantes tintes, que desplazaron al de los animales y a los tintes vegetales. 
Para la mayoría, la época victoriana es todavía es un símbolo de represión sexual. La ropa de hombre era vista como formal y rígida, mientras la mujer tapaba todo su cuerpo incluso mostrar un tobillo podía llegar a ser escandaloso. Los corsés oprimían el cuerpo de la mujer y también sus vidas. Las casas se describen como tristes, oscuras, llena de grandes y excesivamente recargados muebles. 
La ropa era formal para hombre, menos colorida que en el siglo anterior. Los chalecos brillantes proporcionan un toque de color. Las batas de casa poseían a menudo ricos bordados orientales. La ropa de la mujer hace hincapié en su sexualidad, exagerando las caderas y el busto; en contraste, con una cintura pequeña. Los vestidos de noche desnudaban los hombros y la parte superior de los senos. 

Fue notorio los vestidos almidonados y con enagua de crinolina (falda circular con seis aros de acero flexible que abultaban el vestido) eran los que marcaban la pauta. Este pesado armatoste, obligó a los modistos a inventar algo más cómodo pero siempre dentro de los cánones de mujer pomposa, semejando a una muñeca de porcelana. Fue entonces como a principios del 1900 se formó el ideal de la "Chica Gibson", un personaje de caricatura que representaba el ideal femenino para aquel entonces y que se convirtió en toda un guía de vida. Su creador era por supuesto un hombre, el que atribuía a esta belleza los valores  y costumbres que los caballeros consideraban adecuadas para una dama. Éstas debían ser de pecho erguido, caderas anchas y nalgas sobresalientes, además de sumisas y obedientes. Poco después nació la mujer con forma de "S", las que ajustaron la falda para resaltar la figura, los peinados se subieron sobre la cabeza y los sombreros se adornaban con plumas. Para este momento comienza a nacer un nuevo ideal de mujer, que fue creado por ellas mismas y no por hombres. La nueva imagen era la de una mujer trabajadora, que luchaba por obtener el derecho a voto y que se inmiscuía en los asuntos que hasta entonces eran privilegio de los hombres. Esta nueva tendencia era representada por vestidos que se alejaron gradualmente del decorado haciendo mucho mas simple su confección. El traje de dos piezas, denominado "traje sastre", era lo más apropiado para los nuevos tiempos.
Fuente: designhistoriayestetica.blogspot.com.es

En traje de baño en los '50








Una casa junto al puerto de Mushole